Ali Bécheur

 

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El voyeur

Ali Bécheur | | © Facebook del escritor

Todo escritor es un poco voyeur, pero Ali Bécheur (Sousse, Túnez, 1939) lo es de forma destacada, consciente: un hombre que observa a las mujeres. Basta con asomarse a su página de Facebook: una interminable fila de desnudos clásicos: Matisse, Cézanne, Klimt, Gaugin, Valloton, Chagall… Diríase un hombre que vive por y a través de las mujeres. Como toda persona humana, dirá en una entrevista el propio Bécheur. Pero quizás más consciente en su caso, porque ser de Túnez deja huella: la sociedad es patriarcal, las mujeres son, una vez que un niño deja atrás la adolescencia, ese otro mundo al que no se podrá regresar nunca.

O basta con asomarse a sus libros: Le paradis des femmes (El paraíso de las mujeres, 2006, premiado en Túnez y seguramente la más conocida de las ocho novelas que Bécheur ha publicado hasta la fecha) es un largo paseo por los recuerdos del narrador, de mujer en mujer. Desde la infancia – cuando aún se podía formar parte de este universo de complicidades femeninas – pasando por la adolescencia, sinónimo de expulsión de la esfera femenina, hasta la edad adulta, es decir el momento en el que uno sabe que su vida será una larga cadena de intentos de recuperar, en encuentros fugaces o historias de pasión, un puñado de tierra de este paraíso. No es un despliegue de masculinidad: la interlocutora de la propia novela es otra mujer: Luz.

Este homenaje a la condición de mujer permea toda la obra de Bécheur, hasta ahora inencontrable en el mercado librero español, si bien destaca en L’Attente (La espera, 2007), y la novela corta Amours errants (Amores errantes, 2009). Y asoma también, cual foco deslumbrante, en el pasaje de Chems Palace (2014) que el autor ha seleccionado para su publicación en Caleta y M’Sur.

Aquí, el narrador, un hombre que dejó su oasis natal en el desértico sur de Túnez, pero regresa allí, tras un largo periplo vital por las barriadas grises de la capital, rememora el momento de atisbar ese estallido de feminidad, cual arco de chispas que se descarga entre polos eléctricos, una danza pagana, una invocación del cuerpo, del placer, del sexo, que ha sobrevivido a todos los conceptos de hombría que, afuera, en el otro mundo, han impuesto, vanamente, los hombres.

[Ilya U. Topper]

 

Chems Palace

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(Pag. 74-81)

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Me atrajo el ruido. Un estrépito de vajillas revueltas, voces entremezcladas, apóstrofes y risas que jalonaban el pulso acelerado del corazón. Un resplandor ardiente le puso un halo al horizonte de las dunas. Me escondí detrás de la pared, para ver -sin ser visto- a quienes trasteaban en el patio de Hafsia. Habían venido todas las mujeres del oasis; entre ellas reconocí a Hallouma, la mujer del carpintero, a Manana, la esposa del jeque Abdallah, loukil de Sidi Soltane, una matrona cuya corpulencia atestiguaba una excelente salud, prueba de que Dios aprobaba su vida regida por la piedad, e incluso a Manoubia, a la que le decían ‘la que tiene fiebre’, sin duda afectada por la epilepsia, aunque ya nadie se preocupaba mucho de las convulsiones que podrían sorprenderla en cualquier momento, fulminándola, las extremidades rígidas, los ojos en blanco y la espuma burbujeando en los labios. Una pobre vagabunda que erraba por las calles, harapienta, con un andar mecánico, ojos vagos y una forma de sonrisa atontada que flotaba sobre sus rasgos rígidos.

Vivía en la periferia de la aldea en el gourbi [cabaña] que le habían dejado como única herencia sus progenitores, muertos desde hacia mucho, en el borde de un vertedero donde, sobre un barro negruzco que exhalaba vapores nocivos, flotaba todo tipo de basura: latas de conservas oxidadas, botes abollados, trozos de metal o de plástico entre huesos de camellos o gacelas.

Manoubia, de la que los niños habían dejado de burlarse, a la que ya no perseguían con bromas, desde que sus padres los habían reprendido y, en el caso de los más recalcitrantes, castigado a golpes con aquella cuerda áspera, hecha de fibras de palmera, de la que se fabrica el bocado para los dromedarios y el cabestro para los burros y mulas, a la vez que les explicaban los tormentos del infierno adonde Dios, el Misericordioso, arrojaría a los malvados y a quienes no tuvieran piedad con la desafortunada. Ella, quien habría sido incapaz de prepararse siquiera un huevo (según relataba Hafsia, un día que la vimos paseando por el cementerio y sentarse en una tumba, murmurando una oración extraña o una invocación o cualquier galimatías) y a la que las mujeres alimentaban por turnos con un plato de cuscús o mtebga, una masa cocida en un horno de barro y rellenada con verduras de temporada, guisantes o garbanzos, pimientos, tomates, cebollas.. que Manoubia devoraba a cuclillas en un rincón de su choza, manchando su melia de edad indeterminada con todos los matices del arcoiris.

Estaba allí, ella también, ociosa, corriendo de un lado al otro, observando a las demás con un aire que a la vez era de absorbida y ausente. La inocente, a la que Dios, cicatero o incluso avaro, había dotado de sólo una sombra de razón, pero a la que, convencido de haber sido injusto, le había concedido el don de la clarividencia. Él la había apartado de la comunidad únicamente para concederle la gracia de ver lo que otros no pueden ver, el futuro, y por lo tanto la de predecirlo. A ella acudían las mujeres en momentos de dolor buscando una razón para la esperanza.

Yo, más que vidente era voyeur, conteniendo la respiración y pensando, ingenuo, que no tenían conocimiento de mi presencia, mientras que de hecho me habían visto desde el primer momento en mi lugar de acecho, pero continuaban su trabajo como si nada hubiera pasado. Esto es lo que más tarde me reveló Taous, añadiendo que Saliha, que no se cortaba un pelo, con esta franqueza de la gente del campo acostumbrada al espectáculo de la cópula de animales, perros, cabras, camellos, no había tardado en proclamar que yo me había colocado allí para elegir a una mujer: un hombre, así sea moâllem [maestro], sigue siendo un hombre y una vara necesita un tambor para sonar. Esto había provocado un murmullo de risas y miradas entre las mujeres: por fin una había dicho en voz alta lo que las demás pensaban por dentro.

Ellas se habían puesto sus melia de fiesta, la que usaban en las bodas y las circuncisiones. Telas de brillante púrpura, violeta, carmesí, índigo o fucsia, sostenidas con fíbulas de plata que lanzaban destellos bajo el sol naciente, al igual que los brazaletes que se cerraban alrededor de las muñecas, los kholkhal que lastraban sus tobillos y los pendientes. Así me aparecían, dispersas en el patio, alrededor del aljibe del que sacaban a manos llenas el cereal cuyo color le había transferido a su tez (a no ser que fuera al revés) una cálida pátina de ámbar. Lo echaban a cestas de fibra trenzada que luego volcaban en los morteros de cobre de los que se elevaba el sonido sordo y repetido de los pesados falos que aplastaban los granos.

Durante todo el día, la luz reverberaba en el polvo de oro que levantaba el trigo molido entre dos piedras, dos semiesferas, una encima de la otra, atravesadas por un agujero en el que giraba un eje de madera de palmera que Hafsia movía con un brazo infatigable, sentada sobre una esterilla, el busto erguido y las piernas extendidas, mientras que Hallouma y Mannana echaban el cereal molido en un tamiz del que se elevaban haces de partículas brillantes, entre el vuelo geométrico de los abejorros y las avispas con su traje de satén negro, una harina que otras mujeres humedecían y rulaban en grandes platos de madera de olivo, cuando yo, sorpresa definitiva, descubrí a Hadhria, la legítima de Tijani, mi compadre, más arrugada que una ancestra, más rota, pero empeñada en ser parte de la fiesta, extendiendo a tientas con sus dedos corvos por la artritis la masa molida húmeda sobre un paño que luego se colocaría en la azotea para que secara bajo el pleno sol.

Un delacroix.

El cuadro se animaba de repente. Taous abandonó su tarea, se quedó erguida, hierática, en el centro del patio donde ahora flotaba una niebla de salvado; había trocado para la ocasión sus vaqueros desgastados y sus jerseys deslavazados por una melia color de crepúsculo que los movimientos agitados de su cuerpo jaspeaban de reflejos y tornasoles, al ritmo de las sacudidas del mortero que la percusión de la darbuka, cuya piel de cuero golpeaba Om Ezzine con una palma enérgica, subrayaba con énfasis de exclamación y un conjunto sincopado. Las mujeres abandonaban sus utensilios y batían palmas mientras que ráfagas de yuyús taladraban el aire con una vibración que acallaba a los pájaros.

Era para no creer lo que uno veía. Yo ya no la reconocía, aquella Taous que desde hace algunos meses se me había vuelto tan familiar, que todas las mañanas traspasaba mi umbral con una puntualidad que nunca fallaba para ponerse a trabajar enseguida, poco habladora, corriendo del patio a la cocina y vuelta, siempre atareada, Taous, que recibía el modesto salario que le entregaba cada sábado evitando mi mirada, como si hubiera consentido hacer algo que, si bien no era motivo de vergüenza, si al menos le pareciera poco halagüeño, y se envolvía en su baouta para huir con un ‘beslama’ (Adiós) que yo, más que escucharlo, adivinaba.

Y ahí, bajo mis ojos estupefactos, surgió una bacante, envuelta en su túnica púrpura bajo la que su cuerpo respondía a cada golpe con una brusca estirada de los músculos, que tensaba y relajaba en el mismo movimiento, como si el sonido la atravesara de punta a punta, en vertical, de la cabeza hasta los pies, arqueada contra la luz donde la cobre y el estaño se aleaban en un aura de llamaradas. Sus brazos desnudos, desplegados a ambos lados de su busto aparentaban ser dos ramas que agitaba el viento y del que alzaban vuelo dos pájaros, batiendo sus alas. Unas oleadas de escalofríos recorrían su pecho que botaba bajo los tornasoles de la tela, ofrecida y ocultada en ritmo continuo, mientras que la onda de choque que le bajaba a las caderas suscitaba un oleaje de temblores. No podía quitarle los ojos de encima, hipnotizado yo, cuando, en un impulso súbito de todo su cuerpo, ella se lanzó hacia adelante, como si, fulminada, iba a aplastarse entera con la cara contra el suelo, y en un gesto tan rápido como inesperado, agarró los bajos de su vestido y se lo subió hasta los senos, mostrando en un momento relámpago unos muslos plenos en cuya confluencia yo entreví el fruto de un pubis depilado enmarcado por un escudo de color malva.

Una danza pagana.

Estas mujeres, reunidas para preparar la oula, como lo habían hecho antes que ellas sus madres y las madres de sus madres, rolando el cuscús con el que alimentarían a sus familias hasta la próxima siega, celebraban un rito dinosíaco que se remonta hasta la noche de los tiempos: sabían que la fecundidad es a la existencia lo que la germinación a la tierra, la semilla al hombre, el útero a la mujer, donde anida la perpetuación de la especie. Contra Eros, diría yo, nadie puede. Esto es, me parecía, lo que expresaba esta coreografía que mezclaba el sordo sonido del mortero con los golpes del tamborín, el cereal alimentador con el hambre del cuerpo, la molienda del grano con los impulsos del deseo. Por mucho que uno oculte la exaltación de la carne bajo los tabúes, ésta resurgirá, así sea disfrazada bajo ritos agrarios en los que la necesidad de subsistir oculta la necesidad de amar, la apetencia por saciarse disimulaba la inclinación al placer.

Tapaderas. La jubilación de los sentidos brotaba del cuerpo de Taous, imitando, sin saberlo, los gestos del amor, presa de este trance de éxtasis como el oasis en una pelea contra la aridez del erg [desierto], con el mismo ímpetu con el que estalla en pedazos la prohibición del pudor bajo la erupción de la pulsación carnal. Porque estas mujeres saben con un instinto inscrito en sus genes que lo prohibido únicamente perdura por la transgresión que lo niega a la vez que es la condición para que sobreviva.

[Baouta: Vestido tradicional de los oasis; una especie de capa]

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© Ali Bécheur · Chems Palace (Editions Elyzad, Túnez, 2014)  © Traducción del francés: Wafa Khlif / Ilya U. Topper | Seleccionado por el autor y cedido para la revista Caleta.

 
 
 
 

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