Giuseppe di Lampedusa

 

Las cartas del Gatopardo

Giuseppe Tomasi di Lampedusa | Del blog Sicily Unlimited

Giuseppe Tomasi di Lampedusa | Del blog Sicily Unlimited

La historia, aunque simplificada, es harto conocida: Giuseppe Tomasi di Lampedusa acude a San Pellegrino para acompañar a su primo, el poeta Lucio Piccolo, a recoger un premio. A la vuelta, su esposa, la princesa letona amante del psicoanálisis Alexandra Wolff-Stomersee, le espeta: “Tu primo, que es un cretino, ha conseguido un premio; y tú, que tienes ingenio, todavía no has conseguido nada”. Lampedusa se encierra entonces a escribir, y el resultado es El gatopardo.

La enorme trascendencia de esta obra hizo que lectores y editores se lanzaran durante años en busca de más textos del escritor siciliano. Primero vieron la luz sus Relatos, aunque más cupiera decir sus recuerdos de infancia sumados a una obra maestra de exquisita brevedad, Lighea; luego, aparecieron sus lecciones sobre autores frecuentados como Shakespeare o Byron, hasta que la publicación, hace ya unos años –la primera edición de 2006 fue ampliada en 2011–, de sus correspondencia con sus primos, Casimiro y el ya citado Lucio Piccolo, supuso un acontecimiento en el mercado italiano y anglosajón.

El Lampedusa que revelan estas cartas es anterior en tres décadas al autor de El gatopardo. Se trata de un treintañero culto, refinado, elegante, asiduo visitante de las grandes capitales europeas (París, Londres, Zurich, Berlín…) cuya aguda mirada siempre queda plasmada con una gozosa ironía y un sutilísimo sentido del humor. La edición española que acaba de ver la luz en Acantilado, traducida por Juan Antonio Méndez y bajo el cuidado de Salvatores Silvano Nigro y Gioacchino Lanza Tomasi, inveterado garante del mejor destino para la obra de Lampedusa, no pueden definirse sino como un regalo para los lectores españoles del maestro palermitano. MSur adelanta en exclusiva una de estas misivas como botón de muestra.

[Alejandro Luque]

Veintinueve cartas a sus primos,
los Piccolo di Calanovella

 

París, 27 de julio de 1925

Querido Casimiro:

Estoy excitadísimo con la política. Hace unos días, hace nada, el altercado con Amendola me había colmado de una delicada voluptuosidad. Ahora, viendo Palermo en primera línea de la política italiana y casi de la europea, me siento orgulloso. Quiero confiar en que sabréis vencer y que demostraréis que a Palermo, aunque carente de servicio de limpieza urbana para sus calles, no le falta un cuidadoso servicio de limpieza y recogida de basura política. El anunciado duelo (o, mejor dicho, torneo) entre el gobernador y Trabia, Cesarò y Arenella será un espectáculo de alto interés y de profunda comicidad, y si fuera millonario no dudaría un solo instante en volver a Palermo para verlo.

¡Y el Bellini! ¡El Bellini, en este momento en el que la sangre de su lama está en peligro de correr por la causa eminentemente belliniana del Aventino! «J’ai vu mourir Louis XVI et Bonaparte» y si no precisamente esto, en mi vida he visto más de una cosa digna de recuerdo. He visto a Raniero el Mago jugar al mahjong; he visto a los cisnes hendir las aguas de terciopelo del lago del Amor de Brujas; he visto Piccadilly a mediodía y Montmartre a medianoche; he visto el Moisés de Miguel Ángel y he escuchado a Masnata hablar de antigüedades; he desayunado más de una vez con Pirandello y he charlado con Raimundo Arenella; he visto la belleza de la princesa Yolanda y la fealdad de su marido; he paseado bajo los tilos seculares de Windsor y los insignes cipreses de Fiésole; he visto la guerra y la más cruenta de las postguerras; he visto a Mussolini en camisa negra y a la joven Alice en traje de gala; he comido «cailles truffées au champagne» de la señora Vanderbilt y me he saciado con el mijo del Kriegsgefangener, he visto los Turner de la Tate Gallery, los Memling de Brujas y los Rafael del Louvre, conozco a Dante, amo a Shakespeare, he leído a Goethe y he sufrido los poemas de Lucio; he visto los ojos de Rosalinda y las piernas de Mary Ashley; conozco la pacata dignidad de Vicenza y la vulgaridad de Bruselas; he pasado por todo: el virrey de las Indias ha insistido para que pasase, en una puerta, delante de él; y he sido humillado por Corradino; en Módena hice la corte a la hija de un posadero y en Londres a lady Beauchamps; conocí todas las suertes y en todas me comporté como hizo falta. Lo repito: «J’ai vu mourir Louis XVI et Bonaparte».

Pues bien, daría todas estas experiencias, las borraría todas de mi memoria por tener el gusto de asistir en estos días, durante una hora, a una sesión del Bellini.

En Amberes, en el famoso jardín zoológico, he visto «le palais des singes»; en una jaula inmensa más de trescientos monos con morros de todas las formas y nalgas de todos los colores se entregaban a indecentes algazaras y a divertidas persecuciones tratando, en vano, de hacer que nos avergonzásemos de nuestros antepasados. Sin embargo, estoy seguro de que esa jaula es un ejemplo de alta espiritualidad, de digna compostura, de tranquila belleza, una especie de jardín de Academos o de salón de madame de Rambouillet, en comparación con el Bellini de nuestros días.

Bienaventurado tú, que, en esta época, puedes acumular tanta hilaridad como para hacer frente a las necesidades de una larga vida.

Adjunto te envío un folleto sobre la exposición de Artes Decorativas que está teniendo lugar aquí. Es extraordinariamente interesante, en especial son magníficas las arquitecturas, aunque el mobiliario y la decoración de las salas no se quedan atrás. Tengo la impresión de que por fin se ha encontrado el estilo siglo xx. Te interesaría muchísimo.

Además, el espectáculo es magnífico, sobre todo por la noche. Los pabellones más bonitos son el austríaco y el checo. El pabellón italiano, que en su interior es bastante interesante, por fuera, con perfecta incomprensión del objetivo de la exposición, está en estilo Renacimiento con el agravante de una interminable inscripción latina. Pero dado que la mayoría del público está formado por los eternos filisteos, por lo que he oído decir a la gente, es uno de los que ha tenido más éxito. También es doloroso constatar la total incomprensión y el fácil desprecio del público por el resto de las cosas bellas, y puesto que aquí no se trata de arte puro sino de edificios que construir, muebles que vender y decoraciones que instalar, el aburguesamiento del público es grave y puede condenar al fracaso este nuevo impulso del arte.

En una librería de la rue Royale todo un escaparate está dedicado a libros sobre el fascismo y a retratos de Mussolini de todas las edades, poses y vestimentas. A propósito: aquí, los periódicos incluyen nuevos e inquietantes rumores sobre su salud, ¿qué hay de esto?

En una calle secundaria hay una especie de feria en la cual, entre otras cosas, hay una ruleta que, en lugar de números, tiene banderas de diferentes naciones; al cabo de un rato de estar mirando, la bolita se ha parado en la bandera de Italia, y el hombre ha anunciado: «C’est l’Italie qui a gagné» [Ha ganado Italia]. Y entre la multitud un joven le dice a un amigo suyo: «Je te crois; avec leur Mussolini!» [Ya lo creo, ¡con su Mussolini!].

Pequeños síntomas.

Por otra parte, aquí viven en estado de bolchevismo latente; la situación es muy seria. Pero fíjate tú lo que es la dignidad nacional, a mí no me importa nada. Porque sé que incluso si estalla la revolución nadie va a tocarme un pelo ni a robarme un solo céntimo, ¡porque detrás de mí tengo a… Mussolini!

Basta, ahora tengo que salir.

Renuevo mis exhortaciones y mis votos para la batalla del 2 de agosto. Que seguiré paso a paso en el Giornale di Sicilia, que llega hasta aquí arriba. (Pero si te soy sincero, tengo mucho miedo).

Te ruego que saludes a la tía y a Giovanna y hasta al mismo Lucio, que confío en que contestará a mi cortés misiva desde Bruselas.

Muy afectuosamente,

El monstruo gálico

Incluyo postal con una deliciosa estatuilla egipcia del Louvre.

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© Traducción del italiano: Juan Antonio Méndez  | Cedido a MSur por Acantilado 

 
 
 
 

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