¿Harakiri?

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 14 Ago 2010

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Si Dios quiere, incluso un palo de escoba puede disparar ― eso lo escribí después de que se estableciera la Comisión Turkel. Estaba citando un proverbio judío en la esperanza de que, a pesar de todo, algún resultado habría.

La Comisión nació con un pecado original. Quienes la nombraron no tenían interés en descubrir la verdad sino en prevenir la creación de una comisión de investigación internacional o un Comité Estatal de Investigación israelí. El “marco de referencia” impuestos a la comisión era extremamente estrecho. Al principio, la comisión ni siquiera tenía autoridad de obligar a los testigos a declarar.

En resumen: una comisión sin alas, una escoba sin cepillo.

Esperaba que los miembros de la comisión se resistieran a bailarle el agua al gobierno. Hoy es aún demasiado pronto para juzgar si han superado esta prueba, pero ya podemos decir que han roto sus cadenas.

Esta semana, después del testimonio de los tres testigos centrales ―Binyamin Netanyahu, Ehud Barak y Gabi Ashkenazi― ya podemos sacar la primera conclusión: la comisión no hace caso al marco de referencia que le impusieron. Este marco ha desaparecido.

La comisión apenas si mencionó el tema que teóricamente tenía que explorar ―la legislación internacional― y se ocupó de todo lo demás.

Netanyahu era descuidado, cargó a Barak con toda la responsabilidad sin tener claros los hechos

Eso no era difícil, porque los tres testigos tampoco hicieron caso al marco de referencia que ellos mismos habían elaborado. Los tres tenían tantas ganas de mostrar lo inteligentes que eran y lo mucho que acertaron, que el tema oficial de la investigación cayó prácticamente en el olvido.

Así se estableció un hecho consumado: la comisión ya no está sujeta al marco de referencia sino que se ocupa de todos los aspectos de la operación fallida (aunque este marco podrá volver a aparecer cuando llegue el momento de elaborar las conclusiones).

Era interesante ver cómo los medios de comunicación acogieron los tres testimonios.

Casi todos los medios se les echaron encima a los dos primeros testigos y glorificaron al tercero.

Netanyahu era descuidado hasta el punto de ser frívolo, cargó a Barak con toda la responsabilidad y ni siquiera tenía claros los hechos. Al fin y al cabo estaba fuera del país en esos momentos, así que qué tenía que ver, era Barak quien manejó el asunto por su cuenta y riesgo.

Después de que los medios lo asaltaran ferozmente, Netanyahu convocó rápidamente una rueda de prensa improvisada y anunció, grandilocuente, que asumía toda la responsabilidad.

Barak era más aplicado. Habló sin cesar, ahogó la comisión en un diluvio de detalles y también asumió toda la responsabilidad, pero la descargó inmediatamente sobre los hombros de los militares. El gobierno, declaró, decide sobre una misión, pero los militares son responsables de cómo se lleva a cabo. A él también, los medios le hicieron una dura reprimenda.

El jefe del Estado Mayor señaló los errores en la ejecución de la operación que se cometieron en los rangos militares inferiores, en la marina y los servicios secretos del Ejército, pero con una impresionante magnanimidad también asumió toda la responsabilidad.

Su testimonio era una obra maestra. No deja de sorprender, pero aparentemente era mucho más astuto que los dos políticos experimentados. Mientras que ellos aparecían como anguilas resbaladizas, que sólo pensaban en defenderse a ellos mismos, él dio la imagen de un oso torpe, simpático, sin falsedad, un soldado simple, honesto e ingenuo, irradiando integridad, alguien que dice la verdad porque no sabe mentir.

Ashkenazi dio la imagen de un oso torpe, simpático, sin falsedad, que no miente porque no sabe

Ashkenazi es mucho más listo de lo que parece. Vale, puede que su declaración haya sido preparada por sus consejeros, pero la inteligencia de un líder también se expresa en la capacidad de elegir a consejeros listos.

El caso demostró de nuevo que los medios ―y en realidad, todo el Estado― están controlados por el Ejército. Los mismos comentarios que provocaron abucheos cuando los hacían Netanyahu y Barak fueron recibidos con reverencias cuando los pronunciaba el jefe del Estado Mayor. Un coro de admiradores lo alababa en la televisión, en la radio y en los periódicos. ¡Qué persona más honesta! ¡Qué soldado más honrado! ¡Qué comandante más equilibrado y responsable! Prácticamente no había manera de diferenciar entre los los portavoces del Ejército y los corresponsales militares vestidos de civil.

La imagen general que emergía de los tres testimonios principales es bastante clara: no había preparaciones serias para tratar con la flotilla, pese a que los planes de ésta se habían conocido con una antelación de muchos meses. Todo se hizo de manera aficionada, en la famosa tradición de la improvisación israelí, el “fíate de mí” y el “todo irá bien”.

Los barcos de ayuda anteriores sólo transportaban a activistas por la paz no violentos, y todo el mundo asumía que eso iba a continuar así. Nadie se fijó en el hecho de que los activistas turcos venían imbuidos de una filosofía bastante distinta. De todas formas, a quién le importa lo que piensan los turcos. El glorioso Mossad ni siquiera se tomó la molestia de colocar a un agente entre los cientos de activistas a bordo del barco.

El Mossad ni se tomó la molestia de colocar a un agente entre los cientos de activistas del barco

La planificación de la operación era una chapuza, sin suficiente información, sin considerar suficientes alternativas, sin tener en cuenta desarrollos potencialmente peligrosos. Al fin y al cabo no hacía falta ser profeta para prever que los activistas turcos, insipirados por un fervor religioso, se opondrían forzosamente a que un barco turco fuera abordado por soldados israelíes en alta mar. ¡Qué sorpresa!

¿Cuál es la conclusión? El jefe del Estado Mayor la divulgó sin dudarlo: la próxima vez, el Ejército mandará a francotiradores que disparen a todos los que estén en cubierta (o, en el lenguaje de los comentaristas militares, a “los atacantes”) mientras que los soldados bajen de los helicópteros.

Dado que Netanyahu y Barak descargaron toda la responsabilidad en los militares, y Ashkenazi señaló los fallos en la planificación y la ejecución, la cuestión práctica se pone de nuevo: ¿cómo pueden hacer los miembros de la Comisión Turkel un trabajo serio si no tienen permiso de interrogar a los militares?

Para adelantarse al problema, el jefe del Estado Mayor les lanzó dos huesos: el abogado general del Ejército y Giora Eyland podrán testificar. (Eyland es el general retirado que dirigió la investigación interna del Ejército). Pero eso no basta ni de lejos. Para cumplir con su misión, la comisión debe escuchar los testimonios del jefe de la Armada y su equipo. En respuesta a la solicitud de Gush Shalom, el Tribunal Supremo ya ha señalado que si Turkel exige que comparezcan, el Tribunal los obligará a que lo hagan.

Ninguno de los tres testigos tocó la cuestión principal: la existencia del bloqueo de Gaza como tal.

En la fatídica reunión de ‘los siete’ (los ministros más importantes), se evidenció que todos ellos creen en la necesidad del bloqueo, así como en la necesidad de impedir por la fuerza cualquier intento de romperlo.

La cuestión real no es legal sino moral y política: ¿con qué objetivo se ha impuesto el bloqueo de Gaza?

El aspecto legal del asunto suscitará con certeza muchos debates. Parece que la ley internacional no está clara en este punto, tanto en lo que se refiere a la imposición del bloqueo como a su implementación. La ley no está redactada de una forma coherente. Permite muchas interpretaciones diferentes. No habrá una respuesta única, consensuada y clara.

La cuestión real, en todo caso, no es legal sino moral y política: ¿con qué objetivo se ha impuesto el bloqueo?

Todos los testigos que han comparecido hasta ahora han repetido el mismo argumento consensuado: estamos en guerra con la Franja de Gaza (sea su situación legal la que sea) y el bloqueo está diseñado para impedir la importación de material de guerra. Por eso es tanto legal como moral.
Pero esto es una mentira total.

Es muy sencillo controlar el movimiento de materiales enviados por vía marítima. En estos casos es costumbre parar a los barcos en alta mar, inspeccionar la carga, incautarse de los materiales de guerra, caso de que haya, y permitirles que continúen su camino. La carga también se puede inspeccionar en el puerto de partida.

Este método no se empleó porque todo el asunto de materiales de guerra no es más que un pretexto. El objetivo del bloqueo es justo el contrario: impedir la llegada de materiales no militares, los mismos materiales que tampoco se permiten importar por vía terrestre: muchos tipos de alimentos y medicinas, materias primas para la industria, materiales de construcción, repuestos y mucho más: desde cuadernos escolares a equipos de purificación de agua.

El objetivo era impedir la vida normal en Gaza y fue apoyado por EE UU y sus satélites en el mundo árabe
Lo poco que hace la vida soportable llegaba a través de los túneles y los precios estaban por las nubes, totalmente fuera del alcance de la mayoría de los habitantes.

Desde el principio, el objetivo era impedir la vida normal en la Franja de Gaza, llevar a la población al límite de la desesperanza e inducirla a alzarse para derribar el gobierno de Hamás. Este objetivo fue apoyado de forma evidente por el gobierno de Estados Unidos y sus satélites en el mundo árabe y, según creen algunos, la Autoridad Palestina en Ramalá.

Netanyahu argumentó en su testimonio que “no hay crisis humanitaria en la Franja de Gaza”. Esto depende muchísimo de cómo se interpreta este término.

Es verdad: la gente no muere de hambre o de enfermedades en la calle. No es el gueto de Varsovia. Pero hay un alto índice de malnutrición entre los niños, hay miseria y pobreza. El bloqueo ha causado un desempleo generalizado, porque ha imposibilitado prácticamente toda la producción industrial y agrícola. No hay importación de materias primas, no hay ningún tipo de exportación y no hay suficiente carburante. Los productos de Gaza no pueden alcanzar Cisjordania, ni Israel ni Europa. Todo eso sigue siendo así, aunque la flotilla haya conseguido en parte su objetivo y haya obligado al gobierno israelí a permitir la entrada de muchos materiales que antes estaban prohibidos.

El cierre del puerto de Gaza también ha contribuido a la crisis humanitaria. Hace 17 años, Shimon Peres escribió lo siguiente: “El puerto de Gaza tiene un inmenso potencial de crecimiento. Los bienes y los materiales que ses cargarán allí se enviarán a clientes en Israel, Palestina, Jordania, Arabia Saudí e incluso en Iraq. Ilustrará la revolución económica que llegará a toda la región”. Tal vez habría que convocar a Peres para que testificara.

La palabra clave en todos estos testimonios es “responsabilidad”. Todos los testigos asumieron la responsabilidad y la lanzaron lo más lejos posible… como jugadores de fútbol que reciben la pelota y se la pasan a otro.

¿Qué quiere decir “responsabilidad”? En los viejos tiempos, si un líder japonés asumía la responsabilidad de un fracaso, se metía un cuchillo en el vientre. A eso se le llamaba harakiri (“cortarse el vientre”). No existen costumbres tan bárbaras en Occidente, pero también allí, un líder responsable de un fracaso dimite.

Aquí no. Al menos no ahora. Aquí, una persona que “asume la responsabilidad” cosecha aplausos. ¡Qué valor! ¡Qué nobleza! ¡Asume la responsabilidad!

Y ahí se acaba todo.

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