José Carlos Llop

 

Mirando adentro

José Carlos Llop | © EFE / Cedida por J.C. Llop

José Carlos Llop | © EFE / Cedida por J.C. Llop

Fatalista como el Mediterráneo. Así se muestra el escritor José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) en una entrevista. Un escritor isleño, y quizás por eso más dado a la contemplación que los habitantes de tierra firme. Porque las islas, sabe – al menos esas del Mediterráneo occidental que tan alegremente se incluyen en la categoría de ‘Baleares’ – son un lugar de quietud, de mirada adentro, de reflexión. Y es esta mirada sosegada, de observador, la que caracteriza la escritura de Llop.

No es casualidad que las entradas enciclopédicas sobre el poeta mallorquín destacan el especial valor de “su obra diarística”, pese a que sus cinco volúmenes de diarios se ven rodeados por diez poemarios, seis novelas – desde El informe Stein (1995) a Reyes de Alejandría (2016) -, tres libros de cuentos y cuatro de ensayos. Entre estos destaca el último, En la ciudad sumergida (2010), como una nueva mirada sobre Palma, su reciente pasado, desde una posición tan cerca a la propia vida que hay quien lo pienso autobiográfico.

Esta mirada hacia sí mismo, hacia el botón de la propia camisa, en el que se acaba revelando la humanidad entera, casi a modo del Aleph borgiano – como el mundo podría reflejarse en una isla – es también la que sirve de base al poema que José Carlos Llop ha cedido a M’Sur para su publicación en la revista Caleta: Civilización.

[Ilya U. Topper]

Civilización

Hace algunos meses, heredé

diferentes prendas de un amigo

muerto: un par de chaquetas,

una gabardina inglesa y varias camisas.

Mi amigo y yo, cuando él aún vivía,

dábamos largos paseos por la ciudad.

Una vez murió, al ponerme su gabardina

antes de salir de casa, tenía la sensación

de que continuábamos paseando

por las mismas calles o junto al mar

y la nueva soledad no lo era del todo.

Al revés: había una complicidad distinta

e invisible a ojos de los demás,

que yo reforzaba al meter las manos

en los bolsillos y seguir adelante.

Hoy es un bochornoso día de verano

y llevo una de sus camisas, azul pálido

y de manga corta. Con bolsillo:

‘las camisas han de tener bolsillo’, decía.

Hace un rato me he desabrochado

uno de los botones del pecho

y en el gesto del pulgar y el índice,

de repente, le he visto a él,

haciendo lo mismo. No sé si ver

es el verbo indicado; sentir

estaría más cerca de su significado.

Eso suele ocurrir

con los padres muertos, pero desconocía

que con los amigos pudiera pasar

también. Y al mirar de comprenderlo

–que es otra forma de contar

y de contarnos a nosotros mismos–

he visto en ese gesto el fino hilo

de la civilización.

Antiguamente,

en los patios de las casas nobles

y de mercaderes (que acabaron

confundidas) de mi ciudad,

se repartía la ropa de los muertos

en una especie de subasta,

que aseguraba la continuidad

de su uso y también un sentido

práctico frente al lado hostil

de la vida.

Pero no hablo

de ese aspecto de la civilización.

En el gesto de índice y pulgar

que ha invocado a mi amigo

estaban las tablillas del escriba,

los retratos de Al Fayoum,

la estructura de la casa romana,

el evangelio de San Marcos,

el taller de Brueghel El Viejo,

el café y el tabaco, el vino y el té,

los salones del Dieciocho,

el quinteto para cuerda de Schubert,

las terrazas de los bares, los viajes,

la Bauhaus, París, Bob Dylan…

En un solo gesto sobre una prenda

heredada, está todo eso y más.

Se llama memoria del hombre

y es una nebulosa donde el hombre

es todos los hombres y es el mismo,

envuelto en pieles en una cueva,

que en una base espacial que gira

como un vals alrededor de la Tierra.

Al fondo, la invención de los afectos,

que nos hace sentirnos menos solos

y una camisa de verano, azul pálido,

de manga corta y con bolsillo.

·

© José Carlos Llop  · Primero publicado en Caleta (Dic 2015)

 
 
 
 

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