Desarraigados

 
Vi el sol
Dirección: Mahsun Kirmizigül

Género: Largometraje
Intérpretes: Mahsun Kirmizigül, Demet Evgar, Murat Ünalmis, Cemal Toktas, Erol Demiröz, Altan Erkekli
Produccción: Boyut Film
Guión: Mahsun Kirmizigül
Duración: 120 minutos
Estreno: 2009
País: Turquía
Idioma: Turco. Subtitulado español
Título original: Güneşi gördüm

 

Es un filme tan triste que hasta el gatito en las rodillas se me echó a llorar. Cierto: lo vi en casa, en el sofá (aunque en Estambul no sería demasiado raro tener un gato en las rodillas en un cine); está en las principales distribuidoras vía internet. Pero tristeza aparte es un buen filme. Verídico, al menos. Tristeza aparte no es la palabra: la vida real es exactamente tan triste como el filme, a veces. Para algunos.

Quizás se odien, quizás se amen, una vez elegido el monte o la ley, eso ya no importa

No hacía mucha falta que al abrirse el telón se advierta: “Basado en hechos reales”. Es un hecho real – y todos lo sabemos o deberíamos saberlo – que decenas de miles de campesinos kurdos fueron expulsados manu militari de sus pueblos en el sureste de Turquía. En la época en la que se rueda el filme – que sitúa la acción en el presente, es decir en 2008 –, estas evacuaciones tal vez ya no fueran tan brutas como en los ochenta y noventa, cuando los tanques sitiaban y aplastaban aldea tras aldea. Ahora, a los soldados – o así lo muestra el director, Mahsun Kirmizigül, él mismo kurdo de Diyarbakir – se les supone un trato correcto frente a los aldeanos, la evacuación es una necesidad militar, no un castigo, no hay más remedio.

Pero el resultado es el de siempre: arribar a Estambul la grande – ya contaba entonces con trece millones de habitantes – con apenas un par de maletas, con cinco niñas y un bebé a cuestas, quizás una mujer enferma de tanto dar a luz, tener buscar un piso desnudo, un trabajo de estibador, lo que sea, no deja de ser un drama.

No nos ahorra nada el director: ya antes de partir de la aldea nos ha metido en el brete del padre que tiene un hijo en el Ejército (el servicio militar es absolutamente obligatorio en Turquía) y otro en la guerrilla. Se dispararán, lo adivina usted. Quizás se odien, quizás se amen, una vez elegido el monte o la ley, eso ya no importa. Pero esta no era la historia que nos quería contar. Si bien es una historia verídica: ocurre todos los días.

No nos ahorra tampoco el director el lado tremendamente patriarcal de la sociedad kurda: este decepción del padre por nacer su cuarta hija, esta amenaza de buscar otra esposa si ella no cumple con el deber de darle un heredero: es aún más obscena la alegría por tener un varón que la furia por tener una niña. Pero esta tampoco era la historia que nos quería contar. Si bien es verídica.

Aquí es fácil hacer amigos para pintarse los labios, probarse pelucas, bailar en las discotecas

La historia que estructura la narración arranca ya mediada la película: intentando unos adaptarse a la gran Estambul, y otros confiándose a los traficantes de personas que los mandarán a Noruega. Como aquí va mal todo lo que puede ir mal, casi parece un milagro que la familia no perezca asfixiada en el interior del camión sellado que cruza Europa (recordamos que también eso habría sido verídico).

Lo curioso de la historia es que al final, superadas las barreras burocráticas gracias al lado humano de los burócratas, Noruega parece un lugar más acogedor que Estambul. O al menos no hay roces. Sí los hay en Estambul, cuando el hermano menor del padre protagonista – el de las cinco niñas, el bebé varón y la mujer enferma – descubre que no es el único hombre en el mundo al que le gusta hablar con voz de mujer, sentirse mujer. Ay, Estambul podría ser un paraíso para él: está lleno de travestis, especialmente en los alrededores de Tarlabasi, este antiguo barrio de griegos y armenios venido a menos, muy a menos, ahora poblado por kurdos y gitanos desarraigados, con la colada ondeando al viento de fachada a fachada. Aquí es fácil hacer amigos para pintarse los labios, probarse pelucas, bailar en las discotecas donde se liga por dinero. Ay, el dinero. Ser travesti abre una única vía: la prostitución.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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