Rocco se queda corto

 
Rocco
Dirección: Thierry Demaizière, Alban Teurlai

Género: Documental
Intérpretes:  Rocco Siffredi, Abella Danger, James Deen, Gabriele Galetta
Produccción: Program 33 / Falabracks
Duración: 105 minutos
Estreno: 2016
País: Francia
Idioma: Italiano e inglés (subtítulos en español)

El cine porno se funda, sobre todo, sobre la capacidad de materializar visualmente las fantasías sexuales de la población. Y muy especialmente, de la población masculina. De hecho, si todavía no existe un porno para mujeres bien definido –más allá de los tímidos, insuficientes intentos de Erika Lust y otras directoras– es porque nadie se pone de acuerdo en cuáles son las fantasías de las féminas, no al menos de un modo concreto y homogéneo.

Con los hombres nunca hubo ese problema, ya que desde el principio estaba muy claro que todos participaban de un mismo sueño lúbrico: que follar fuera fácil. Es decir, que como en un dorado mundo al revés, ellas dejaran de ser frías, reprimidas o reticentes, para mostrarse tan oferentes y solícitas como ellos se imaginaban a sí mismos. Disfrazando ese hecho con todos los fetiches posibles –la enfermera, la estudiante, la chacha, la policía, la vecina…– el porno se impuso en los 80 en las salas de proyección y luego, gloriosamente, en los videoclubes y en los canales de pago.

Siffredi explotó una oscura zona que albergaban muchos varones: la humillación de las compañeras de cama

En los últimos años de la década, un joven actor italiano, Rocco Siffredi, inauguró una nueva escuela dentro del género, explotando una oscura zona que albergaban muchos varones: la humillación de las compañeras de cama. Es cierto que no fue el primero ni el único, y que hacía mucho existía un porno sadomasoquista capaz de llevar esas prácticas a extremos espeluznantes. Pero hasta entonces el perfil de personaje masculino era un tipo infeliz que, por lo general, se daba con un canto en los dientes tropezándose en la vida con cualquiera de aquellas insaciables ninfómanas.

Siffredi, entre otros, desplazó la línea un poco más allá: con una combinación muy bien medida de gentileza y sadismo, empezó a jugar con actos más o menos escandalosos, ora escupiendo a sus partenaires, ora insultándolas, abofeteándolas o pellizcando con saña zonas sensibles de su anatomía, o testando de cualquier manera la profundidad de su gargantas. Y ellas, claro, se lo agradecían pidiéndole más. Había nacido el porno rough.

El éxito de aquel veinteañero de Ortona no se basó únicamente en aquella calculada crudeza de sus escenas, ni siquiera en los 24 centímetros de su herramienta de trabajo. Los había mejor dotados, sí, y con más mala uva. Pero Siffredi tenía carisma, era más guapo que la media, aguantaba, evidentemente, sesiones maratonianas de sexo sin “desfollecimientos”. Y sabía hablarle a la cámara, buscar la complicidad del voyeur.

No resulta fácil saber cuándo Rocco se muestra tal cual es y cuándo se interpreta a sí mismo

Esta cualidad, que nunca le ha abandonado, sale a relucir especialmente en el documental de encargo que le han dedicado los directores Thierry Demaizière y Alban Teurlai. Aunque la idea es mostrar al protagonista del modo más natural posible, en su vida familiar como en sus rodajes, éste ha pasado tanto tiempo ante las cámaras (y tan desnudo, literalmente, ante ellas) que no resulta fácil saber cuándo se muestra tal cual es y cuándo se interpreta a sí mismo.

En todo caso, se nos brinda una ventana a la trastienda del mundo del porno que, de entrada, esconde bajo su capa de lujo y glamour una verdad bastante dura. Los delirios de fama y dinero fácil de las chicas que acuden al señuelo colisionan con esa realidad de grotescos mánagers, posados patéticos y fornicaciones dolorosas.

Sin embargo, para cualquier advenediza, la posibilidad de incluir en su filmografía el nombre de Rocco Siffredi es interpretado como un pasaporte para la gloria. Las miradas en algunas escenas no pueden ocultar el pasmo y la decepción a los que la mayoría está abocada: aunque muchas otras no ocultan su satisfacción por consolidarse en el género y pasan años colonizando los sueños húmedos del personal, lo normal es que una actriz porno no trabaje más de seis meses antes de ser jubilada y cambiar de trabajo.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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