De donde las apátridas

 

Atrás quedan los sueños de batallas navales, atrás la Triomphante, ese bello buque de otro siglo, con cañones por banda y a toda vela. Cuando éramos niños quisimos triunfar, Madame, ¿verdad? y luego vinieron los pequeños pasos, el trabajo en un periódico, los intentos de labrarse poco a poco un nombre, el paso a la sala de máquinas, donde se tiene un buen sueldo y una vida interesante, pero que no es lo mismo que triunfar.

Y de esa sala, de la dirección técnica o comercial de las casas de edición ya no se sale, solo se sube, se llega de Milán a París, se llega a la cubierta más alta, sí, se pasan buenos momentos, el coche que una quiere tener para poder manejar la vida propia como un volante (sí, el mío fue blanco también, y también lloré el día que lo desguazaron), tal vez una noche en el desierto de Palmira, tal vez un paseo por Venecia con un amante que es artista y con el que se puede tener un amor posible.

“Ahora era incapaz de intentar hacerme un injerto con el fantasma de mi juventud”

Porque también esto lo suscribiría: “Los reproches y los chantajes en nombre del amor me resultan insoportables, no entiendo que se sufra por sufrir. Mi forma de amar es primitiva: posible o imposible, gloriosa o trágica. Los estadios intermedios me parecen superfluos”. Chapeau, Madame.

Esto vale incluso para Egipto, para Alejandría, donde regresamos cuarenta, sí, cuarenta años después de haberle dicho adios desde la cubierta de aquel barco, cuando éramos apenas una niña. Y la sensación, qué bien la conozco, no es siquiera de dolor: “Ahora era incapaz de intentar hacerme un injerto con el fantasma de mi juventud”. Del árabe, dice, le queda una canción infantil con palabras que ya no reconoce.

Siempre nos quedará Italia: porque ahí es donde regresamos, a un pueblo de la costa mediterránea, un poco de olor a algas y anclas y viñas. Por despecho: tras tantas décadas en París, Francia le niega a usted, la apátrida venida a más, su pasaporte. Así que apurando los setenta, nos dedicamos a observar a los críos que se dan chapuzones y jugamos a ser coleccionista de postales decimonónicas de La Triomphante, ese buque que una vez quisimos ser y nunca fuimos. La vida era esto, ¿verdad Madame? Aunque a usted le quedan aún cinco años para llegar a la edad en la que concluye la novela, según lo que afirma su fecha de nacimiento en la solapa de esta novela -sí, dice novela – y la Wikipédia.

Usted hizo verdad sus sueños de gloria de cuando era una niña jugando con erizos de mar

A propósito de la Wikipédia: podría haber mirado antes, pero no lo hice por respeto. Y ahora que miro veo que usted nos ha engañado de verdad. No con la fecha de nacimiento: nos ha metido una andanada entera desde barlovento. Porque la niña protagonista de este libro no es usted. Usted nació realmente en 1945, sí, pero miente cuando dice que se quedó toda la vida en la sala de máquinas de las grandes editoriales. Usted las dirigía: Gallimard, Flammarion, usted fichaba a los autores que luego ganarían el premio Goncourt o el Medici, tiene unos cuantos en su lista, usted negociaba entregas y lanzamientos con Michel Houellebecq, Yasmina Reza o Catherine Millet. La jefa, le decían a usted. Porque fue usted, Madame, quien durante un par de décadas decidía para todo el mundo qué es la literatura francesa. Si quiere, usted decidió qué era, para nosotros, Francia.

Usted hizo verdad sus sueños de gloria de cuando era una niña jugando con erizos de mar en la orilla de Alejandría. Sin dejar de ser apátrida. Lo que ha hecho en la novela es dibujar aquella otra vida suya, la que pudo haber sido y no fue… porque usted triunfó, por esas corrientes y vientos de la vida, donde igualmente podría haber naufragado. Mi rendida admiración, Madame, y quizás pueda añadir que también en mi estudio, el único cuadro en la pared es un poster enmarcado de Corto Maltés.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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