De Barak a Trump

 

Me sorprendería mucho que hubiera un solo palestino dispuesto a aceptar semejantes términos. Pero a Barak nunca le han importado las posturas ni los sentimientos de los palestinos. Exactamente igual que a Netanyahu, el cual por lo menos tiene la decencia de no proponer un “Plan de Paz”. A diferencia de Trump.

Donald Trump no es un genio como Barak, pero coincide con él en que también tiene un Plan de Paz.

Un grupo de judíos de derechas, en el que se incluye su yerno (que tampoco es ningún genio, por cierto) han trabajado en él durante meses. Se lo ha propuesto a Mahmud Abbas, sucesor de Arafat, a Mohammad Bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudí, y a otros príncipes árabes. Al parecer, propone un Estado Palestino compuesto por una serie de pequeños enclaves aislados entre sí, sin Jerusalén y sin ejército.

El plan de Trump pone de manifiesto un desprecio abismal por los palestinos y por los árabes

Es simple y llanamente una locura. No hay ni un solo palestino ni un solo árabe en el mundo capaz de aceptar esto. Y lo que es peor, proponer semejante caricatura de estado es una muestra de la más absoluta ignorancia.

Y ahí es precisamente donde está el problema: es mucho peor que simple falta de conocimientos. El plan pone de manifiesto un desprecio abismal por los palestinos y por los árabes en general, una creencia básica en que sus sentimientos, si existen, no tienen la más mínima importancia. Es un vestigio de la época del colonialismo.

Por supuesto, tanto los palestinos como los árabes tienen profundos sentimientos y convicciones. Aún recuerdan los tiempos en que los musulmanes eran incomparablemente más avanzados que los bárbaros europeos. Que el presidente de los Estados Unidos y su corte de judíos los traten como basura los ofende gravemente, y esa ofensa podría desatar disturbios en la región que ningún príncipe árabe a sueldo de EE UU será capaz de controlar.

Esto concierne especialmente a Jerusalén. Para los musulmanes Jerusalén no es solo una ciudad. Es su tercer lugar más sagrado, el sitio desde el que el Profeta, que la paz sea con él, subió al cielo. Para un musulmán renunciar a Jerusalén es inconcebible.

Las últimas decisiones de Trump en lo referente a Jerusalén son, por decirlo suavemente, imbecilidades. Los árabes de a pie están furiosos, a los israelíes les da igual y los títeres árabes de los americanos, todos esos príncipes y demás, están muy preocupados. Si estalla el conflicto, bien puede suceder que los arrastre consigo.

¿Y todo para qué? ¿Por un titular en el telediario de la noche?

No hay un asunto en toda la región, y quizá en todo el mundo, más delicado. Jerusalén es una ciudad sagrada para tres grandes religiones mundiales; a la santidad no se le pueden poner peros.

En el pasado he dedicado mucho tiempo a esta cuestión. A mí me encanta Jerusalén, a diferencia de Theodor Herzl, el fundador del sionismo, al que le repugnó y quien huyó de ella después de una sola noche. A los primeros sionistas les desagradaba la ciudad pues para ellos representaba todo lo falso y negativo del judaísmo.

Para los primeros sionistas, Jerusalén representaba todo lo falso y negativo del judaísmo

Hará unos veinte años que mi amigo, el difunto Feisal Al Husseini, líder de los árabes de Jerusalén y heredero de su más noble familia, y yo redactamos un manifiesto. Cientos de israelíes y palestinos lo firmaron.

El título era “Nuestra Jerusalén”. Empezaba con estas palabras: “Jerusalén es nuestra, de los israelíes y los palestinos, de los musulmanes, de los judíos y de los cristianos”.

Continuaba diciendo: “Nuestra Jerusalén es un mosaico de todas las culturas, de todas las religiones y todos los períodos que la han enriquecido desde la antigüedad hasta hoy; los cananeos, los jebuseos, los israelitas, los judíos, los helenos, los romanos, los bizantinos, los cristianos, los musulmanes, los árabes, los mamelucos, los otomanos, los británicos, los palestinos y los israelíes”.

“Nuestra Jerusalén debe permanecer unida, abierta a todos, debe pertenecer a todos sus habitantes, sin fronteras ni alambradas que la dividan”.

Y para rematar ofrecíamos una conclusión práctica: “Nuestra Jerusalén debe ser la capital de los dos estados que vivirán codo con codo en este país, Jerusalén Oeste, capital del Estado de Israel y Jerusalén Este, capital del Estado de Palestina”.

Cómo me gustaría clavar este manifiesto en la puerta de la Casa Blanca.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 9 Dic 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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