Salario de miedo

 

Sí, ser mujer y pobre en Marruecos es una mierda. Si no quieren creer al periodista, tal vez lo hagan con los recientes informes de ONGs como Save the Children. Las posibilidades de ser violada, explotada o prostituida se multiplican allí respecto a las europeas. Todo ello lo radiografía Hicham Houdaifa con atención y seriedad, interrogando a todas las fuentes a su alcance, fijando los oportunos antecedentes históricos cuando procede y, sobre todo, poniéndole la cara colorada a las autoridades responsables de que las cosas sean de otro modo.

Sin embargo, conforme avanzamos en la lectura, reparamos en que la situación real es aún peor de lo que se cuenta, por una razón muy simple: el periodista –y él mismo lo reconoce– queda muy lejos de hacer un barrido exhaustivo, o al menos panorámico, de las trabajadoras más humildes de este territorio norteafricano. No aparece, por ejemplo, un fenómeno tan clamoroso como el de las mujeres mula que cruzan cada día las fronteras de Ceuta y Melilla, varias de las cuales se han dejado la vida en el intento en los últimos años, para vergüenza de los gobiernos de ambos lados. Tampoco las criaditas rurales que terminan siendo esclavizadas en las casas burguesas de las grandes ciudades.

No basta con invertir en turismo si no hay coraje de emprender reformas valientes en las leyes de familia

Sea como fuere, este documento es un necesario punto de partida para seguir reivindicando avances en la igualdad en el seno de la sociedad marroquí, empezando justamente por sus puntos más débiles. La conclusión final es que ese desarrollo de Marruecos al que venimos asistiendo con asombro desde la última década, y que los poderes políticos y económicos del país no paran de pregonar a boca llena, no será completo mientras no se resuelvan algunos problemas de raíz como los que el libro refleja. A ello están colaborando, con admirable denuedo y contra viento y marea, las organizaciones sindicales y las asociaciones feministas y defensoras de los derechos humanos marroquíes, que también las hay.

No basta, pues, con lavar la cara del régimen, con anunciar reformas cosméticas e invertir millonadas en turismo o infraestructuras si no se tiene el coraje de emprender reformas valientes en las leyes de familia, por ejemplo, o dotar de medios y exigir una labor intachable a los inspectores de trabajo. Solo así se evita que el visitante de Marruecos, al cruzar la frontera, lo primero que reciba no sea la belleza de los paisajes del Atlas, la dulzura de la música bereber o los sabores especiados de su gastronomía, sino la imagen brutal de una mujer que se rompe el espinazo por un salario de miedo.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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