La curiosidad como brújula

 

Hay mucho más: Chatwin asoma en el camino de costa de Zumaya a Deva, como James Hutton, intérprete del tiempo petrificado en los acantilados, entre otros ilustres geólogos; se especula sobre los mitos que rodean a los dinosaurios y asoma por sorpresa Iñaki Perurena, el legendario levantador de piedras. Toca darse un baño, y nos acompañan eximios nadadores como lord Byron y Roger Deakin. En Guernika descubrimos que el color verde no existe en euskera, cosa bien llamativa, mientras que en el cabo Billano hacemos lo propio con la etimología de la palabra ‘faro’; y en Bilbao evocamos las singladuras del griego Piteas, documentadas entre otros por Estrabón y Diodoro Sículo.

Y todo esto lo repasa Belmonte mientras atraviesa bosques, salta sobre rocas, sube a lomas, toma transbordadores, conversa con peregrinos, en un ejercicio digno de figurar en Una historia natural de la curiosidad de Alberto Manguel. Porque no hay brújula para perderse tan gozosamente como la curiosidad. O para encontrar lo que uno no sabía lo que estaba buscando. El libro de Belmonte, caminante, lectora y observadora, no es de hecho una guía a seguir, por más que dé valiosas pistas para quienes quieran explorar esa zona, sino un estupendo tablero de Oca para saltar de pueblo en pueblo, y de un libro a otro, sin miedo a empezar de nuevo desde la casilla de salida, sin pozo y sin cárcel.

El fenómeno de ETA y del terrorismo vasco no se menciona ni siquiera de pasada

No obstante, el libro me ha dejado en el aire una curiosidad para la que no tengo respuesta clara. A lo largo de todos esos kilómetros, el fenómeno de ETA y del terrorismo vasco no se menciona ni siquiera de pasada. Se podrá alegar, con razón, que este viaje no va de eso, que la política y el crimen no encajarían demasiado bien en este canto a la belleza y a la desmesura. Tal vez Belmonte quisiera deliberadamente demostrar que se puede hablar a lo largo de 200 páginas del País Vasco eludiendo su costado más negro. Sin embargo, no deja de ser llamativo que en medio de ese pensamiento volandero de la autora no se deslice ni siquiera una mención. Eso exige, en mi opinión, un esfuerzo, y es el que me intriga.

Incluso un profano como yo en materias vascuences no puede evitar recordar, cuando el libro llega al puerto de Pasajes, los sucesos de 1984 en los que murieron acribillados cuatro miembros de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, que inspiraron la canción de Barricada Bahía de Pasaia. No digo, por supuesto, que Belmonte deba tener forzosamente las mismas referencias, solo que me intriga su retrato de una Euskadi en la que la violencia se limita única y exclusivamente a los ímpetus de la Madre Naturaleza.

Sea como fuere, María Belmonte, estudiosa de viajeros, demuestra con esta obra ser, ella misma, digna émula de sus ídolos. Una caminante entusiasta y generosa, dispuesta a compartir con sus lectores un montón de saberes jugosos. Eso sí, para aprender el significado de la palabra esquimal nuannaarpoq, que le da sentido a todo el periplo, hay que llegar hasta el final del trayecto.

 

¿Te ha gustado esta reseña?

Puedes ayudarnos a seguir trabajando

Donación única Quiero ser socia



manos

Página anterior 1 2

 
 

Etiquetas

,

Artículos relacionados

Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

La curiosidad como brújula
 
 

0 Comentarios

Sé el primero en dejar un comentario.

 
 

Deja un comentario