«La venganza no es un ideal político ni un fin revolucionario»

Marcos Ana

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 14 Sep 2009

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Marcos Ana | © FLS / Cedida
Marcos Ana | © FLS / Cedida


Sevilla| Septiembre 2009

Marcos Ana tenía 19 años cuando fue detenido por luchar contra Franco en el bando republicano. Tardó 23 años en salir de prisión, donde recibió torturas y vejaciones. Han tenido que pasar otras cuatro décadas para que este poeta se decidiera a escribir sus memorias bajo el título Decidme cómo es un árbol (Umbriel).

“Sé que este libro era una asignatura pendiente, me daba mucho pudor sentarme a escribir”, explica el autor, nacido en Alconada (Salamanca) en 1920. “Pero no tenía ninguna razón para ocultar lo que viví a las nuevas generaciones”. Fernando Macarro Castillo -su verdadero nombre, pues el otro es un homenaje a sus padres- habla con sobrecogedora naturalidad de aquella larga temporada en el infierno de las cárceles franquistas.

Hijo de una humilde familia de jornaleros, cautivado por el socialismo, no dudó en comprometerse con la causa republicana al estallar la Guerra Civil. En 1939 cayó preso, y pasó más tiempo a la sombra que la edad que contaba entonces. “He vivido la vida que he preferido vivir, y la prisión fue sólo una consecuencia de ella”, dice.

Fuimos transformando la cárcel en un centro de formación y de dignidad, hasta el punto que a la de Burgos

Su receta para soportar 23 años de cárcel es clara: “Sólo se aguanta por la fortaleza de las ideas. Los primeros años son un período de supervivencia, te comes hasta la hierba que crece entre las baldosas. Luego fuimos transformando la cárcel en un centro de formación y de dignidad, hasta el punto que a la de Burgos [donde pasó 16 años] la llamaban la Universidad de Burgos”, recuerda.

Allí descubrió el salmantino la poesía. “Estaba en una celda de castigo cuando me pasaron el jergón con poemas de Neruda, Alberti, Celaya. Los leí mil veces, era lo único que podía hacer, y cuando salí empecé a escribir mis propios versos. Mis compañeros me animaron a seguir y fui sacándolos como el náufrago que tira una botella al mar. No sabía si eran buenos o malos, pero descubrí que era un arma más para cambiar el mundo, una contribución a la movilización y también un bálsamo para mi cautiverio”, explica.

Los momentos más duros que Marcos Ana recuerda son las dos sentencias de muerte que soportó, aunque su memoria no olvida “aquellas celdas en las que con los brazos en cruz tocabas las paredes”, los 107 días que pasó a oscuras en una celda de castigo o las docenas de amigos y camaradas que fueron ejecutados durante su cautiverio. Sin obviar, claro está, las torturas que soportó, en los interrogatorios o aplicadas como correctivo.

A partir de un determinado grado de dureza el cerebro puede obstruirse, el dolor te desquicia

“En la cárcel sacamos un periódico, Juventud, y me hice responsable de él”, cuenta Marcos Ana. “Me torturaron para que dijera los nombres de mis compañeros, pero aprendí que es posible resistir a la tortura con imaginación. Sabía que muchos de mis compañeros creían que iba a caer y delatarlos, pero yo sólo pensaba en cómo iba a mirar a los ojos a mis hermanos cuando saliera de allí, y no dije una palabra. Por otro lado, a partir de un determinado grado de dureza el cerebro puede obstruirse, el dolor te desquicia”.

El hecho de que Marcos Ana sea hoy un señor de 88 años, alegre y sano, que sorbe su café y conversa sonriente, parece una elocuente prueba de la fortaleza del ser humano. No sólo la desnutrición, las penosas condiciones higiénicas o la violencia penitenciaria se cebaron en él durante aquel tiempo.

“Una de las cosas más duras es comprobar cómo al principio sueñas con la libertad, los paisajes, las mujeres, pero poco a poco vas perdiendo todo eso, hasta que sólo puedes soñar con la cárcel. El título del libro, Decidme cómo es un árbol, es un verso que expresa cómo llegué a sentirme: había perdido el dibujo de las cosas más elementales”.

Y sin embargo, Marcos Ana suele desconcertar a sus auditorios con una idea que repite a menudo: “Aunque parezca extraño, lo más difícil para mí fue la libertad. Fue como volver a nacer, tenía que adaptarme a todo, andaba a tientas como un niño. El nervio óptico se había acostumbrado a espacios verticales, y si salía a campo abierto me mareaba”.

Un decretazo de Franco permitió que Marcos Ana saliera a la calle. Tenía 41 años y apenas recordaba la vida sin muros y rejas. En sus memorias, explica cómo su primer beso se lo dio a una prostituta madrileña. Un tiempo después, se fue a vivir con una compañera, Vida, con la que tuvo hijos, y de la que más tarde se separó civilizadamente. “Tiene gracia, yo salí de la carcel dispuesto a conquistar la vida, y la encontré”, bromea.

Aquí los únicos que rompieron España en dos pedazos sangrientos fueron ellos, el 18 de julio

El aparato clandestino del PCE lo sacó del país, pero Marcos Ana ya era una celebridad en todo el mundo, desde México hasta Moscú. Ahora, cuando oye las críticas a la memoria histórica, cree que se trata de “una falacia electoral de la oposición, dicen que es volver al pasado. Nosotros no quisimos aquella guerra entonces y no la queremos ahora, pero otra cosa son los 30 años de vacío que hemos tenido, las calles con el nombre del Caudillo”, declara. “Aquí los únicos que rompieron España en dos pedazos sangrientos fueron ellos, el 18 de julio. No queremos que nadie tenga que pagar las culpas, pero tampoco confundir la amnistía con la amnesia. Acabar con la simbología franquista sí se ha conseguido, ahora hay que dar pasos para anular las condenas y procesos que dictó un régimen ilegal, encontrar los restos de los muertos para darles una sepultura decente y estudiar en las escuelas este periodo para que no se repita”, propone.

¿Cómo se vacuna Marcos Ana contra el resentimiento? El poeta responde: “La venganza no es un ideal político ni un fin revolucionario. Me sentiría muy miserable si mi única compensación, después de todo, fuera que otro sufra lo que yo he sufrido”.

Un revolucionario no tiene que pedir más recompensa que el triunfo de sus ideales, y a mí sin embargo me han hecho muchos homenajes

El semblante de Marcos Ana sólo se torna serio, apenas por un instante, cuando se le pregunta si echa en falta algún reconocimiento, si tiene alguna deuda personal que pasarle a la sociedad. “Al contrario. Un revolucionario no tiene que pedir más recompensa que el triunfo de sus ideales, y a mí sin embargo me han hecho muchos homenajes, he ido recorriendo el mundo con grandes muestras de cariño. Cuando pienso en los héroes oscuros, en la gente sencilla y anónima que luchó y murió por nuestra causa, por los compañeros que después de aquello han sobrellevado su vida como buenamente pudieron, me siento un privilegiado”.

En su salvapantallas, Marcos Ana tiene una leyenda: Vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo. Después de Sevilla, le esperan presentaciones de su libro en Málaga, Cádiz, Bilbao, Galicia, Madrid, Valencia, Alicante, Zaragoza, Asturias… La gente de su editorial no sé explica de dónde saca las fuerzas para tirar de esta imponente agenda. El escritor regala el secreto: “Uno es joven mientras no pierde la ilusión, la curiosidad, los proyectos. Trato siempre de mantener vivas esas tres cosas”, asegura. Ya lo reclaman desde México, Brasil, Argentina, Venezuela y Chile. “Veremos si este viejo esqueleto aguanta”, apostilla sonriente.

 

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