El Estado te protege de ti misma

 

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Como recordarán quienes vieron El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, la película empezaba con un lanzamiento de enanos a cargo de una pandilla de repugnantes tiburones de las finanzas que así celebraban sus últimos éxitos.

La cosa no era una idea del guionista: el lanzamiento de enanos -ganaba el que conseguía que su enano se diera el leñazo correspondiente en la parte más centrada de la diana- fue legal en Estados Unidos​ durante muchos años. O alegal, probablemente, ya que nadie había tenido la idea de legislar al respecto.

Cuando por fin se abordó el tema, este peculiar deporte fue prohibido y sus practicantes, lógicamente avergonzados, no dijeron ni mu, pero los que sí pusieron el grito en el cielo fueron los enanos que se ganaban la vida de tan humillante manera porque no les quedaba más remedio si querían comer a diario. La sociedad les negaba el sustento por su bien y obedeciendo a elevadas consideraciones morales, pero nadie los había consultado al respecto y nadie les había ofrecido un trabajo más digno.

¿Qué hacemos con las cheerleaders deportivas de falda corta y bailecitos insinuantes?

Me vinieron a la cabeza los enanos de Scorsese cuando leí sobre la prohibición de las azafatas en las carreras de Fórmula 1. ¿Alguien les ha preguntado a las azafatas si les parecía bien la prohibición? Es indudable que hay un punto machista en el recurso a jovencitas ligeras de ropa para promocionar cualquier cosa. Y que la azafata es, por definición, un florero. Pero también es verdad que hay quien se gana la vida con ese oficio y que uno de los ámbitos donde mejor se retribuye es el de las carreras automovilísticas.

¿Hasta qué punto tenemos derecho a decirle a alguien que su trabajo es machista y degradante y que, por su propio bien, lo ilegalizamos? Y, a partir de ahora, ¿qué hacemos con las cheerleaders deportivas de falda corta y bailecitos insinuantes? Sí, por supuesto, el punto de partida es horroroso: los chicos, a hacer deporte; las chicas, a menear el culo.

Pero lo moralmente punible no siempre merece el castigo físico. Tampoco es muy digno alquilar el propio cuerpo a cambio de dinero, pero si una mujer decide libremente hacerlo, evita a los chulos y a las mafias de la prostitución, ¿por qué no puede ganar pasta de la manera que le resulte más conveniente?

Tengo la impresión de que preocuparse por estas tonterías es una maniobra lampedusiana -ya saben, que cambie algo para que no cambie nada-, y que más nos valdría concentrarnos en la equiparación de sueldos y en acabar con los abusos de poder con fines sexuales, cosas bastante más importantes que la longitud de la falda de una cheerleader o el escote de una azafata de Fórmula 1, ¿no les parece?

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© Ramón de España| Primero publicado en Crónica Global · 4 Feb 2018

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Acerca del autor

Ramón de España

Escritor (Barcelona, 1956). Vive en Barcelona.
Autor de nueve novelas, numerosos ensayos, guionista de...

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