Reencuentros

 

Husseini se encontraba en una sala adyacente y cuando se tocaba un tema espinoso, los palestinos decían: “Esto tenemos que consultarlo con Faisal”. Aquello se convertía pronto en algo ridículo, así que se invitó a Husseini a unirse a la reunión.

Al final de cada jornada de conversaciones los palestinos decían: “Ahora tenemos que llamar por teléfono a Túnez para recibir instrucciones de Arafat”. A mí todo aquello me parecía ridículo. Cuando volví al poder, decidí que dadas las circunstancias lo mejor era hablar directamente con Arafat. Eso fue el trasfondo de Oslo.

Me gustaría poder decir que las conversaciones que mantuve con Rabin, todas ellas centradas exclusivamente en la paz con los palestinos, ejercieron alguna influencia sobre él. Sin embargo, no estoy muy seguro de que fuera así. Influir en Rabin era algo casi imposible. Analizaba los hechos por sí mismo y extraía sus propias conclusiones.

Sharon admitió que nuestra presencia le había disuadido de matar a Arafat allí mismo

Rabin y Arafat, el soldado y el ingeniero, eran pensadores lógicos. Analizaban los hechos y extraían conclusiones.

Mis conversaciones con Arafat comenzaron cuando entré en la ciudad sitiada de Beirut. El mundo entero se hizo eco de nuestro encuentro. Tuvo lugar después de mis reuniones secretas con Said Hamami y Issam Sartawi, emisarios de Arafat posteriormente asesinados por agentes de Abu Nidal, el líder de un grupo palestino radical. Informé a Rabin de estas conversaciones a instancias del mismo Arafat.

Tras la evacuación de la OLP de Beirut, visité a Arafat en Túnez y otros lugares en muchas ocasiones. Cuando después de Oslo regresó a Palestina, nos vimos una vez en Gaza y después en la Mukata’a, un antiguo edificio de la policía británica en Ramalá. En dos ocasiones en que su vida corría peligro, unos amigos míos y yo nos mudamos allí en calidad de escudos humanos. Más tarde, Sharon admitiría que nuestra presencia le había disuadido de matar a Arafat allí mismo.

Como buen antiguo alumno de la academia de oficiales británica, Rabin era amigo del whisky

Mis conversaciones con Rabin se celebraban en su oficina de Balfour Street a instancias mías en la mayoría de las ocasiones. También nos encontrábamos de vez en cuando en alguna fiesta, normalmente en las inmediaciones de la barra. Como buen antiguo alumno de la academia de oficiales británica, Rabin era amigo del whisky, solo del whisky. Varias veces nos vimos en casa de mi amiga la escultora Ilana Goor, que organizaba fiestas de cuando en cuando con el objeto de que Rabin y yo, y alguna vez Ariel Sharon, coincidiéramos. Después de medianoche, cuando el resto de los invitados ya se había ido, Rabin, completamente sobrio a pesar de las muchas copas de whisky, me daba conferencias con todo detalle.

Excepto una vez que se dedicó a reprenderme por publicar en mi revista unas noticias que comprometían a algunos miembros de su gobierno, el tema de todas nuestras conversaciones siempre era la cuestión palestina.

Hace unos días visité la tumba de Arafat en Ramalá. Para mi sorpresa, nadie me detuvo ni a la ida, ni sobre todo a la vuelta. Tampoco es que me reconocieran y me aclamaran por el camino; fue más bien que los puestos de control estaban vacíos.

La última vez que había estado allí fue en el funeral de Arafat. Hoy en día el sepulcro es un pequeño y elegante edificio con dos soldados de guardia de honor. Detrás está la oficina de Arafat, los despachos donde recibía a las delegaciones israelíes que yo le traía e incluso su espartana habitación personal. Le presenté mis respetos.

Mi último encuentro con Rabin tuvo lugar unos días después, durante el masivo evento anual en conmemoración de su asesinato que se celebra en la plaza que hoy lleva su nombre.

La figura de Rabin está indisolublemente ligada a la paz con los palestinos

Ha sido el evento más extraño al que he asistido nunca. Este año no lo ha convocado el Partido Laborista, cuyo nuevo líder quiere mantenerse a tanta distancia de la paz como le sea posible. Dos grupos hasta ahora desconocidos para mí han tomado el relevo. Uno está formado por antiguos oficiales del ejército y el otro es de origen incierto.

La organización del evento era un poco estrafalaria. La comisión había decidido que los eslóganes no aludieran a la paz sino solo a la carrera política y militar de Rabin. En el seno del bando de la paz estalló una violenta discusión: ¿Asistir o no?

Yo recomendé vivamente la asistencia. Desde mi punto de vista, los eslóganes de los organizadores son algo secundario; lo único importante es el número de personas que asistan al evento para presentar sus respetos al hombre y a su legado. La figura de Rabin está indisolublemente ligada a la paz con los palestinos.

Finalmente asistieron cerca de cien mil personas que gritaron consignas por la paz e ignoraron por completo las instrucciones de la organización. Cuando el líder de uno de los asentamientos de Cisjordania (¡invitado por la comisión organizadora!) comenzó a pronunciar un discurso, los silbidos de la multitud fueron ensordecedores. Reconozco avergonzado que silbé junto a todos.

Para mi sorpresa resultaba que sé silbar bastante bien.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 11 Nov 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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