Crítica

El infierno son los propios

Ilya U. Topper
Ilya U. Topper
· 8 minutos

Adonis
Violencia e islamadonis-violencia

Género: Ensayo
Editorial: Ariel
Páginas: 186
ISBN: 978-84-3442-332-9
Precio: 14,96 €
Año: 2015 (2016 en España)
Idioma original: francés
Título original: Violence et Islam
Idioma original: Carme Castells


Si uno afirma que el aguardiente marca El Sacristán® provoca alucinaciones, destruye las neuronas y ataca el hígado, da a entender que es mejor pedir otra marca. Si un escritor, pongo por caso Adonis, dice que el islam se recrea en la crueldad del infierno, sofoca el libre debate y relega a la mujer a un segundo plano, inferimos que en el almacén hay otras religiones que desconocen el concepto del castigo, dan becas a la investigación científica y tienen a las mujeres dando misa.

Todo lo que dice Adonis (Siria, 1930) sobre esta religión en Violencia e islam es cierto, y no se corta un pelo. Es más: se recrea. Dedica diez páginas a describir los sufrimientos del infierno, tal y como se les representa en la ortodoxia islámica (son terribles). Y se dedica a trazar una línea recta de episodios atribuidos a los primeros califas del islam a la barbarie del Daesh hoy día.

Su conclusión es sencilla: si el mundo musulmán en bloque hoy es un lugar de desastres, represión, guerras, ejecuciones, fanatismo y analfabetismo, es porque el islam “no es una religión de conocomiento, de investigación, de cuestionamiento, de realización del individuo. Es una religión de poder”.

El problema con este análisis no es que sea injusto sino que no explica nada. Adonis tiene razón si se dedica a derribar la imagen de “bondad” de una religión que algunos conversos en Europa hoy presentan como espiritual y pacífica. Él, nacido como Ali Ahmed Said Esber, pasado por un colegio coránico, puede decir con toda propiedad, parafraseando a Zineb El Rhazoui: “Me reservo el derecho de criticar el islam como me venga en gana”.

Lo que sucede es que esta crítica no nos hace comprender qué está ocurriendo. Por dos motivos: porque si vamos a los textos sagrados y a un milenio largo de historia, la religión católica dispone de un gabinete de horror que puede competir perfectamente con el del islam. Y porque basta mirar ese milenio largo de historia para darnos cuenta de que hubo épocas en los que el islam no impidió en absoluto el florecimiento de las ciencias, las artes, la filosofía, el pensamiento.

Explicar la actual pobreza cultural de los países musulmanes con frases como “El islam combatió las civilizaciones que le precedieron” no nos lleva a ninguna parte. ¿Acaso no lo hizo la Iglesia? (Por si no se lo han enseñado en el colegio: hoy no conoceríamos las ciencias y la filosofía de la civilización griega clásica si no la hubiesen salvado, traduciéndola al árabe, los intelectuales de la llamada civilización islámica).

Adonis tiene razón si derriba la imagen de “bondad” del islam, pero no explica nada

Pero Adonis se ve obligado a pasar por alto esta época de plenitud cultural que contradice absolutamente todo lo que, según él, representa el islam. Lo hace con brevedad: “Ni Averroes, ni Avicena ni Ibn Rawandi eran verdaderamente musulmanes”. Claro, y quizás tampoco eran verdaderamente cristianos Galileo, Voltaire y Marx.

Los grandes intelectuales del islam fueron a menudo perseguidos por la ortodoxia, tuvieron que exiliarse, sufrieron ataques, nos recuerda Adonis. Eso es un hecho. Pero existieron. Y la pregunta que debería plantearse el poeta es: si pudieron existir en el Medievo, ¿por qué no hoy? Las escrituras sagradas no han cambiado. Ni tampoco han cambiado las escrituras sagradas que permitieron prender fuego a Miguel Servet y Giordano Bruno.

Son otras cosas las que han cambiado. Y la fijación de Adonis con las Escrituras, los versos del Corán, las anécdotas de la vida de Mahoma y de unos cuantos califas del primer siglo de la hégira, con el psicoanálisis y el Mensaje, no permite fijar la mirada en lo que realmente ha cambiado.

No: la presencia de un verso en el Antiguo Testamento que obliga a lapidar a los homosexuales, y la ausencia de tal verso en el Corán, ni sirve para explicar por qué hoy día se encarcela a los gays en Marruecos y se les vota como alcalde en París, ni tampoco sirve para explicar por qué se encarceló a Oscar Wilde en 1895, al mismo tiempo que se leían y celebraban en las universidades de El Cairo los poemas homoeróticos del clásico Abu Nuwas.

Siguiendo esta conversación de Adonis con la profesora francesa Houria Abdelouahed, uno se queda con la impresión de que el medio milenio de una floreciente civilización llamada islámica, aquella que hizo de puente entre la Antigüedad griega y la modernidad, la que permitió el Renacimiento, simplemente era un error de la Historia, un fallo de guión.

Es un libro recomendable para cualquiera que cree haber descubierto las bondades espirituales del islam

Este rechazo a ir más allá del mensaje religioso, combinado con la estructura algo errática del libro, —más una verdadera conversación espontánea que un ensayo pulido— reduce el placer de la lectura, porque mantiene al lector en un continuo estado de protesta, tipo “Ya, pero…”. Por supuesto es un libro recomendable para cualquier colega – abundan hoy día – que cree haber descubierto las bondades espirituales del islam; quizás sea incluso un libro necesario para contrarrestar cierta tendencia europea de pintar de rosa esta religión, como esfuerzo bien intencionado pero muy mal entendido de oponerse al racismo de la derecha.

Sería un libro muy necesario, con certeza, por rebelde, por inconformista, por chocante (y hace falta esta terapia de choque) si se hubiera escrito en árabe, para un público egipcio, marroquí, tunecino. Pero escrito en francés y dirigido a un público europeo, falla en su objetivo de analizar, de explicar.

Con todo, el mayor fracaso de Adonis en estas conversaciones es que no consigue llegar al fondo de su propio planteamiento. En el capítulo “Repensar los fundamentos” dice: “Desde el momento en el que la historia deviene sagrada, no tenemos la posibilidad de estudiar la persona de Mahoma como lo hacemos con los demás profetas del monoteísmo”. Cierto. Pero aunque Houria Abdelouahed – a la que se le nota más crítica– se lo subraya (“Muchas leyendas relativas a él se consideran verdades incuestionables”), no entra al trapo: continuará citando anécdotas de la vida del profeta como si se tratase de hechos históricos. Peor: como si se tratase de hechos históricos que explicaran la formación de lo que es hoy el islam.

El islam de cuya violencia habla Adonis en este volumen es una fabricación como cualquier otra

Repensar los fundamentos es algo distinto: es darse cuenta que todo lo que sabemos de Mahoma y sus batallitas es una única gran leyenda sin base histórica alguna, inventada y creada a lo largo de los siglos precisamente para fabricar un fundamento posterior y postizo a cualquier interés político de la época. Eso ya lo reconoció Rafael Cansinos Assens en 1954; llama la atención que Adonis no toca con una sola palabra algo que debería ser obvio, fuera de las aulas del dogmatismo islámico.

Adonis es uno de los mayores poetas de la civilización árabe, quizás el mayor, y sólo cabe desear que su obra (qué decir de este inmenso Epitafio para Nueva York, de inspiración lorquiana, del que pronto hablaremos aquí) sea más conocida en España. Pero en este análisis le sale demasiado la vena del poeta que intenta buscarle sentido a una leyenda dorada y salvaje, cruel y fascinante, para explicar el mundo.

El islam de cuya violencia habla Adonis en este volumen es una fabricación como cualquier otra, no un conjunto divino e inmutable, como nos quieren vender precisamente sus adictos. Vincular la barbarie del Daesh a las hazañas de los espadachines de Mahoma no es mejor que dar una lección sobre las guerras cristeras con el Levítico en la mano. Es verdad que lo de los yihadistas es de vómito, pero no, la marca del aguardiente no tiene nada que ver.

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