“Soy fascista, ayudo a la gente”

 

En estos cinco años pasados, el movimiento ha pasado de 50 sedes en Italia a alrededor de 130, a las que se suman las de la sección juvenil, Blocco Studentesco (Bloque Estudiantil), que operan en los colegios y escuelas secundarias. “No diría que somos romanocéntricos. Nacimos en Roma, aspiramos a ser una formación nacional. Hay sedes en toda Italia, está el grupo de Milán y tantos otros. Ni yo los conozco todos. He viajado a ciudades y pueblos que no conocía y me he encontrado allí con afiliados al movimiento. Quince o veinte jóvenes, que estaban esperándome”, dice Antonini.

Las once de la mañana en la periferia Este de Roma: las tiendas, casi todas cerradas

El avance no se entiende sin visitar el lugar donde se hallan las sedes. Son las once de la mañana en la periferia Este de Roma, en el barrio de Tiburtino III. Las calles están casi desiertas; las tiendas, casi todas cerradas. Pero en la entrada de un edificio destartalado hay al menos 15 personas. Muchos ancianos, una mujer con un carrito de bebé que se lamenta de la degradación de la zona y un joven que asegura no haber tenido nunca tuvo un empleo fijo y que lleva unos panfletos con el diseño estilizado de una tortuga, el símbolo de CasaPound. Es Marco Continisio, de 26 años, uno de los rostros anónimos del movimiento que hace dos años fundó esta sede; ahora ya tiene 200 militantes, asegura. Faltan pocos días para las elecciones y Continisio está en campaña.

Visiblemente carcomido por la edad y con un pasado de obrero de la construcción, el jubilado Mario Bastanelli asiente. “¿Lo ve cómo estamos? El Estado nos ha abandonado. Ellos son los únicos que nos han ayudado”, cuenta, cuando de repente Continisio interrumpe. “¿Le parece justo? Este hombre cobra apenas 300 euros de pensión. Por eso, todos los meses los ayudamos con algo, recaudando dinero o comida que luego le damos a él y a otras familias”, afirma Continisio.

“El último centro de empleo lo cerraron hace unos diez años. Y estas horribles casas las construyeron en los 70 y 80 y ahora se caen a pedazos”, añade Cinzia, 43 años, mientras empuja el carrito con su hija pequeña.

“En las noches, hay miedo. A mi hijo le abrieron el automóvil tres veces”

Es el discurso recurrente, el que dirige la rabia hacia el odio por el otro, y toda institución que ampare a los inmigrantes. “En las noches, hay miedo. A mi hijo le abrieron el automóvil tres veces”, agrega Ángela, quien también votará a la formación por primera vez. “El otro día me fracturé la muñeca y estuve una jornada en el pasillo del hospital en el que me ingresaron. Mientras que a los inmigrantes le dan subsidios. ¿Es esto justo?”, dice el anciano Massimo Fraleone. “La gente está cansada de que les roben”, añade Fraleone.

El enérgico grupúsculo avanza hacia el mercado de la zona. Los hombres caminan a paso decidido, enfundados en sus botas y ropas negras, el uniforme de los militantes de CasaPound. Podrían ser gorilas de discoteca si no fuera por los panfletos electorales que llevan en las manos. Pero nadie se inmuta. Nadie se escandaliza. Tampoco hay otros partidos con presencia en el lugar. “¿Puedo dejarle un folleto?”. “Sí, claro. No hay problema”, responden. “Por supuesto que reaccionan así. Nos conocen”, se apresura a aclarar Continisio. No se esconden. Hace meses, se enfrentaron a los golpes con colectivos antifascistas y de la izquierda en este mismo lugar; los choques fueron tan violentos y recurrentes que incluso acabaron en los telediarios.

“Mi ‘ring’ es la calle. Mi pueblo son los italianos”, dice Antonini, que aspira a obtener un escaño en el Parlamento regional. “Aunque en realidad sería un problema para mí. Deberé dejar mi puesto de presidente de la cooperativa multiservicios que presido y donde trabajan 20 empleados, todos italianos. Eso dice la ley”.

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Irene Savio
Periodista (Roma, 1982). Trabaja como corresponsal de la revista mexicana Proceso y colabora con el...

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