Los condenadores de la tierra

 

Béji se ve ante este cul de sac, esta vía muerta, y – estamos en los años ochenta – solo intuye lejanamente, sin precisarlo aún, lo que décadas más tarde se convertirá en la gran oleada de lucha contra el yugo nacional: la ideología islamista que precisamente supera el concepto de nación, se siente global, convierte en Otro y en objetivo a combatir a todo el que sea algo distinto a un un miembro de la comunidad llamada islámica. Es capaz de luchar contra el opresor poscolonial porque rechaza ser ciudadano y se declara creyente.

Leyendo a Béji se entiende que no hubo otra salida, en términos psicohistóricas. Porque en los ochenta, el marxismo – la otra vía capaz de superar el nacionalismo – ya había perdido fuelle, tras décadas de persecución: más de un régimen había dedicado enormes recursos a combatir, con tortura y cárcel, a combatir esta ideología, precisamente porque fue ideología.

Como si la injusticia se resolviera porque explotador y explotado pertenecen al mismo pueblo

Pese a su escaso volumen, El desencanto nacional no es un libro fácil de leer. El lenguaje es demasiado abstracto, introspectivo, filosófico: de alguien que ha leído demasiado Hegel. No hay prácticamente una sola anécdota de vida observada, no hay calle de Túnez, no hay siquiera sociología: solo una reflexión. Eso sí, una reflexión de enorme calado, que puede, si somos capaces de sostener esa mirada en el espejo, explicar gran parte de lo ocurrido en el mundo llamado descolonizado desde mediados del siglo XX.

Es más: un ejercicio intelectual fascinante es leer El desencanto nacional con una mirada en los titulares de los periódicos de Cataluña. También ahí, ciertos políticos prometen la liberación del pueblo y un futuro mejor mediante el proceso de levantarse contra el Otro: como si ser catalán fuese suficiente para garantizar el bienestar y la felicidad. Explotación industrial, poderes de la banca, corrupción de los cargos públicos se hermanan con discursos de igualdad y derechos sociales, como si fuesen compatibles, como si siglos de injusticias se resolvieran por el hecho de que explotador y explotado pertenecen al mismo pueblo.

Quizás, mirando de cerca Cataluña, donde tenemos toda la información en tiempo real, donde vemos cómo el obrero lucha en la calle para proteger al banquero que lo explota, entendamos mejor a Hélé Béji, comprendamos por fin qué fue mal en esa inmensa parte del mundo donde los condenados de la tierra siguen cumpliendo condena.
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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
Criado...

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