Rocco se queda corto

 

Pero, ¿y Rocco? Bueno, la historia que se sirve, algo manida a decir verdad, es la de una redención. Se trata de explicar qué lo hizo como es –con alguna que otra aproximación al psicoanálisis, hermano muerto y búsqueda de la aprobación de la madre incluidos–, de confesarse un adicto al sexo –con toda la carga de indulgencia y compasión que esa palabra, adicto, ha impuesto en nuestra sociedad– y de contar cómo va a salir de ese mundo, cerrar la puerta del porno para convertirse en un ciudadano normal, un padre de familia corriente. Para ello, nos permite acompañarlo al proceso de realización de su último rodaje, en una suerte de making of de lujo.

Le asiste, como durante las últimas décadas, su primo, Gabrielle Galetta, actor porno frustrado que hace de cámara un tanto torpe y chico para todo, y que acaba resultando un personaje tan fascinante o más que la propia estrella: en parte, porque el fracaso suele ser más literario que el éxito, pero también porque en todo momento intuimos que las verdades nunca nos serán contadas por Rocco, y sí por su singular pariente.

Por desgracia, el foco se desplaza hacia Siffredi y la imagen que quiere vender de sí mismo

Por desgracia, el foco se desplaza hacia Siffredi y la bien planificada imagen que quiere vender de sí mismo. El hombre enamorado de su esposa, el mejor padre del mundo, incluso el veterano que, tras una escena de fornicaciones desaforadas, se permite un momento de ternura con las aprendices. El tipo que no tuvo opción, a quien su voracidad sexual no le dejó otro camino que filmar dos escenas diarias todos los días laborables, durante tres décadas: 1.500 títulos en su haber, unas 5.000 compañeras de elenco. El tipo “con el demonio entre las piernas”, como confesó en alguna entrevista, y basta con oír a alguien de un país tan católico como Italia invocar al demonio como explicación de algo, para levantar de inmediato una ceja de puro escepticismo.

Tampoco parece importarle mucho si cuela o no: el filme funciona, el personaje se sostiene y las imágenes tienen suficiente fuerza como para no permitir muchas distracciones. Y el final es un final feliz, aunque sea falso. Porque lo que no se dice en Rocco es que el contexto que hizo que Siffredi se encaramara a lo más alto ya no existe. Se hundió. Vino un fenómeno llamado internet y arrasó con todo. Las pantallas se llenaron de voluntarios y voluntarias para ocupar el lugar de las estrellas. Chavales (y no tan chavales) que habían estudiado las películas del italiano y de otros ídolos durante treinta años ahora tenían la oportunidad de jugar a ser como ellos. Y, como suele decir un amigo cubano, el talento es lo mejor repartido que hay en el mundo.

El contexto que hizo que Siffredi se encaramara a lo más alto ya no existe: vino internet

Ni siquiera hacían falta grandes medios técnicos, ni demasiados intermediarios. Pero eso es algo de lo que no hablan ni Rocco ni John Stagliano, otro de los invitados de la cinta: un tipo que tomó la precaución de hacerse de oro con una serie, Buttman (Hombre culo), antes de ser igualmente barrido del mercado por el empuje de la ola amateur.

Eso sí, la industria de internet nunca olvidó las lecciones del maestro Rocco, y de la misma forma que el cine erótico y el porno primitivo fueron una escuela para varias generaciones, hoy nuestros jóvenes se educan en las tinieblas de su habitación viendo en sus teléfonos cómo un tipo blasfema y pone un pie sobre la cara de una chica mientras la sodomiza sin miramientos. Prácticamente no hay actriz con ganas de intentar labrarse una carrera que no venga preparada para un considerable nivel de violencia física y verbal: si el porno, como decía al principio, sigue siendo el espejo de nuestras fantasías más recónditas, hay que concluir que cada vez estamos un poco más enfermos.

Inútil, amén de inconveniente, es hacer lecturas moralistas de este fenómeno que mueve muchos millones, como siempre, solo que ahora están mucho más repartidos. Lo malo del documental es que concluye sin que hayamos aprendido demasiadas cosas de ese mundo. Y cuando lo más interesante es lo que no se cuenta –la vida real de los profesionales, las suciedades de sus industrias paralelas, la casualidad de que el género haya prosperado en los países del Este y, de manera creciente, en América Latina–, solo cabe apostillar que Rocco, ¡quién lo diría!, por una vez se ha quedado muy corto.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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