El zoco de las esposas

 

La anfitriona elogia las cualidades de estas chicas, una vulgar publicidad como para cualquier producto: “Elige la que más te guste. Tienen la misma educación. No hacen más que trabajar. Jamás salen. Mi marido es muy severo; tan pronto como lo ven, huyen. No se quejan de hambre ni de sed”. Incluso se menciona el argumento de la fertilidad: “En nuestra familia, las mujeres son muy calientes. Están embarazadas ya desde la noche de bodas. Todas nuestras hijas dieron a luz el primer año”.

¡Es realmente como un zoco de ganado! La madre agrega, mirando a su hija: “Habla con las señoras, te llevarán a la ciudad. ¡Una oportunidad! No como tu pobre hermana que está casada en la inmundicia. Iré a verte. Nunca he visto la ciudad, excepto en la televisión. Nosotros no salimos. Mi hija está casada desde hace un año y mi marido se niega a llevarme a verla. Si vives en la ciudad, iré a verte e iré al médico para ligarme lo del vientre”.

“Dame una semana. Hay una rubia divorciada. Debo asegurarme de que sea estéril”

Volvemos a casa de los hombres. Le pregunto a nuestro anfitrión por qué las chicas no están en la escuela. “Innecesario. Cuando terminan la primaria, se quedan en casa”, responde. “No hay escuela secundaria aquí. Mis hijos dejaron la escuela, aunque eran brillantes”. ¿Y el certificado de matrimonio? “Eso es asunto mio. Eligid la que más os guste”. Nadie ha hecho preguntas sobre el pretendiente, su situación, las condiciones en las que vivirán estas chicas. Prometemos regresar.

Visitaremos otras tres casas. La misma bienvenida, el mismo lenguaje, la misma exposición de las chicas, la misma desolación… Vuelta al zoco. El intermediario nos asegura que nos ha presentado a las mejores familias, pero que todavía tiene más chicas para mostrar. Le aprieto más las tuercas para conocer sus límites: “Para mi tío de 70 años es mejor encontrar una mujer divorciada o viuda de 18 años, pero estéril. Me niego a que él tenga hijos. Quiero que sea gorda, rubia, con ojos verdes o azules. “El agente se rasca la cabeza y reflexiona:” Está bien. Dame una semana. Hay una rubia divorciada. Debo asegurarme de que sea estéril”. Sin comentarios.

Prometemos regresar con los pretendientes y sus madre para elegir. No hay problema en volver a ver a todas las familias que nos han recibido: “Tus hombres tomarán a las esposas que el destino les otorge. Cuando vas al mercado, tampoco compras las primeras verduras que ves. Te das una vuelta, eliges y acabas comprando lo que Dios te otorgó. El matrimonio es similar”.

Dos kilómetros más lejos hay una tienda. Un hombre nos pide que lo acerquemos a un pueblo cercano. Durante el trayecto le pregunto si tiene hijas en edad de casarse. “Ya he casado a varias. Tengo sobrinas. No salen ni son contestonas. Si no os gustan, os puedo mostrar otras. ¿Queréis también a criadas para el trabajo en casa?” Le pido dos niñas de cinco o seis años. “Tengo hasta veinte, si queréis”.

¿Para qué te sirve ella? ¿Para comer tu pan? ¡Mándala a trabajar para alimentar a sus hermanos!”

La casa de su hermano, un edificio muy modesto. Una mujer embarazada. Una orden: “Tráenos a Khadija”. Cuando llega Khadija, yo solo tengo ganas de una cosa: que los ministros de Derechos Humanos, de Protección Familiar, de Educación y de Justicia estén presentes para ver de cerca una realidad que desconocen. Una niña frágil, tembleque, que se agarra al caftán de su madre. “Esta tiene ocho años. Pero está mal alimentada. Dale a comer fruta y verdura y se pondrá fuerte”.

Hago ver que prefiero a una niña más pequeña. “Trae a Zohra”, ordena el tío. A la madre no le parece bien: “Zohra siempre está pegada a mí, les va a molestar mucho con lo que llora”. El tío no negocia. “Tráetela a la fuerza. ¿Estamos de broma o qué? ¿Para qué te sirve ella? ¿Para comer tu pan? ¡Mándala a trabajar para alimentar a sus hermanos!” Una niña aterrada avanza a pasitos cortos, con la cabeza gacha. Tiene cinco o seis años. El tío agarra con violencia la cara de la cría y la gira por la fuerza para mostrármela, como haría un tratante de ganado. “Serán 250 dirham al mes (25 euros)”. “No, damos 150”. ¡Trato hecho! Prometemos regresar pronto.

Me voy de esta region, atónita ante esa facilidad de tener hijas y de deshacerse de ellas. Sin embargo, me quedo algo escéptica respecto a las chicas casaderas. Me pregunto si los padres no se habrán embalado al ver que recibían una visita de gente de ciudad obviamente rica. Habrá que volver bajo un disfraz distinto, sin señales visibles de riqueza.

[Continuará]

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© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en Femmes du Maroc  ·  Junio 2001 | Traducción del francés: Mimunt Hamido Yahia

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Acerca del autor

Soumaya Naamane Guessous
Socióloga. Vive en Casablanca, donde trabaja en la Universidad Hassan II.
Doctorada en París, Naamane Guessous...

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