Qué odioso era mi kibbutz

 

La inercia del viento‘: El niño educado por su padre – que tal vez no lo sea – para el único fin de ser héroe, y que sabe representar su papel hasta el momento de la verdad, cuando muere por un único motivo: porque es cobarde. Brilla aquí en todo su esplendor el mal rollo kibbutzero que Amos Oz sabe retratar con tanta mala leche, y uno se pregunta si el mundo es realmente un gran kibbutz, o si el escritor debería salir a tomar el aire. (Un 4).

Antes de tiempo‘. Otra historia de un padre y un hijo que a ratos parece no serlo. Con mucho buey de por medio, para que no falte el sabor a kibbutz. Que sería de un libro de cuentos sin ese hilo conductor. Como la palabra “chacales”, que sale en cada uno de los cuentos, como si fuese un tótem. (Un 4).

Lo que motiva hasta hoy el ánimo guerrero de Israel: la ametralladora como prolongación de la polla

El monasterio trapense‘. Aquí, en lugar del kibbutz, el microcosmos es un cuartel de reclutas. El enemigo enfrente sigue siendo esa masa amorfa sin más justificación de existencia que la de ser borrado por un ataque en el que los nuestros pueden exhibir todo su heroísmo y todas sus miserias. Ese heroísmo que no es más que testosterona, machismo exagerado. Que es, sospecha uno, lo que sigue motivando hasta hoy el ánimo guerrero de Israel: la ametralladora como prolongación de la polla. Amos Oz desde luego nunca usaría palabras tan vulgares. Pero cómo traza la venganza de los débiles, los que hacen trampa en pugna por los favores sexuales de la compañera que todos desean, lo fácil que resulta atrapar al ganador en la ratonera de su propio prepotencia… eso es de nota alta. (Un 8).

Fuego extraño‘. Aquí no hay kibbutz, pero el sucio juego de ex amantes, ex esposos, y de hijos atrapados en los enredos de sus mayores, parece ser el mismo en Jerusalén que en la granja. También aquí todo será sórdido: el sexo en Amos Oz siempre es un sexo a regañadientes, pero denota maestría el preciso avance de la seducción, como una flecha lenta y envenenada. (Un 7).

Todos los ríos‘. Probablemente le haya pasado de verdad: Toparse con una poeta loca en un café y estar a punto de enamorarse en lo que dura una tarde, antes de salir corriendo, es una experiencia humana. (Un 5).

Arreglar el mundo‘. Otra vez el kibbutz, otra vez el viejo no tan viejo que rumia su soledad, otra vez el sexo sórdido como desencadenante de una tragedia de vodevil. (Un 4).

Una piedra hueca‘. Más kibbutz, más mal rollo, más soledades y más rencor. Pensar que los kibbutz fueron el germen de Israel da miedo, si uno lo piensa (Un 2).

Las historias bíblicas, por terroríficas, podrían inspirar a buscarles alguna vuelta de tuerca

En esta mala tierra‘. El único relato que se cae totalmente de la categoría, porque ocurre un par de milenios antes. Un ejercicio de estilo que consiste en tomar un capítulo del Antiguo Testamento de 1200 palabras (Jueces, 11: Jefté era un guerrero de Galaad pero era hijo de una prostituta…”), colocarlo en la mesa y darle con el rodillo hasta que se extienda sobre 50 páginas, sin añadirle ningún ingrediente. Conservando hasta el estilo. Y es una pena porque las historias bíblicas, por terroríficas, podrían inspirar a buscarles alguna vuelta de tuerca, en lugar de hacer un simple remedo que se recrea en el lenguaje. (Un 2).

Resultado: un 4,6, exactamente la misma nota que le salió a José M. López, y ya es casualidad. En fin, siempre hay reválida. Nos veremos en la próxima entrega.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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