En nombre de Arabia

 

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“La guerra es un negocio pero tiene que durar: si no, no rinde”. A esta frase definitiva de la Madre Coraje de Brecht, poco hay que añadir. Únicamente nos corresponde averiguar en cada caso quién hace el negocio y quién pagará al final la factura.

En el caso de Siria, no es obvio a primera vista. Desde luego, un proveedor de armamento como Rusia puede colocar algunas remesas de proyectiles si continúa la contienda, pero no parece ser una razón principal para alargar un conflicto que se lleva a cabo con armamento de bajo presupuesto (Siria no será capaz de encargar en este momento nuevos cazabombarderos ni tanques). Además, la responsabilidad de la decisión la hay que buscar entre quienes serían capaces de poner fin al conflicto: Estados Unidos y sus potencias aliadas.

Porque no cabe duda de que una intervención militar podría apagar el fuego de Siria. Turquía, con 910 kilómetros de frontera común y el segundo ejército más grande de la OTAN, amén de una arsenal moderno comprado a Alemania y Estados Unidos, podría aniquilar las fuerzas armadas sirias en pocos días.

Al inicio de la revolución, una intervención extranjera podría haber servido para unir al pueblo sirio contra un enemigo exterior; sin embargo, ya en junio de 2011, gran parte de los refugiados que llegaron a Turquía pidieron a gritos el establecimiento de una “zona de exclusión aérea” en partes de Siria. En otras palabras, una intervención militar, porque es obvio que tal zona sólo es eficaz si las potencias implicadas derriban cualquier avión que la vulnere, lo cual significa ir a la guerra.

Irán no podría salvar a Asad: no le conviene enfrentarse a Turquía

Con el estado de guerra civil que hoy domina Siria, y que ya ha calado en la sociedad, es poco probable que aún quede un sector de población indecisa que haría piña con la dictadura sólo en el caso de una intervención extranjera. Los sirios probablemente adopten la misma actitud que los iraquíes en 2003, que calificaban de injustos los bombardeos norteamericanos por tratarse, a su juicio, de una guerra entre dos regímenes, el de Sadam Hussein y el de George W. Bush, cuyas consecuencias tenían que pagar sin querer adherirse a ninguno de los dos bandos.

Muy probablemente, tampoco Irán podría salvar el régimen de Bashar Asad. Irán no tiene frontera con Siria y la vía a través de Iraq puede valer para enviar brigadas especializadas, pero no para desplegar un frente militar convencional. Y pese a las recientes tensiones entre Teherán y Ankara, a la república persa no le conviene enfrentarse a Turquía, que sigue siendo su valedor diplomático y —a través de sus bancos— su válvula económica hacia Europa.

El gobierno iraní tampoco puede valerse de su arma definitiva, el cierre del Estrecho de Ormuz, lo que interrumpiría el flujo de petróleo iraquí, kuwaití, emiratí y saudí (e iraní) hacia el mundo. Porque esta medida es la baza más importante que impide el tan cacareado ataque israelí y no puede gastarse en un asunto menor. Irán sacrificará el peón sirio: de todas formas es evidente que el régimen de Asad desaparecerá a medio plazo, y no vale la pena apostar toda la banca para prolongar su agonía.

La supuesta cercanía religiosa entre Teherán y Damasco es enteramente un mito, basado en la definición de la rama religiosa alawí del clan Asad como “chií”, cuando esta alianza política entre agnósticos sirios y teócratas persas se basa únicamente en el concepto del enemigo común.

(Por supuesta es falsa la noticia, aparecida el miércoles en el diario británico Telegraph, según la que el Guía Espiritual de Irán, Ali Jamenéi, habría dado orden de atentar contra intereses de Estados Unidos, Israel, Turquía, Saudi Arabia o Qatar como castigo por su apoyo a la oposición siria. Viene firmada por Con Coughlin, un reportero cuyo largo historial como difusor de propaganda contra Irán ha acabado costando caro al diario que le emplea: en marzo de 2011, el Telegraph fue condenado a pagar 30.000 euros al partido gubernamental turco AKP, porque Coughlin había asegurado que esta formación recibía financiación de Teherán. No la era la primera falsedad dirigida a denigrar Irán, aunque en anteriores ocasiones, el periódico se salvó con una disculpa formal).

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About the author

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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7 Comments

  1. […] Sería ilusorio, si creyéramos que el ISIL es algo más que una herramienta utilizada por los cabecillas de esa misma coalición – Arabia Saudí y los demás aliados de Washington en la región – para destruir a conciencia Siria, como ya se destruyó Iraq. […]

 
 

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