«Ahora soy capaz de amar una Grecia mucho más real»

María Belmonte

 

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María Belmonte (Abr 2015) | © Cedido por la autora

Sevilla | Marzo 2018

A María Belmonte le gusta mantener un perfil bajo: nada de redes sociales, justa exposición pública, alergia a las fotos. Sin embargo, en la distancia corta se revela como una conversadora apasionada, cercana, en consonancia con el personaje que asume su nombre en sus libros. Cuenta que tras quedarse una temporada en el paro, su pareja la invitó a viajar por el Mediterráneo y le preguntó: “¿No ves que te están regalando tiempo?”

Ese tiempo lo aprovechó muy bien, primero escribiendo Peregrinos de la belleza, una galería de nueve excéntricos personajes enamorados del Mediterráneo –de Axel Munthe a Norman Lewis, pasando por Henry Miller o Patrick Leigh Fermor–, y luego volviendo a su tierra con un viaje a pie lleno de curiosidades titulado Los senderos del mar, ambos publicados por Acantilado. Lejos de su norte natal, en una Sevilla en la que empieza a desperezarse la primavera, Belmonte accedió a hablar de todos los mares de su devocionario.

A la vista de los peregrinos que ha estudiado, ¿podemos pensar que existe una identidad mediterránea?

«Para mí ese espíritu mediterráneo es ese legado grecolatino que nos configura como ciudadanos europeos»

No solo creo que exista, sino que lo siento dentro de mí. Ayer me invitaron a hablar de filohelenismo precisamente, y tuve la ocasión de desarrollar esta idea que compartimos muchísimas personas. Y conté, por ejemplo, que nada más irme a vivir a Barcelona me inscribí en la Escuela de Idiomas para aprender griego, porque amo ese país y me gusta viajar por él. Y descubrí que allí hay un nido de filohelenos, gente que viaja una o dos veces a Grecia y siente también la necesidad de aprender el idioma para conocerlo más. Son casos de enamoramiento. Es muy irracional, algo relacionado con vivencias muy especial, que la gente sensible y un poco presupuesta percibe allí y no, por ejemplo, en Vietnam-. Para mí ese espíritu mediterráneo es ese legado grecolatino que nos configura como ciudadanos europeos.

En Msur intentamos siempre trabajar sobre la idea de que el Mediterráneo no son dos orillas, sino una sola. ¿Por qué se nos olvida tan a menudo la zona sur, por qué pensamos en ella como algo ajeno, o cuanto menos exótico?

Creo que es una brecha que existe desgraciadamente desde hace muchos siglos, pero que no lo había en el mundo antiguo… o quizá sí, no lo sé, tal vez haya algo de idealización en todo esto. Pero existe y es una brecha cultural. Me siento mejor viajando por la otra orilla, la que podemos llamar del Norte, que la del Sur. Me siento más en casa. Igual hay que intentarlo, y romper la barrera. Sin embargo, leyendo a Paul Bowles, que vivió en Tánger, siento que se marca esa diferencia. Presenta un mundo muy extraño, que quizá era lo que buscaba para escribir, y para vender: el exotismo. Igual como mujer es más incómodo, cuando viajaba de joven a esa zona se me hacía muy pesado, y eso que nunca fui descocada, todo lo contrario. Y no te digo nada ahora…

Volviendo a sus peregrinos. ¿No encontró peregrinas, no hubo también viajeras en el Mediterráneo?

«Von Gloeden inauguró el turismo sexual de los ricos, que van a comprarle fotografías… pero me atrae»

Debo decir que no las he encontrado, no hay crónicas femeninas de este mundo. Seguro que existen, pero no di con ellas, ¡me encantaría que me las presentaran! Me temo que lo único que hay son o bien señoras victorianas que lo único que hacen es tomar el té con las amigas, o mujeres actuales que se compran una casa en Grecia y escriben un libro para contar los problemas que tienen con los albañiles. Si hubiera ampliado el territorio a Oriente Medio, te das cuenta de que es al contrario, casi todas las crónicas son de viajeras. Hubo un aluvión de mujeres valientes, intrépidas, y ese libro ya existe, es el de Cristina Morató. Cuando le enseñé el libro por primera vez a Jaume Vallcorba, el editor, que me tuvo diez minutos sin decirme que me lo iba a publicar, y a mí me daba un apuro terrible… Bueno, empezó a sonreír, y me dijo: “María, tus personajes bailan. ¿Y sabes qué? Tú eres un personaje más del libro”. Así que suelo decir que sí hay una mujer en el libro: soy yo.

Entre los hombres que retrata, aparecen algunos que llegan al Mediterráneo por lo que hoy llamaríamos turismo sexual, como Winckelmann o Von Gloeden, que es fascinante y al mismo tiempo nos plantea serios dilemas morales…

Sí, es una figura muy comprometida, está en el límite, ¿no? Ahora sería considerado un pederasta total, aunque no sé, él tenía un amante que vivió con él toda su vida, pero no sé si eran ciertas esas orgías que organizaba con el cura. Él inauguró el turismo sexual de los ricos, que primero van a comprarle las fotografías… Pero a mí me atrae, qué quieres que te diga. Aunque te pones a rastrear fotografías suyas en internet, y con algunas te pones colorado.

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Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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