Independencia y racismo

 

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Hace dos o tres años me jugué un par de botellas de raki que esta vez tampoco se iba a llevar a cabo el referéndum por la independencia del Kurdistán iraquí. Era una especie de canción de verano: en otoño, proclamaba cada año Masud Barzani, el presidente del Gobierno autónomo kurdo, se iba a convocar el plebiscito. Luego dejaba la propuesta en el cajón… hasta el siguiente verano.

Pero ahora falta poco para el 25-S, la fecha que Barzani ha fijado para el referéndum, y estoy haciendo acopio de espirituosas. Pero al mismo tiempo me pregunto: ¿Para qué todo aquello?

Porque una independencia es un pifostio. No basta con leer una declaración, agitar una bandera y posar para la foto. Hay que imprimir pasaportes. Y luego hay que conseguir que los demás Estados los sellen. Ahí está Kosovo, la independencia unilateral más pactada de nuestra generación, y aún hoy usted no puede entrar con un pasaporte kosovar en España. De los demás paisículos en Europa – Transnistria, Abjazia, Osetia, Donbas – ya ni hablamos.

Nadie hace campaña prometiendo mejoras en la vida del ciudadano. Se apela a un sentimiento

¿Vale la pena declarar una independencia, si ponemos en una balanza lo que se gana y lo que se pierde? En los dos referendos que se han convocado para las próximas semanas, el de Kurdistán y el de Cataluña, la respuesta sería fácil: no hay nada que ganar. La autonomía de ambos territorios es ya tan amplia que nadie hace campaña prometiendo nuevas leyes ni mejoras en la vida del ciudadano. No: se apela a un sentimiento.

Y ese sentimiento se basa en una convicción de ser superior a los demás, más honrado, más inteligente, más dotado para gobernar un país. Oféndanse, pero es una convicción racista.

No estoy diciendo que los independentistas sean racistas como individuos, ni tampoco que lo sean las políticas que aplican. Kurdistán es refugio para cristianos, yezidíes, mandeos… y su papel de protector de minorías áraboparlantes, perseguidos por fanatismo religioso en el resto de Iraq, solo puede aplaudirse. Y qué decir de Cataluña, donde muchos partidarios del “Sí” son hijos de familias andaluzas: se han sentido acogidos e integrados en la sociedad catalana. Conozco a alguno al que llamar racista no se me ocurriría ni harto vino. Y el proyecto independendista corteja incluso a los descendientes de familias marroquíes quizás reciéntemente llegados: todos serán catalanes. Eso es lo contrario al racismo. Pero ¿cuál es la justificación ideológica de este proyecto?

Para muchos, la cuestión esencial parece ser la de triplicar el número de franjas en la bandera rojiamarilla; efectuada esta operación aritmética no hay que dar más explicaciones. Pero si alguien aduce razones para desear una Cataluña independiente – y eso vale para cualquier territorio: Euskadi, Kurdistán, Sáhara… – suele recurrir al argumento de: “Nosotros queremos gestionar nuestros propios asuntos. Sin que intervengan los de fuera”.

¿Y por qué cree usted estar más capacitado que los de fuera? ¿El país va a estar mejor gestionado si todo se decide en un territorio más reducido?

Ahí hay dos respuestas posibles. Una es que cuanto más reducido sea el territorio, mejor se gestionará la cosa pública, porque mejor la conocerán quienes están al cargo. Con este argumento, por coherencia, habría que convocar referendos de independencia de cada municipio, buscando un cantonismo como el de la Cádiz anarquista de Fermín Salvochea. Pero este no era el proyecto. Y aparte: ¿es cierto que un territorio se gestiona mejor cuanto menor sea su extensión?

¿Es cierto que un territorio se gestiona mejor cuanto menor sea su extensión?

La experencia muestra lo contrario. Una cadena de competencias alargada – tanto en lo administrativo como en lo jurídico – es la mejor garantía para proteger la ciudadanía contra la arbitrariedad del poder. Lo hemos visto mil veces en Andalucía, cuando algún inversor avispado se disponía a destrozar un trozo del litoral para montar hoteles, con la complicidad del pleno municipal. La Junta de Andalucía, en la algo más lejana Sevilla podía paralizar este tipo de obras. Y si fallaba, se apelaba al Ministerio de Medio Ambiente, el de Madrid. Y si no había voluntad, se invocaban las normas de Bruselas. Todavía no he visto ningún país europeo en el que la última esperanza del ciudadano oprimido no fuese el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. A ese no se le corrompe ni se le amedrenta.

El modelo es sencillo: las cantidades de dinero necesarias para comprar a un alcalde o a un juez local son muy inferiores a los que se necesitan para corromper a un consejero de la Junta. E insignificantes frente a lo hay que gastar para un ministro. Para cambiar un voto en Bruselas hay que ser Monsanto.

Ahora solo falta que ustedes digan que eso puede valer para Andalucía, que será mejor que no se independice, pero no vale para Cataluña, porque el pueblo catalán es más honrado que el andaluz, y aquí no hay corrupción. Si usted dice eso, es que usted es personalmente racista. Porque no es verdad y usted lo sabe.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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1 comentario

  1. Jesús Rey Joly dice:

    buen artículo, querido Ilya, lo suscribo al 100%. es lo que yo he dicho siempre, ¿no somos internacionalistas de toda la vida las mujeres y hombres de izquierda?, ¿cómo se casa eso con la defensa de las posturas excluyentes/nacionalistas?. claro que, desde mi óptica de viejo ex-luchador antifranquista, ni Felipe González -a quien conocí en mis años de estudiante y clandestinidad en Sevilla, allá `por los 6o-, ni Oriol Junqueras o Joan Tardá son personas de izquierda. ya eso no se estila; hoy triunfa el “murismo” a lo Trump o a lo Netanyahu. puta vida.

 
 

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