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Karlos Zurutuza

 

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El hombre que sigue allí

Karlos Zurutuza | Cedida por el autor

No está en todas partes. Karlos Zurutuza (Donostia, 1971) es uno de los periodistas que más viajan y que menos países recorren. Eso, en contra de lo que pueda creerse, es un valor: significa ser lo contrario del paracaidista que ha tomado casi al asalto el control de las noticias y los titulares de los conflictos. Ese control que no tiene sobre lo ocurre en el país que cubre, porque no controla.

Karlos Zurutuza sí controla: desde que lo conocí hace una década ha pasado más tiempo en los valles y los pueblos de Kurdistán – ya sea en el lado iraquí, ya sea en el sirio o en el turco – que ningún corresponsal que conozco, hasta el punto de encontrar allí su particular Rue del percebe. (No se limitó a ello: también ha trabajado a fondo en Afganistán, Pakistán, Irán, Iraq y el Sáhara). Y cuando empezó la guerra civil libia, fue uno de los muchos que se apuntaron a las trincheras. Como hicieron Alberto Arce, Mikel Ayestarán, Laura Varo, Daniel Iriarte o Nuria Tesón, entre otros tantos. Karlos Zurutuza no solo fue, volvió, fue de nuevo, una y otra vez, no: sigue yendo. Aún sigue yendo.

El resultado de esos años de ir, ir, ir es ‘Tierra adentro’, un libro que recupera, precisa, elabora las experiencias vividas, la información, la observación. En otras palabras: es Libia condensada en 140 páginas. Ese país del que alguien dijo hace cincuenta años que no existe, por mucho que se empeñe, que hoy parece haber vuelto a dejar de existir. Pero si hay algo llamado Libia, probablemente no haya ahora mismo periodista que lo conozca mejor que este donostiarra con los ojos medio cerrados, no se sabe si del hábito de afrontar neviscas o tormentas de arena. Desde el puerto amazigh de Zuara a los montes de Nafusa y sus escuelas ibadíes, desde las calles bombardeadas de Misrata hasta el profundo sur, territorio tubu, no sé si queda algún palmo de terreno que no haya pisado Karlos.  En esto está toda la diferencia. Los paracaidistas salen en la foto, pero para controlar el terreno hace falta marchar a pie. Tierra adentro.

[Ilya U. Topper]

Tierra adentro

Los dinares del azar

En la primavera de 2013 era fácil dar con Amín en Trípoli cualquier día de la semana. Bastaba con acercarse al puente del barrio de Gargaresh y buscar a un chaval alto y sonrien­te sujetando un pico y una pala entre la multitud. Al igual que en distritos como Souk al Juma o Gorji, allí también se juntaban decenas de subsaharianos esperando subirse a la trasera de una pick up para un día de trabajo. El que fuera. Sin vuelos directos a Trípoli desde Abuja —la capital de Ni­geria—, Amín había llegado por tierra. Pagó ochocientos dólares por un viaje de cinco días a través del desierto en la parte superior de un camión cargado de todo tipo de cosas; desde muebles hasta cabras. El conductor le dijo que se ata­ra con una cuerda, que no se detendría si alguien se caía. Aun así, ocurría. Por el camino, Amín había visto aquellos cadáveres abrasados por el sol. Con toda seguridad, también el resto de los habituales de Gargaresh.

Algunos seguían en estado de shock tras su paso por el sur. De­cían rezar para que Trípoli no fuera tan terrible como Sabha, la capital del sur que es imposible de evitar. Todos habían pasado por allí camino de la costa.

—Aquello no es más que un lugar en mitad del desierto donde las mafias se dedican a la caza de nigerianos y gambia­nos —relataba uno de ellos. Decía que cada calle en la capi­tal del sur contaba con su propio gueto. Así se llamaba a los lugares en los que los inmigrantes eran retenidos y golpeados hasta que alguien, generalmente su familia, pagaba el rescate que las mafias exigían para su liberación.

Los libios eran completamente ajenos a lo que sucedía en el sur del país, principalmente porque nueve de cada diez viven en la costa. La región de Fezzan, la del sur, es un lugar que solo conocen de oídas los que tienen algún familiar o amigo que hizo allí el servicio militar. Sabha, Ubari, Gatroun… son nombres de localidades perdidas que solo evocan miseria, soledad y polvo. Lugares como Ghat, un puesto tuareg en la linde suroccidental con Argelia.

—Ghat es la puerta de la inmigración ilegal en África —nos dijeron casi con orgullo en 2013 desde aquel puesto de fronte­ra en mitad de la nada. Los dos guardias decían que veían pa­sar los camiones a diario, probablemente como las vacas que miran al tren. Nos lo explicaron en la comandancia.

—Si los detenemos necesitamos agua, comida, ropa, medici­nas, ¿de dónde podemos sacar todo eso cuando nos falta a no­sotros mismos? —nos espetó un oficial originario de Zawiya, a cincuenta kilómetros al oeste de Trípoli. Después de la en­trevista, y entre sorbos de un segundo café, nos reconoció que odiaba cada minuto que pasaba allí. Si Ghat era la puerta para nigerianos, malienses o senegaleses, los del este, los somalíes, los sudaneses, los eritreos… pasarían por Kufra, un erial del que se dice que es el punto más seco de África. Lo puso en el mapa el llamado Gran Río Artificial, la red de tuberías subte­rráneas construida durante el mandato de Gadafi, pero perdió el derecho a quedarse cuando se agotaron sus acuíferos.

¿Qué sentido tenía visitar el sur para un libio? Costaba muchísimo menos cruzar la frontera hacia Túnez, donde en­contraban casi todo lo que echaban en falta en casa: desde una asistencia médica en condiciones hasta la posibilidad de beber alcohol sin violar la ley.

En el sur no hay nada para nadie, y menos para los de Gar­garesh. La vida está en la costa. Allí hay trabajo y, para los foráneos, una oportunidad de dejar atrás la miseria y la gue­rra. Pero costaba recoger sus historias. Gargaresh era un bas­tión de la élite gadafista que se resistía a cambiar las matrí­culas de sus coches por las de la «nueva Libia». Se alineaban en batería frente a tiendas de marca y restaurantes de lujo de la capital, pero aquel exclusivo barrio también era un punto neurálgico para el tráfico de droga. Los capos eran libios, pero los que vendían las papelinas en la calle eran subsaha­rianos. En el puente de Gargaresh, Amín y el resto descon­fiaban de cualquier árabe o extranjero haciendo preguntas o sacando fotos. Podrían estar trabajando para el Gobierno o las milicias locales, o los traficantes de droga.

Nadie se mostraba agresivo, pero el miedo los amordaza­ba. Había que dejarse ver sin resultar invasivo durante unos cuantos días. Solo entonces se relajaban y accedían a hablar. Eran conversaciones, siempre en inglés o francés, que se in­terrumpían abruptamente cuando paraba algún vehículo. Entonces todos corrían. Con suerte, se subirían a la trasera de una furgoneta hacia alguna obra; sin ella, acabarían en la trasera de una furgoneta camino de un almacén, una nave industrial o una escuela abandonada, de esas en las que las mafias los encerraban.

—Hay que estar siempre muy atento porque esto es como una ruleta rusa —aseguraba Amín, sin perder la sonrisa ni bajar la guardia. Jamás.

En un buen día podía reunir hasta veinte dinares libios —unos cinco euros al cambio de entonces—, pero no se podía hablar de una tarifa estándar. A veces había que conformarse con seguir con vida para poder volver a Gar­garesh.

—Quinientos dólares —repetía el nigeriano, con la mirada perdida en el marasmo de gente del puente de Gargaresh. Con esa cantidad podría subirse a un bote de goma, y por doscien­tos o trescientos más a un barco de madera. Pero quería irse cuanto antes porque tendría que empezar de cero si era dete­nido, eso en el mejor de los casos. Amín y el resto atravesarían la Litoranea —la carretera que construyó Mussolini y luego reasfaltó Gadafi— de este a oeste, y vuelta. Asumía que sería arrestado o secuestrado; golpeado e insultado. Cuantas veces fuera necesario hasta poder cumplir su sueño.

Los que se quedan

Era siempre una cuestión de puro azar. Abdala Abu Baker también se acercaba a diario a Gargaresh, hasta que un trabajo de un día abriendo una acequia en una granja al sur de Trípoli se convirtió en el empleo de su vida. Llevaba ya dos años al cargo de un hermoso cultivo de hortalizas y cereales. Vivía como un anacoreta, en una chabola de piedra minúscula sin luz ni agua corriente. Pero el trabajo, decía, era llevadero. Abdala había pensado cruzar el mar, pero tenía casi sesenta años y siete hijos en su aldea natal de Níger. Con los setecientos cincuenta dinares que recibía cada mes, le alcanzaba para mandar dinero a casa y para tabaco. Era suficiente.

Los de Gargaresh eran trabajadores «ilegales», como la in­mensa mayoría de la mano de obra extranjera en Libia. No estaban registrados en el Ministerio de Trabajo, ni podían presentar el certificado de salud tras pasar el reconocimiento médico en alguna delegación de la Media Luna Roja. Wal­ter, un bangladesí de veintidós años tampoco tenía todos los papeles en regla, pero el buzo naranja del servicio de recogi­da de basuras evitaba que fuera arrestado. Ganaba en torno a los quinientos dinares al mes, de los que podía mandar más de la mitad a su familia en Nigeria. En 2013 la moneda libia todavía tenía algún valor y, a pesar de los constantes retra­sos en los pagos, el dinero acababa llegando antes o después. Walter tampoco soñaba con viajar a Europa; decía que se conformaba con lo que tenía, pero le preocupaba tener que trabajar de noche demasiado a menudo. Era entonces cuan­do desaparecían los puestos de palomitas y garrapiñadas de la céntrica plaza de los Mártires, como si hubiera que despe­jar el lugar para que maniobraran las camionetas artilladas de las milicias.

Imran, otro bangladesí, decía preferir la rutina de barrer la ciudad antigua a los «sobresaltos» en el céntrico barrio italiano, o Gargaresh. Su familia en Dacca —capital de Ban­gladesh— seguía pensando que trabajaba en la oficina del puerto de Trípoli.

—Sería demasiado doloroso para ellos y humillante para mí que supieran que barro las calles —admitió. Como al resto de los hombres «naranjas», a Imran le con­fiscaron el pasaporte cuando aceptó el empleo. No protestó porque nadie lo hacía. ¿Para qué?

Habíamos conocido bangladesíes en la misma situación por todo Oriente Medio. El patrón de explotación era re­currente: pagaban miles de dólares a una agencia en Dacca que les prometía un empleo en Dubai, Doha o alguna otra capital del golfo Pérsico. «Trabajo en un supermercado», «en la Pepsi», les dijeron. Algunos acababan en Bagdad, donde, tras confiscarles el pasaporte, se enteraban de que tendrían que barrer todos los días de la semana durante tres años has­ta poder recuperarlo.

Fuimos a buscar respuestas de boca de los que tomaban las decisiones en Trípoli. Decenas de sillas de ruedines aún sin des­precintar buscaban su sitio en las vacías estancias del Ministe­rio de Trabajo. Alguien las descargó de un camión y quedaron abandonadas a su suerte, errando a través de pasillos oscuros y desconchados hasta que, un día, acabaron varadas en habi­taciones en las que se fuma entre los goles de todas las ligas de fútbol imaginables. Ninguna de ellas parecía haber dado aún con el despacho de Othman Bensasi, jefe de personal del mi­nisterio. Bensasi, bereber de la costa, hablaba en un francés sin mácula tras treinta años de exilio, casi todos en Lyon. Tras la guerra de 2011 la nueva Administración necesitaba gente pre­parada y dispuesta a trabajar como él. El funcionario decía no ver «contradicción alguna» entre la elevada tasa de desempleo y el hecho de que todos los trabajadores de limpieza fueran inmigrantes, principalmente subsaharianos.

—Los libios no quieren realizar trabajos como barrer o tra­bajar en la construcción. Pero eso es algo extensible a todos los árabes, desde el Golfo hasta Marruecos —argumentaba. Cualquiera que haya viajado por Oriente Medio y el norte de África sabe que no mentía. Bensasi no parecía sentirse incómodo por las preguntas, ni tampoco se molestaba en ma­quillar las respuestas. Reconocía abiertamente la existencia de subcontratas, o que los pasaportes fueran requisados por los contratantes. Nada le sorprendía.

—Las fronteras de Libia están abiertas, y no sabemos cuántos trabajadores extranjeros hay en el país. ¿Qué quiere que hagamos cuando ni siquiera tenemos un censo actuali­zado de la población local? —se preguntaba el funcionario, encogiéndose de hombros.

Durante el mandato de Gadafi, la mitad de la fuerza de tra­bajo en Libia era foránea, si bien tanto las condiciones como la seguridad eran incomparablemente mejores. Un año des­pués del levantamiento se había ido del país aproximada­mente un millón de trabajadores extranjeros, gran parte de los cuales había llegado a Libia sin intención de proseguir viaje a Europa. Los más cualificados eran los que trabajaban en la red de plantas petrolíferas y gaseras por todo el país, o los del sector de la sanidad.

En su día supimos de aquellas enfermeras búlgaras que sirvieron de chivo expiatorio tras un contagio del sida a 438 niños. Para el Gobierno libio resultaba mucho más fácil con­denar a las sanitarias a muerte que admitir que había com­prado sangre infectada a bajo coste. Solo las presiones de una UE a la que se acababa de incorporar Bulgaria consiguieron traerlas de vuelta a casa en 2007, pero tras pasar ocho años en una cárcel libia.

En 2011 ya nos topamos con una legión de sanitarias nor­coreanas, pakistaníes y bangladesíes que se enfrentaban a la emergencia en hospitales de todo el país. Según Bensasi, los trabajadores extranjeros en una situación «estrictamen­te legal» eran aquellos a los que un empresario o institución contrataba cuando no había un libio calificado que pudiera desempeñarlo.

—Son trabajos muy técnicos generalmente relacionados con la industria del petróleo o ramas muy especializadas de la medicina —decía el oficial, que lamentaba la «alarmante» falta de preparación de las nuevas generaciones de libios.
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 © Karlos Zurutuza · Libros del K.O. · 2018

 
 
 
 

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