Miguel Torga

 

La tapa del ataúd

Miguel Torga | © Biblioteca Nacional de Portugal

Una de las pruebas fehacientes de la gran ignorancia que los lectores españoles poseen sobre Portugal es el hecho de que no son muchos los que pueden citar nombres de escritores del país vecino, más allá de Pessoa y Saramago. Esta grave laguna puede, no obstante, ser fácilmente compensada asomándose al universo literario de Miguel Torga. Nacido en el interior campesino, en Tras-os-Montes, concretamente en la villa de São Martinho de Anta, Torga (1907-1995) fue poeta, dramaturgo, novelista, articulista y autor de unos espléndidos diarios, así como de un volumen de memorias. Se llamaba Adolfo Correia da Rocha, pero decidió adoptar ese seudónimo en honor a sus Migueles predilectos (Cervantes, Unamuno y Molina) con el nombre de un arbusto común en su tierra como apellido.

Un dato curioso en su biografía es que compaginó esta fértil escritura vocacional con la profesión de otorrinolaringólogo, que al fin y al cabo no son sino dos formas de mirar en el interior de las personas y observar el milagro por el cual el aire entra y sale de nuestros cuerpos. Conoció la guerra civil española (plasmada en la cuarta entrega de su ciclo La creación del mundo) y la censura salazarista. Como otros muchos escritores lusos, defendió la necesidad de estrechar lazos entre los distintos pueblos de Iberia y saludó la creación del estado de Israel frente a “los piojosos árabes y los inhumanos ingleses”.

Vivió convencido de que no había en Portugal una literatura como la de los fadistas, y cuarenta años antes de recibir el premio Camões afirmó: “Escribir en Portugal no es participar de un sentimiento universal, no es ser miembro de un ejército de trabajadores del espíritu. Es, más que nada, hacer un íntimo y trágicamente inútil encaje de bolillos, en el que ni siquiera se va a fijar el vecino de al lado. Ser escritor en Portugal es como estar sepultado y garabatear la tapa del ataúd”.

El cuento ‘Morgado’ pertenece al libro de relatos Bichos (1940) y ha sido traducido y cedido por Miguel Moya.

[Alejandro Luque]

 

Morgado

 

A la cena, el amo, con cara de pocos amigos, le recriminó las fiestas de esta manera:

-Déjate de tonterías y lléname ese estómago que mañana de madrugada, por más que llueva a chuzos…

Dicho y hecho. Metió el hocico en la talega y se echó al pienso de cabeza. Pero no tenía ganas. Tenía aún en el estómago los tojos de la tarde anterior en el monte y andaba, sin saber por qué, con el corazón en un puño. Además de eso, aquellos modos del amo parecían endurecer el heno. La gente también vive de las buenas palabras. Pero la verdad sea dicha, le gustaba el fulano. Desde que él, hacía seis años, en la feria de los 23 lo distinguiera de entre un regimiento de acémilas y le diera una palmada seca en el lomo, simpatizó con su figura arretortuñada, roja, llena de salud y bondad.

-¿Cuánto cuesta ese borrico?
-Dos mil reales.
-Poco burro para dos mil reales.
-Dos mil reales, y ni una chica menos.
-Déjelo usted en mil quinientos y ya va bien pagado, ya.

¡Gitanos! Después que vio contar los mil seiscientos reales y echarse los billetes a la mano, cantó por peteneras. Ya estaba hasta el gorro de las borracheras del Preguizas. Hasta los cojones de subir la malvada ladera de Queda oyendo las burradas de los que iban más que alicatados. ¡Pero él era un macho! Aguantaba en el lomo quince arrobas de pan como quince arrobas de penas. Sabiendo eso, el tratante, con resaca o sin ella, en las ferias ponía el precio en dos mil reales. Total, que nadie se lo llevaba.

-¿Usted se cree que el burro es de oro?
-Aquí o se compra o se calla uno.

Y tenía que regresar a la cuadra, a la maldita cuadra junto al molino, al lado de la muela, siempre mojada y llena de barbasco, para al día siguiente subir de nuevo la cuesta, al son de la corriente de agua de costumbre.

Zumba na barra da saia, ó Zé…

Comida- carquesas, paja de cebada, y sólo de cuando en cuando un puñadito de grano.

¡Qué vida! Es por eso que cuando vio el contrato cerrado quedó redimido. Y apenas el nuevo amo se le escarranchó en lo alto y se metieron por el camino de Feitais, parecía que le habían salido alas, de tan contento. A la llegada, después de que le pusiera una manta para resguardarlo del resfriado, vio el maíz tierno y granado en su pesebre. ¡El cielo abierto! Es evidente que no había sólo rosas en aquella casa. ¡Nada de eso! El macho de un recovero, sabe dios… Pero, bien comido y bebido, un hombre trabaja con alegría. Mucho más si el patrón, de cuando en cuando suelta la suya, animando:

-¡Arre, Morgado, que me borras la pintura!

Él ni respondía. Y era así que el granuja daba un último apretón a la cincha y se iba al frente de la recua con la vara apuntando para arriba.

Pero esta vez, por desgracia, el caso era más complicado. La cena fue mala, iban solos, y los buenos días fueron este consejo, poco más o menos:

-¡Amos allá! ¡Amos allá, que son seis leguas de sierra…

No le gustaban esas maneras. Renegaba de viajes mal comenzados. De manera que recibió la carga quejándose y se puso en camino reinando en lo peor.

Habían pasado ya el último pueblo del concejo y seguían ahora por el viejo camino de Arcá, sumidos en la oscuridad, varados de lado a lado por una llovizna fría y obstinada, pero el invierno venía de esta manera. O con nevadas de caérsele a uno al alma o cuando no, con un tiempo así, húmedo, frío, cortado por ráfagas ásperas. El patrón le tiraba del cabestro. Ambos callados. Sólo los pasos en el suelo duro los revelaba al oído atento de los peñascos, que escuchaban en la oscuridad.

No se acordaba de haber hecho en toda su vida cosa que se le pareciese. Nunca le pasara, como hoy, ir con los cincos sentidos puestos en el camino y con una alarma constante. ¡Joder con una madrugada tan tenebrosa! En vez de llenar el alma de esperanza, la cubría de canguelo! Y sin quererlo, Morgado comenzó a sentir escalofríos por todo el cuerpo, deseando con desesperación la llegada de la luz de la mañana.

Pero ¿qué sabe dios por dónde vendría el día? Seis leguas de sierra si es que entendió bien. Por lo visto era un buen trecho hasta el valle de Pouca. De ahí la necesidad de aprovechar las horas muertas de la noche. Y todo el pelo se le crispaba con sólo pensar que todavía faltaba mucho para que el sol iluminase la tierra y quitase a la caminata el aire de pesadilla que la volvía interminable. Es cierto que la presencia del amo lo sosegaba un poco. Aunque no lo viese, por lo estrecho del sendero y por la noche cerrada, sabía que caminaba al frente, donde se le podía ver y oír. Pero, a ver, ¿qué podría pasarles? ¿Tropezar? Si sólo fuera eso. Aunque dormido y con la barriga vacía, ni las piernas se le quebraban, ni tres sacos de centeno en lo alto lo acobardaban. Sus temores venían de otra parte… Algún encuentro desagradable, por ejemplo…

¡Ni dicho a propósito! Él pensando en lo peor y la punta de un aullido tenebroso metiéndosele por los oídos.

Un profundo escalofrío le recorrió el cuerpo. A continuación todo él quedó tenso, frío, pegado al suelo, en un pánico mortal. Cosa de unos segundos apenas. Los justos para que el cabestro se tensara entre la mano que lo aseguraba y la argolla de la jáquima. El amo reaccionaba, qué carajo. Estaba allí quien lo iba a defender… ¡Qué cojones, no había razón para tanto miedo!

Pero el amo, enigmáticamente reculaba. Al poco ya acortaba los pasos y se ponía junto al hocico. ¡Malo!

Un nuevo aullido, casi sobre ellos, hirió la noche. Y ambos, ahora como si fuesen uno solo, de tan juntitos, se pusieron a pisar con atención, encogidos en el manto de la noche, con la respiración en suspenso.

Tonterías, porque de nada les servía el disfraz. Morgado lo sabía bien. El instinto ya le había avisado de que tenían a sus espaldas una partida de lobos hambrienta, capaz de oler una presa a más de cien leguas. Por otra parte, los aullidos eran de tal manera cerrados alrededor, que parecía milagro.

Ah, el corazón no le vaticinaba, desde luego, nada bueno de semejante paseo. Había días que traía dentro del pecho un presentimiento negro. Después de la repugnante cena, el despertarse sobresaltado, las horas taciturnas del camino, y para colmo, el silencio enigmático y desacostumbrado del amo…

Pero precisamente el amo alzaba la voz del pozo donde la escondiera:

-¡Estamos perdíos, Morgado! ¡Me cago en mi puta suerte!

No sabía qué razón llevara al recovero a proceder de aquella manera. A qué decir cosas sin ton ni son, gritando, golpeando con fuerza las gruesas botas contra el suelo, como si quisiera armar escándalo por treinta. Tal vez lo que quería era amedrentar a las fieras, dándoles a entender que lo seguía un regimiento de recoveros con sus respectivas recuas de bestias. ¡Pues estaba la cosa buena! Si pensaba en eso, se engañaba de todas todas. Más por adivinar que por distinguir, Morgado vislumbró unos ojos incendiados de hambre acechándoles en el corazón de la noche. Y seguro que también el amo los había visto, porque ahora se puso a encender chispas refregando en una piedra con la hoja desnuda de la navaja. Como si los lobos le tuviesen miedo a las pobres chispas que le salían de las manos temblorosas y tensas. Si sólo disponía de aquel recurso y no sacaba de las alforjas uno de aquellos pistolones con los que en las ferias, cuando había follón, los hombres se mataban unos a los otros, estaban fritos. Allí sólo les cabía uno de esos cacharros que parecían trombones y deshacían las peleas en un suspiro. O eso, o nada. Eran ya tres bultos los que vislumbraba en la oscuridad, callados, resueltos.

Ahora, en vez de sacar tal instrumento que en treinta o cuarenta metros de distancia mandaba un fogonazo del copón, el dueño, después de la ridícula verbena de fuegos artificiales, se acercó a él y sin parar le cortó de un golpe las cuerdas que aseguraban la carga. Los sacos de centeno cayeron desparramados por el camino.

-¿Qué coño de maniobra era esa? ¿Pretendería el amo intentar la fuga? ¿Querría trepar a sus lomos y abrirse camino sierra adelante? ¡Acabáramos! Una mala idea, además. Él, Morgado, ya no tenía las patas de la mocedad. Aunque todavía se considerase un animal capaz de cumplir con su deber, que no le pidieran semejante cosa, mal dormido y mal comido y por si fuera poco, por un camino de cabras y con una jauría de lobos lamiéndoles los pies. Todo tiene sus límites. Además, un macho no es animal para correrías. Bien está para los borricos de los gitanos…

-Es el único recurso.

Sería. Pero él dudaba… En todo caso, no fuese a pensar el amo que se negaba… No. Galopaba a lo más que daba, y así habría de seguir hasta que se le reventara el pecho. Si estaba en desacuerdo con la decisión tomada, era porque realmente estaba convencido de que nada se resolvía con paños calientes.

-Vamos, Morgado, que ya los tenemos encima.

¡Vaya novedad! Cosa distinta sería milagro.

Luego de aliviarlo de la carga, el dueño se le subió en lo alto, le dio media vuelta y lo puso a cuatro pies de vuelta a casa. Desgraciadamente la jauría hizo lo propio. Y allí iban, a la enfilada también, casi al lado, cinco lobos menudos.

-Ay, amo, mira que no tener uno de esos trabucos, así estamos perdidos.

Y la mañana sin romper. Llevaba los cascos en carne viva, sentía que el sudor le caía por los flancos y todo el cuerpo se asfixiaba con el desatino de semejante carrera, y sin señal de amanecer.

Cuanto más corría, el viento más le soplaba en los oídos. Resoplaba de tal modo que parecía hacer escarnio de aquella fuga desordenada.

-¡Aguanta, Morgado!, ¡No te me vengas abajo, por el amor de quien quieras!

Pues sí. La cosa era poder. Aunque mucho quisiera ahorrarle la aflicción al dueño y también a él, las patas se le negaban. Por eso, poco a poco, fue ablandando el tranco, haciendo bien sabe Dios qué sacrificio para no caer redondo al suelo.

-¡Ah, cabrón, que me traicionas!

¡El pago que recibía! No le había bastado con los cabrestazos secos y continuos que con la cuerda de la carga le daba en la cabeza, en las ancas y donde caía, para que viniera ahora con un insulto de ésos! Pero llegó ya al límite de sus fuerzas. Aunque lo golpease, o le metiera por la barriga la punta de la navaja, como una espuela, sólo podía hacer lo que dios le diese a entender… Llegó hasta donde pudo. Ahora…

-Criminal. Nos desgracias a los dos.

Paciencia, que quien da lo que tiene…

Un lobo saltó ya del barranco al camino.

-¡Mis mil seiscientos reales!

No se dio cuenta. Se detuvo exhausto con el cuerpo a reventar y la cabeza atontada de la nochecita y de los cabrestazos que recibiera. Y lo peor es que no acertaba con el sentido verdadero de semejantes palabras en una hora como ésa.

-Por éstas, que les digo adiós…

Pero apenas el recovero desmontó y en un relámpago le sacó los aparejos, acabó por comprender que lo iba a abandonar allí, fatigado, cubierto de sudor, indefenso, al hambre del enemigo. Salvaba su vida con la vida de él… Y lamentaba sus dieciséis mil reales…

Y al final, la mañana vino a romper. Sólo cuando vio al amo caminar tierra adelante con las albardas a las espaldas -¡no le daría vergüenza!- y sintió los dientes del primer lobo que se le clavaban en el cuello, se fijó en que la luz del día comenzaba a dibujar las cosas y a dar significado a todo.

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© Herederos Miguel Torga ·   © Traducción del portugués: Manuel Moya | Cedido para la revista Caleta.

 
 
 
 

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