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Leila Slimani

 

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Hablan ellas

Leila Atrash | © Blog de la autora

Leila Atrash | © Blog de la autora

Son mujeres. Los personajes de la escritora Leila Atrash retratan el mundo femenino de Oriente Próximo: con sus memorias calladas y sus esperanzas imperiosas, sus silencios y sus protestas, su resignación, a veces, y su rebeldía, otras.

Nacida en Beit Sahour, cerca de Belén, en Palestina, Leila Atrash vive desde hace mucho en Jordania, donde se ha labrado un nombre como exitosa periodista, primero en la prensa escrita, luego en la radio y, desde los años 70, como productora y presentadora de televisión. Sus programas de entrevistas con escritores y artistas de numerosos países del mundo árabe le dieron renombre internacional.

Como novelista, Atrash se dio a conocer en 1987 con la novela Wa tashruq gharban (Amanece al oeste), que describe la infancia, juventud y evolución de una mujer palestina, durante los años 50 y 60.  Adquirió fama en 1990 con Imraa lil fusul lkhamsa (La mujer de las cinco estaciones), una novela que también analiza la sociedad palestina y ha sido traducida al inglés.

Siguieron la colección de relatos Youm ‘adi (Un día normal, 1991) y la novela Lailatan… wa zill imraa (Dos noches y la sombra de una mujer, 1997), que describe en encuentro de dos hermanas, ambas oriundas de Palestina, pero una residente allí, convertida en esposa y madre de familia resignada, la otra emigrada a Ammán, donde se convierte en abogada y buscará su propio estilo de vida. Después vinieron las novelas Suhail lmasafat (El relinchar de las distancias, 1999) y Marafi’ lwahm (La rada imaginaria, 2005), traducida a farsi, el libro de viajes Nisá ‘alal mafariq (Mujeres en la encrucijada, 2009) y la novela Raghbat dhatil kharif (Los deseos de aquel otoño, 2010).

La última novela de Atrash hasta la fecha es Taranim l ghawaia (Cantos de seducción, 2014), también ubicada en la histórica Palestina de principios del siglo XX, a través del diálogo entre una cineasta y una su anciana tía, que le relatará sus experiencias de amor. Fue nominado para el premio Booker Árabe 2016.  del ha cedido un capítulo para su publicación en la revista Caleta. La traducción es de la arabista Eva Chaves.

[Ilya U. Topper]

Cantos de seducción

 

Resumen de la novela: Una directora de cine regresa a Jerusalén para rodar una película sobre sus gentes sin que lo sepan las autoridades israelíes y con el acuerdo de una productora de Jerusalén. El resultado final es la historia de cuatro generaciones de una familia cristiana ortodoxa de Jerusalén de la que solo queda su anciana tía, quien había vivido una intensa historia de amor con un párroco. El guión va cogiendo forma gracias a los recuerdos de la tía y de su amiga musulmana, y mediante fotografías, documentos, encuentros con historiadores y recuerdos personales que descubren la cara humana de la ciudad escondida en la túnica de la santidad. Son las vidas y luchas en una Jerusalén que vive una época de grandes cambios, desde el final del Imperio Otomano hasta mediados del siglo XX.

 

*          *         *

 

Por la tarde, mientras tomábamos el té en el patio, la tía, que había vuelto de su casa con un sobre, me mostró, por sorpresa, algunas fotos de su vida.

-Este es mi padre delante de su casa en Santiago.

Una fotografía amarillenta por el paso del tiempo. Un joven elegante de altura destacada delante de la puerta de una gran casa con un cuidado jardín. Bien lucido con un traje y un sombrero, agraciado con su fino bigote de puntas enroscadas y un reloj de cadena colgando del bolsillo de la chaqueta.

-Era guapo como un príncipe. Se compraba la ropa más cara. Tenía los ojos grandes y de color miel y una bonita voz… Recuerdo cuando cantaba en las veladas de la terraza o del patio con los vecinos y amigos. Sacaba altramuces, pistachos y encurtidos para los invitados. Los compraba en la tienda de los griegos… Mi madre aprendió su oficio de las amigas griegas. Muchas se casaron con jóvenes cristianos de aquí. Vaya, que Grecia nos gobernaba en las iglesias y en la cama.

Tenía una risa cristalina.

-Mi padre volvió de Chile cantando canciones occidentales, en español y en chino, canciones alegres que te hacían bailar o canciones tristes, como la vida. No entendíamos lo que decían pero la tristeza nos llegaba. Mi padre era cariñoso. El problema era que su corazón era pequeño, débil: cuando alguien entraba en él, otro salía. Mi madre se murió a las puertas de su corazón sin que le tocar el turno… Pero él era el chico más guapo.

¿Se podía acordar de la cara de un padre que la abandonó o es que le vino su imagen por las fotos? La memoria se hace un lío cuando se ven fotos antiguas, se confunde. ¿Se ha quedado solo con los detalles de aquel pasado? ¿Por qué motivo la memoria elige un hecho o una persona en concreto? ¿O es que la memoria y la imagen son una combinación confusa? Y la razón ¿sirve para revivir detalles de momentos y acontecimientos puntuales que no han captado las fotografías?

Con cariño y alegría sacó otra foto.

-¡Zahra Al Ansari!

Una joven embutida en un vestido negro de perlas bordadas en los puños y con un collar. Sonriente. De ojos grandes y pelo liso. Lucía melena hasta los hombros debajo de un pañuelo medio transparente.

-Nos sacábamos fotos en secreto y nos las mandamos. ¡Ay, si su familia se hubiera dado cuenta! ¡Dios sabe lo que le hubieran hecho! Es de una familia musulmana muy conservadora. Ella, la mujer de Saden El Haram y yo la mujer del párroco. ¡Nada que ver! Pero nos une una maravillosa amistad.

Al reverso de la foto está estampado el sello del estudio de Jerusalén, Khalil Raad 1944, y una dedicatora escrita con letra temblorosa: “A mi querida amiga, de Milade Abu Nejme. Para el recuerdo”.

-Un fotógrafo profesional.

-Zahra es de lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias a ella pude aguantar más.

-¿Y el amor?

-El amor es una bendición. Sin amor yo no hubiera existido. Me convirtió en una mujer distinta. Me hizo descubrir cosas bonitas de mí que no habría sabido ver sola. Cuando el hombre se enamora de una mujer, ella se convierte en cien mujeres. El amor de un hombre crea de nuevo a la mujer porque ella ve el mundo con los ojos de alguien que la quiere y es tolerante con ella. Si el hombre tiene las capacidades que tiene, es porque la mujer sale de su costilla. Se enamoró de mí de forma diferente… Hice las paces conmigo misma y con los demás. Con él me volvía una niña y una adolescente, loca y cuerda, santa y mala. Su amor apagó mi ardor y resentimiento, fue el hielo que enfrió mi fuego. Me reconcilié con el mundo gracias a él… Cuando mecía mi miedo en su regazo me dejaba contenta con la vida, con el ayer y el mañana… Perdoné a mi padre, que abandonó a mi madre y estuvo lejos de nosotros, perdoné la crueldad de mis dos hermanos que montaban en cólera contra mí… Di gracias a Dios por haberme hecho una mujer, porque así él me amaba… Es verdad que ha cambiado la vida pero el amor no cambia. Desde Adán y Eva, el amor cubre la tierra, por encima y por debajo, en países lejanos y cercanos. El amor en este mundo no tiene igual. Cada amor es una historia y está presente siempre en la vida de la gente… El amor, como la muerte, no está en nuestras manos. Todos hemos tenido la experiencia del amor, en público o a escondidas, defendiéndolo o dejando que las cosas o los demás lo agredan… Pero ninguna mujer se parece a otra en el amor. Eso si tiene la suerte de haber encontrado a un hombre que la quiera… Yo, de haber seguido con Awad, aunque era cariñoso, habría sido una de tantas mujeres, como cualquier otra, pero el amor que vino después me maceró y me hizo de otra manera. Fui yo misma. Su amor me puso por encima de todas las mujeres… Mira esta foto.

En blanco y negro. El cura Mitri Haddad aparece sentado con un bastón en la mano y a su lado, de pie, la tía, elegante y esbelta, con sus ojos grandes brillando de alegría, sonriendo.

-¡Ay, señor! pero si parece que el vestido es de la cadena judía de tiendas Kaka que conseguían la última moda antes de que llegara a los mercados de los ingleses y los franceses. Era un vestido de color azul cielo. Por entonces no había fotos a color… Íbamos en el automóvil a Belén cuando me decía: “El primer estudio fotográfico en el país fue de una chica árabe, la hija del sacerdote protestante de Nazaret. Estaba más adelantada que las jóvenes de su generación porque los protestantes le daban más importancia a la educación de las niñas. En aquella época los laboratorios fotográficos estaban ligados a las iglesias y monasterios. Las fotografías más antiguas del país se conservan en las parroquias o en casa de los fotógrafos armenios”. Me decía: “Ay, Milade. Las fotos son como otra vida. La gente se muere pero ahí quedan las fotos. Si nuestra historia se olvida las fotos la vuelven a recordar. Si Dios nos hubiera creado en otra época, la gente tal vez cantaría la historia de mi amor por ti acompañados por el violín. Y si nos hubiera creado en una época posterior a lo mejor serían más tolerantes con Dios y con el amor”… Nos sacamos las fotos en Belén porque estaba lejos y allí nadie nos conocía.

– ¡Karima Abbud!

-¿La conoces? ¡Habla de ella en la película! Tenía estudios, conducía un coche y abría estudios fotográficos antes que los hombres. Volvimos para recoger las fotos y me dijo: -Es verdad que eres guapa pero es que también te quiere la cámara… A la cámara le gustan ciertas caras, no admite otras, y a quien le gusta la saca mejor.

-¿Eso sabías?

-¡Lo que sabíamos no lo saben los de tu generación!

Me disculpé lo mejor que pude:

-Se trata de caras fotogénicas, o sea “que le gustan a la cámara”. Rasgos dulces, finos, y ojos grandes, como tú, fotografiables, y hasta se ven mejor.

El halago tenía la magia de ser cierto.

-La fotógrafa le dijo que me cogiera de la mano. Él me pasó la mano por la cabeza y no dejó el bastón… El estudio era como una boutique: vestidos de noche y para bodas, trajes tradicionales bordados, trajes típicos de Belén, gorros turcos y todos los complementos para poner elegante a un hombre o a una mujer… No me cambié de vestido porque era un regalo suyo… Mira qué presencia, pura elegancia y cariño… Sus caricias, mirada y palabras hechizaban… Cuando hablaba, lo escuchaban los mayores y los pequeños… Me escondía en su pecho, me protegía. Con él vi y aprendí. Me abrió los ojos a lo nuevo y a lo bello, a otros mundos, como Estados Unidos, y ni siquiera mi padre y mis hermanos lo llegaron a conocer… La primera vez que quedamos fuimos a la calle Jaffa… Como una mujer a la que le gusta dominar el mundo, como una reina… Montamos en una calesa dorada como la de la reina de Inglaterra, tirada por dos caballos, que siempre estaba parada frente al hotel King David, el mismo hotel de la calle Jaffa que dinamitaron los judíos para protestar contra la política inglesa… Pagó mucho para que yo experimentara la calesa… Me decía: “La calle Jaffa se parece a las ciudades occidentales, como la cuidad donde está tu padre. Tiendas, cafés y cines”. Después me llevo en tren a Jaffa. Dos billetes en primera aunque ir en segunda era más barato. Le dije: “¿Es muy caro?”. Se enfadó y respondió: “¡Por Dios! No me insultes mientras viva. Eres lo mejor en este mundo. ¡Pero bueno, no te digo!”… Me eché reír con timidez juvenil.

-En Jaffa se cambió la sotana por un traje. Montamos en calesa por la playa. La gente de Jaffa es distinta. Allí se juntaban mujeres de todos los colores y orígenes… El mar de Jaffa es precioso y las olas blancas… Entramos al Cine Rojo. En lo oscuro se le escurría la mano por debajo, me agarraba la mía y la apretaba… Desde entonces adoro el cine… Le susurré: “Ojalá fuera actriz”. Le hizo gracia y me respondió: “Si estuviéramos en Egipto podría ser. Allí están los teatros, el cine y los cabarets, pero ¿en Jerusalén? Santa y pequeña. La gente se conoce. Es una ciudad gobernada por las religiones. Si no me importara lo que dijeran los demás te inscribiría en la Escuela de Artes. El director es amigo mío. Aprenderías a tocar, cantar e interpretar. Actuarías en los teatros de las asociaciones y los clubes. Serías la primera mujer en graduarse en la escuela. Pero lo que nos faltaba son los escándalos. Bastante tenemos con ir a estos sitios…” Vimos películas y obras de teatro. Fuimos a un montón de actuaciones, muchas de laúd, en Jerusalén y en Jaffa… Tres horas en tren separaban las dos ciudades y llegabas a un mundo que ni te conocía ni le importabas… Mitri no se cansaba de mis ganas de saber y yo aprendí y cambié para satisfacerlo. Cuando un hombre se enamora de la inteligencia de una mujer, ella debe hacer lo imposible por estar a su nivel porque si no, lo pierde. El hombre inteligente necesita a quien le entienda.

– ¿Y Awad?

– Awad, pobre. Me amaba pero murió. Éramos muy jóvenes y el mundo que conocíamos era pequeño como nosotros.

*          *         *

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