Adam Fethi

 

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La palabra es un oasis

Adam Fethi (Douz, Túnez, 2012) | © Alejandro Luque / M’Sur

En Douz, donde las puertas del desierto tunecino son algo más que una metáfora, la presencia de Adam Fethi no pasaba desapercibida. En un lugar en el que resulta difícil encontrar un libro, la voz del poeta adquiere valor de documento precioso. Pude registrarla junto a la piscina del hotel donde nos alojábamos, mezclada con el rumor del agua, diciendo los versos de El soplador de cristal, uno de sus poemas más logrados. Y más tarde, hasta donde alcanzaban mis rudimentos de francés, pude acceder un poco más a esa personalidad austera, discreta, en cierto modo tímida, como si reservara lo mejor de su expresividad para la palabra escrita.

Tal vez sea el resultado de un largo aprendizaje bajo la dictadura de Ben Ali, aquellas dos décadas largas en las que cualquiera que empuñara la pluma vivía expuesto a múltiples presiones, siempre bajo la espada de Damocles de la censura. Fethi, periodista de oficio, poeta vocacional, muy vinculado a los ambientes universitarios y sindicalistas, no iba a ser una excepción. A pesar de algunos contratiempos, fue capaz de desarrollar una obra sólida, de cocina lenta, que acabó cristalizando en una de las poéticas más sólidas de las letras mediterráneas actuales.

Una poesía de marcado sesgo narrativo, en la que confluyen la tradición árabe junto a otras escuelas europeas y americanas, de las que cabría destacar a los maestros franceses del XIX como a –me atrevo a aventurar– un Jorge Luis Borges. Pero todo esto no son sino conjeturas posteriores. Allí, en la mañana luminosa de Douz, rodeados de palmeras datileras que ceden paso al polvo y la tierra inabarcables del desierto, la poesía se antojaba también un oasis en medio de la vasta oscuridad de nuestro tiempo.

Era diciembre de 2012. Estaba a punto de cumplirse un año de la caída del dictador. Aunque el futuro de Túnez era una incógnita, oír los versos de Adam Fethi era un modo de seguir creyendo, de sentirse a salvo.

Poeta, escritor, periodista, traductor e intérprete, su verdadero nombre es Fethi Gasmi (Túnez, 1957). Ejerció la enseñanza, pero fue separado de su puesto hasta 1987. Prefirió no ejercer más a mediados de los años noventa, para dedicarse totalmente a la producción literaria y al periodismo.

Ha escrito en periódicos tunecinos y de otros países árabes. Preparó y presentó varios programas culturales para la radio y la televisión hasta el 2008, y escribió varios guiones de películas. Sus poemas han sido interpretados por varios cantantes tunecinos y árabes, además de haber sido traducidos al francés, inglés, italiano y español.

Ha publicado un total de 15 libros entre poemarios y traducciones, tres de ellos fueron retirados de la venta y a otros dos se les prohibió su publicación. Algunos de sus títulos son Siete lunas para la guardiana de la fortaleza (1982), Historia verde y el príncipe Adouane (1984), Canto del sindicalista elocuente (1986), El libro de elegías y maldiciones (1989), Cantos para la flor de estiércol (1991), Poema de Jerusalén en la palma de la mano de Bagdad (1994), Poemas de amor y libertad (2000) o El soplador de cristal (2011).

Asimismo, ha traducido al árabe las Memorias de Charles Baudelaire (1999), Avicena o el camino a Ispahán, de Gilbert Sinoué (2000), Adiós Babilonia de Naïm Kattan (2001) y la Historia y utopía de Emil Cioran (2009), entre otros títulos. Entre los premios que ha recibido destacan el de la creación afro-europeo (dos ediciones, 1987-1990), premio del Festival de radio y televisión de El Cairo (1993, 1995, 1997), y el premio internacional de poesía Abu-Al Kacim Chabbi (2012).

[Alejandro Luque]

El soplador de cristal

 

La niña pregunta a su padre: ¿Cómo escribes?

Era ciego. Yo miro en mi interior, dice, hasta ver agujeros

En el papel. Pongo una palabra en cada agujero, luego como un soplador de cristal ciego,

soplo en la palabra para que crezca un poco, así

consigo

a veces

un poema

¿Y qué más? pregunta la niña.

Nada más, hijita

nada que valga la pena

excepto que

yo pueda caer en el agujero

y no regresaré nunca más

 

 

La mariposa

 

El gusano de seda sale de su capullo, vuela, mariposa pequeña, tocando con sus colores la puerta de la mañana, pero tiene que morir antes de la mañana siguiente.

Cuando la mañana siguiente toca a su puerta, y le reclama la muerte, la pequeña mariposa habrá crecido un poco. Habrá querido sus utensilios nuevos. Se habrá balanceado sobre la rama de una algarroba. Habrá aprendido

a nadar en el aire.

Pero nadie le habrá enseñado

que vivir

a veces

aunque sea un solo día más

es una traición.

 

El barco

 

Un barco hacia una isla lejana dicen. A un sitio que no es éste. Un barco para donde los ojos pueden ver, y las almas no están oxidadas.

Nos ha consumido la vida, esta tierra

la han estropeado los niñatos y los chupadores de sangre.

¡Vayámonos!

antes de que se nos agote el alma.

Un barco hacia la nada. Nos lleva y da vueltas. Da vueltas y no llega.

A lo mejor, después de un tiempo

pasa la desgracia.

Un barco que aparece y desaparece, como el placer del mar en las veladas de los marineros. Surge y se eclipsa un año tras otro, como un cascote, envuelto de quimeras, como si estuviera vacío. Nadie parece interesado

por sus pasajeros, señalando con la mano

ardorosamente

cada vez que sienten el olor de la tierra.

Un año tras otro,

la desgracia

no pasa

el barco

no llega

y sus pasajeros

no vuelven.

Unos en su nostalgia han desaparecido. Otros en su lejanía, en sus sueños se han enterrado, en su ceguera o bien en sus risas sin alegría. Unos se han hundido en su egolatría, como si fuera su yo el camino del regreso.

Pero cuando han vuelto,

Han alargado aún más la vida de la desgracia.

 

La hoja del algarrobo

 

Voltea la hoja del algarrobo sobre sí misma,

como la peonza

baja de su cielo de inocencia.

Y a pesar de todo encuentra el tiempo

para cansarse

Dice: aquí estoy dando vueltas

Alrededor de la tierra.

 

El pez rojo

Una niña mira su sombra en el agua y sueña con ser un pez. Voy a pensar de qué color, murmura.

Yo soy un pez rojo. Y ¿Qué voy a hacer? A lo mejor voy a bailar con las almejas.

¿Tendré un espejo para peinarme? Miraré siempre hacia arriba. Miraré hacia arriba, para tejer con los rayos del sol un canto para el invierno.

¿Tendré hambre? pregunta. Pero cogeré las frutas del mar, los mariscos, igual que esta flor tan bonita.

(era el anzuelo cercano, se parece a una flor acuática, brilla bajo la sombra del pescador)

El pez lo ha mordido, y ha gritado

la niña:

Ah…..

Me hubiera gustado aprender desde antes que la vida, a veces, se acaba,

al comenzar los sueños igual que por la boca

muere el pez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

·

© Adam Fethi ·  Traducción del árabe: Hedi Oueslati.  Primero publicado en Caleta (Dic 2015)

 
 
 
 

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