Carrera de obstáculos

 

Ben Khalifa elude una respuesta directa y habla de una “carrera de fondo”, insistiendo en la importancia de reeducar a los libios sobre su propia identidad; “lo que ha hecho el PKK entre los kurdos durante décadas”, apuntilla.

El pasado 18 de noviembre, Ben Khalifa y los suyos volaban desde el aeropuerto de Zuara hasta Ubari. La principal localidad tuareg en el extremo sur del país congregó a miles de personas en torno a un festival de música con el que LIBO se presentaba oficialmente sobre la arena política libia. Las reacciones de los tres Gobiernos de Libia llegaron en cascada, entre ellas la Mahmud Jibril. El que fuera primer ministro interino del país tras la guerra de 2011, acusó a LIBO de “querer convertir a Libia en un país africano”.

La respuesta de Ben Khalifa estaba cantada:

“Libia es un país africano”.

“Tablas” en la partida libia

Activistas a favor del gobierno de Tripoli (2015) © Karlos Zurutuza

El pasado mes de septiembre, el enviado de la ONU a Libia, Ghassan Salame, hablaba de reconciliar facciones rivales, aprobar una nueva Constitución y convocar elecciones presidenciales y parlamentarias en 2018.

Al igual que Martin Kobler, su antecesor, Salame busca puntos de encuentro entre el Parlamento con sede en Tobruk –en el este de Libia-, alineado con el comandante militar Khalifa Haftar, y el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), con sede en Trípoli y que cuenta con el respaldo de la ONU.

Fayez al Serraj es el primer ministro de este último, pero tiene poco poder sobre las acciones de las milicias nominalmente bajo su control. Por el contrario, Haftar no tiene un papel político formal, pero ejerce un control mucho más efectivo sobre el este de Libia, y se reivindica como el “hombre fuerte que necesita el país”.

A pesar de las conversaciones, ambas facciones siguen buscando sin éxito extender su influencia en el campo contrario. El octubre pasado, aliados de Haftar tomaron el control de Sabratha –al oeste de Trípoli- con la excusa de luchar contra mafias del tráfico de personas. La respuesta del GNA fue contraatacar derrotando a aliados de Haftar en Warshafana, al sur de la capital. Una de las sorpresas fue que Zintan, aliada de Haftar, se unió al GNA en la lucha, debilitando considerablemente el impulso militar del este en el oeste.

Los acontecimientos recientes han demostrado que Haftar no puede garantizar la seguridad incluso en el territorio supuestamente bajo su control. Bengasi, la ciudad principal del este sufre niveles crecientes de ataques armados, secuestros y asesinatos. La situación se ve agravada por la incapacidad de Haftar para controlar a milicias aliadas, recientemente implicadas en masacres y crímenes de guerra.

En el oeste, la falta de control del GNA sobre las milicias involucradas en el contrabando o la actividad criminal continúa erosionando su legitimidad. También hay evidencia de masacres y torturas llevadas a cabo por milicias afines, incluyendo informes que hablan de ejecuciones sumarias de presos de Warshafana. Las presuntas subastas de esclavos que tienen lugar cerca de Trípoli tampoco ayudan.

La destreza militar de Haftar no le otorga un veto de facto en el entorno político cuando ni siquiera puede usarlo para consolidar el control territorial. Asimismo, la apuesta de Sarraj de usar la política para ejercer su autoridad se ha demostrado inútil. La única esperanza de desatascar este conflicto entre Trípoli y Tobruk es que el proceso político de la ONU proporcione una hoja de ruta hacia un proceso electoral legitimado por ambas partes.

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Acerca del autor

Karlos Zurutuza
Periodista (Donostia, 1971). Ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros...

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