Mi tierra y las mujeres

 

No todas, claro. Algunas reparten propaganda electoral en la corniche de Nador y hablan ante la cámara o se toman un café con Khadija, que va confirmando lo que quizás ya intuíamos: sí, ha habido un avance en el marco legal de los derechos de las mujeres en Marruecos, pero al mismo tiempo van desapareciendo las libertades de antaño. Ya no se hacen las fiestas de pueblo en los que chicos y chicas bailaban frente a frente y se tiraban los tejos delante de todo el mundo. Y esto, lo tienen muy claro las chicas de Nador, viene de Oriente, del Mashreq. Es decir, de Arabia.

Las conversaciones de Khadija a partir del minuto 30 del documental son una fiel radiografía de Marruecos en femenino, un Marruecos que vive en guerra con sus entrañas, tomando al asalto la modernidad y siendo tomada al asalto por la religión.

Gracias al desarrollo tecnológico, la globalización, la conexión de las sociedades, cada vez es más fácil para una chica tomarse la libertad que le corresponde, y gracias a la misión teocrática oriental, que relega a las mujeres a una esfera bien delimitada, es cada vez más difícil que una chica se decida a tomar esa libertad.

Esa esfera ha colonizado hasta el lenguaje. Antes, dice la chica del café, cuando un hombre hablaba de su mujer, decía “mi arcoiris”(tislit n unzar); ahora dice “mis hijos”.

Antes, cuando un hombre hablaba de su mujer, decía “mi arcoiris”; ahora dice “mis hijos”

Estas conversaciones de Khadija – un filme que cabe llamar de ficción, por su creatividad, aunque utiliza la estética del documental, coproducido por la cadena pública marroquí 2M, y que ha ganado premios en Salé, Tánger, Nador y en Gabès (Túnez) – coinciden a ratos literalmente con lo que desde Casablanca lleva muchos años contando Soumaya Naamane Guessous, la gran sociológa marroquí que puso el sexo en el mapa y en las librerías. Tarik El Idrissi, oriundo de Alhucemas, ha sabido captar muy bien el espíritu de todo un país.

Escuchen, por ejemplo, la esgrima verbal entre Khadija y su encantador tío Ahmed, tras un combate de boxeo en el gimnasio del pueblo, la precisión con la que la chavala reduce al absurdo su argumentación: es imposible cumplir la norma coránica de cortar la mano a los ladrones, dice Ahmed, es una barbaridad, eso no se hace, punto, se diga donde se diga. Ah, pero es imposible incumplir la norma coránica de dar a la chica la mitad de la herencia que le corresponde al chico, eso no se puede cambiar, eso lo pone en el Corán. Curioso – dijo la periodista Sanaa El Aji hace apenas semanas en una columna – , las normas coránicas solo son imposibles de reformar cuando eso significaría avanzar en la igualdad de las mujeres.

A Mimunt le gustó mucho la película. Le gustó Khadija. Si hubiera más como ella, herederas de Mamma Allal, conscientes de recuperar su herencia amazigh, llevar bien alto el mentón con la cruz tatuada, esa señal que llevaban las abuelas desde el Rif hasta las faldas del Anti-Atlas (curiosamente, Mimunt guarda una foto de su abuela, clavada a la del cartel de la película), si hubiera alguna chica más que fuese capaz de sonreírle al taxista en el último fotograma y hacer la travesura que – no lo sabíamos, pero lo habríamos podido imaginar – vino incubando desde el primer taxi que cogió al llegar a Nador, si hubiera más Khadijas dispuestas a hacer su pequeña rebelión melena al viento, entonces Marruecos no estaría perdido, no.

 

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
Criado...

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1 comentario

  1. emilio souto dice:

    Me ha gustado mucho la crónica sobre el documental y, por supuesto, intentaré ver si lo cuelgan en youtube o lo pasan por algún cine en Málaga.

 
 

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