Los hermanos siameses

 

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Después de comentar la mayoría de los episodios de Los capitanes, la serie de televisión de Raviv Druckner sobre los primeros ministros israelíes, esta semana voy a hablar de un primer ministro cuyo episodio aún no he comentado: Yitzhak Rabin.

Empecemos por el principio: Rabin siempre me cayó bien.

Era un hombre de los que a mí me gustan: honesto, lógico, franco, conciso.

Nada de palabrería, nada de cháchara. Entrabas en su despacho, te servía un whisky solo (yo creo que odiaba el agua), te sentabas y te hacía una pregunta que te conminaba a ir directamente al grano.

Comparado con otros políticos resultaba de lo más refrescante. Y es que Rabin no era un político auténtico. Era un militar de cabo a rabo. También fue el hombre que pudo haber cambiado el futuro de Israel.

Por eso lo asesinaron.

El hecho más destacado de su vida es que a los setenta años cambió por completo de actitud.
No era un hombre de paz nato. Ni mucho menos.

Era un sionista ortodoxo de pies a cabeza. Luchó en todas las guerras de Israel, justificadas o no, sin hacer preguntas. Algunos de sus actos fueron brutales, otros muy brutales. En la primera Intifada en la Franja de Gaza dijo: “Partidles los huesos”, y algunos de sus soldados se lo tomaron en sentido literal.

Rabin era un sionista ortodoxo de pies a cabeza. Luchó en todas las guerras de Israel, justificadas o no

¿Cómo llegó un hombre así a reconocer al pueblo palestino, cuya misma identidad se negaba, negociar con los líderes palestinos “terroristas” y firmar los Acuerdos de Oslo?

Yo tengo la suerte singular de ser quizás la única persona del mundo que ha oído de boca de los dos principales protagonistas del drama de Oslo la historia de cómo llegaron a aquel momento crucial de sus vidas y de las vidas de sus respectivas naciones. Me lo contaron ellos mismos (en diferentes ocasiones, por supuesto).

Rabin lo contaba más o menos así: Tras la guerra de 1967, yo defendía la Opción Jordana, como casi todo el mundo. Dado que por entonces nadie creía que fuéramos a quedarnos con los territorios ocupados, queríamos devolvérselos al rey Husein de Jordania a cambio de Jerusalén Este.

Un día, el rey anunció que se desentendía de Cisjordania. Fue el fin de la Opción Jordana. Uno de nuestros expertos defendía la creación de lo que dio en llamarse “Ligas de los Pueblos” en Cisjordania para tener un interlocutor con el que negociar. Sin embargo, las ligas se vinieron abajo muy pronto.

“Ahora tenemos que llamar a Túnez para pedirle instrucciones a Yaser Arafat”

En 1993 se convocó la Conferencia de Madrid. Dado que Israel se negaba a reconocer Palestina, los representantes palestinos se integraron en la delegación jordana. Cuando llegó el turno de discutir la cuestión palestina, los jordanos se retiraron de la mesa de negociaciones y abandonaron la sala, dejando así a los israelíes cara a cara con los palestinos.

Todas las tardes los palestinos decían: Ahora tenemos que llamar a Túnez para pedirle instrucciones a Yaser Arafat. Era ridículo. Por eso, cuando me convertí en primer ministro decidí que lo mejor era hablar directamente con Arafat.

La historia según Arafat era parecida: Comenzamos la lucha armada. No vencimos a Israel.

Entonces conseguimos que los ejércitos árabes los atacaran. Al principio de la Guerra de Yom Kippur, los árabes lograron algunas brillantes victorias, pero al final acabaron perdiendo la guerra. Me di cuenta de que era imposible vencer a Israel, así que decidí firmar la paz.

En el episodio acerca de Rabin, Druckner traza una imagen que no me parece correcta.

Según Druckner, Rabin era una persona débil a la que Shimon Peres, por entonces ministro de Asuntos Exteriores, tuvo prácticamente que arrastrar a Oslo. Como testigo de todo el asunto, doy fe de que eso es erróneo.

“¿No tienes ya bastantes problemas como para ponerte a hablar en público con Uri Avnery?”

Rabin y yo nos conocimos en una piscina. Yo estaba charlando con Ezer Weizman, el comandante de las Fuerzas Aéreas que había incurrido en las iras de Ben Gurion a causa de su hiriente sentido del humor. Rabin apareció en bañador. Me ignoró y le espetó directamente a Weizman: “¿No tienes ya bastantes problemas como para ponerte a hablar en público con Uri Avnery?”

La siguiente vez que nos encontramos fue en 1969, cuando él era embajador en Washington. Tuvimos una larga conversación durante la cual yo sostuve que la única manera de asegurar el futuro de Israel era firmar la paz con los palestinos bajo el liderazgo de Arafat. Rabin estaba completamente en contra.

A partir de entonces nos vimos muchas veces. Una amiga mía, la escultora Ilana Goor, estaba obsesionada con la idea de conseguir que nos reuniéramos a hablar. Organizaba frecuentes fiestas en su estudio de Jaffa cuyo verdadero objetivo era que coincidiéramos. Normalmente nos encontrábamos donde las bebidas y cuando todo el mundo se había marchado nos sentábamos a charlar. A menudo también participaba Ariel Sharon. ¿De qué hablábamos? De la cuestión palestina, por supuesto.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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