«Todo el mundo debería tener dos o tres lenguas y países»

Florence Delay

 
Florence Delay (Formentor, Sep 2017) | © Alejandro Luque / M'Sur

Florence Delay (Formentor, Sep 2017) | © Alejandro Luque / M’Sur


Formentor | Septiembre 2017

Para muchos cinéfilos, Florence Delay (París, 1941) es y será para siempre la Juana de Arco de Procès de Jeanne d’Arc, el papel que defendió en 1962 bajo las órdenes del director Robert Bresson. Para otros, desde el año 2000, se trata de la detentadora del sillón número 10 de la Academia Francesa. Pero sus lectores la conocen como gran amante de la cultura española, con una larga trayectoria como traductora de clásicos como Fernando de Rojas, Lope de Vega, Calderón o Bergamín.

Amante declarada de las corridas de toros, la autora acaba de publicar Puerta de España (Turner), donde reúne recuerdos de sus vínculos con nuestro país, después de darse a conocer con títulos como Llamado Nerval, A mí señoras, me parece o Mis ceniceros, libro que explora su relación con el tabaco. La conversación que sigue, realizada en los pinares de Formentor coincidiendo con la presencia de Delay en las Converses, en español por supuesto, se produce precisamente mientras la escritora paladea un cigarrillo. En sus manos, cómo no, un bonito cenicero portátil.

¿Recuerda cómo se acercó al español por primera vez?

«Me regaló las obras completas de Federico y me dijo: “Tú tienes que traducir lo que quieras”»

En realidad, todo empezó por la enfermedad de una profesora de español de mi Liceo, en París. Vino a sustituirla otra más joven, que nos hizo aprender únicamente poemas, así que entré en España por la poesía. El primero fue García Lorca, claro, como para tanta gente. Luego a los quince años tuve la suerte de que mi madre tuviera como amigo a un gran poeta francés, René Char. Él me regaló las obras completas de Federico en un espeso volumen de Aguilar, y me dijo: “Tú tienes que leerlo y traducir lo que quieras”. Este permiso de leer y traducir, es decir, de apoderarme, fue una orden deliciosa que seguí obedeciendo toda mi vida.

También he leído que es usted traductora de lenguas desconocidas, ¿se trata de una broma?

[risas] No, no, es verdad. Me ocurrió dos veces, la primera con el poeta Jacques Roubaud, cuando decidimos traducir poemas y cantos de los indios de América del Norte. Los estudiamos a través de filólogos, poetas americanos que habían vivido en reservas, etnólogos, musicólogos… Y traducimos del sioux o del navajo con esos intermediarios. Y lo otro fue la experiencia de la traducción en el año 2000 de la llamada La Biblia de los escritores, porque para cada libro había une especialista del hebreo y un escritor, y lo que salía era el resultado del diálogo entre los dos. Claro que no entiendo ni el hebreo ni el griego, pero fue una experiencia … para todos. Emmanuel Carrère, Jean Echenoz, Jacques Roubaud… Hemos dedicado varios años de nuestra vida a esta labor que nos enriqueció una barbaridad. Por eso es por lo que digo que soy traductora de lenguas desconocidas.

Usted ha esgrimido alguna vez la idea de que ser traductora es ser autora, una idea que manejó a menudo Borges. Pero también ha dicho que es un acto de obediencia, y que a usted le gusta obedecer. ¿Puede explicarlo?

«En una novela, tú tienes que ser el capitán. En la traducción tú tienes que servir»

El gusto por la traducción viene del sentimiento de ser útil, de descubrir algo al otro, pero también de no ser maestro capitán. En una novela, tú tienes que ser el capitán, diriges el barco y no puedes delegar en otro. En la traducción tú tienes que servir, tienes que obedecer, y en este sentido lo decía. Es como cuando rodé una película con Robert Bresson…

Su famosa Juana de Arco…

Sí, Proceso a Juana de Arco. Ahí no había que imaginar nada. Ahí no había que imaginar nada, había que obedecer al director. Y para mí fue una experiencia magnífica. La libertad la ve el director en tu cara, en tu alma. Pero solo él la ve.

¿Es por eso que siguió haciendo cine con Chris Marker, Hugo Santiago, Benoît Jacquot, Michel Deville…? ¿Qué encontraba en este arte que no tuviera la literatura?

Era otro mundo, lo hice con gente que admiraba, pero fue mucho menos importante el cine que el teatro. El teatro fue mi otra gran vocación.

¿Porque lo tenía todo, palabra, imagen e inmediatez?

Cuando hablo del teatro, me refiero también a pequeños papeles, de régisseur (asistente de dirección), no de actriz. Hice mis primeras armas con Jean Vilar, Antoine Vitez, gente admirable, grandes maestros que crearon un teatro popular. Un teatro elitista para todos.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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