La sabiduría de Gandhi

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 25 Sep 2010

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Haciendo zapping en la televisión, me encontré con una entrevista al nieto de Mahatma Gandhi en una cadena estadounidense (en la Fox, ¿pueden creerlo?).

“Mi abuelo nos dijo que amáramos al enemigo incluso mientras luchábamos contra él”, dijo, “él luchó con decisión contra los británicos, pero amaba a los británicos.” (Estoy citando de memoria).

Mi reacción inmediata fue que eso eran chorradas, deseos santurrones de los bien intencionados. Pero entonces recordé de repente que en mi juventud me había sentido exactamente igual, cuando me incorporé al Irgún, a los quince años. Me gustaban los ingleses (como llamábamos a todos los británicos), la cultura inglesa y su idioma, y estaba dispuesto a jugarme la vida para expulsar a los ingleses de nuestro país. Cuando se lo dije a la comisión de contratación del Irgún, allí sentado con una luz brillante iluminándome los ojos, casi fui rechazado.

Pero las palabras del nieto me hicieron pensar más en serio. ¿Se puede hacer la paz con un adversario mientras se le odia? ¿Es siquiera posible la paz sin una actitud positiva hacia el otro lado?

A primera vista, la respuesta es ‘sí’. Los autodenominados ‘realistas’ y ‘pragmáticos’ dirán que la paz es una cuestión de intereses políticos, que los sentimientos no deben participar. (Esos ‘realistas’ son personas que no pueden imaginar otra realidad y esos ‘pragmáticos’ son personas que no saben pensar a largo plazo.)

Que nos convenga más parar la guerra no quiere decir que nuestra actitud hacia el enemigo haya cambiado

Como es bien sabido, la paz se hace con los enemigos. Uno hace la paz con el fin de detener una guerra. La guerra es el reino del odio, deshumaniza al enemigo. En todas las guerras, el enemigo se presenta como un subhumano, malvado y cruel por naturaleza.

Se supone que la paz pone fin a la guerra, pero no promete cambiar la actitud de ayer hacia el enemigo. Dejamos de matarlo, pero eso no quiere decir que empecemos a amarlo. Cuando llegamos a la conclusión de que nos conviene más parar la guerra que seguir con ella, no quiere decir que nuestra actitud hacia el enemigo haya cambiado.

Tenemos aquí una paradoja intrínseca: la idea de paz surge cuando la guerra todavía está en marcha. De ello se deduce que la paz la planean los que todavía están en guerra, los que todavía están en las garras de la mentalidad de guerra. Eso puede torcerles el pensamiento.

El resultado puede ser un monstruo, como el infame Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial pisoteando a la Alemania derrotada, robándola y, lo peor de todo, humillándola. Muchos historiadores creen que este tratado tiene gran parte de la culpa del estallido de la Segunda Guerra Mundial, que fue aún más devastadora. (De niño crecí en Alemania bajo la oscura sombra del Tratado de Versalles, así que sé de lo que hablo.)

La tarea principal de un líder de liberación es dar forma a la mentalidad de la gente a la que desea liberar

Mahatma Gandhi entendió eso. No sólo era una persona muy moral, sino también muy sabia (si es que realmente hay alguna diferencia). Yo no estaba de acuerdo con su oposición a la resistencia por la fuerza frente a la Alemania nazi, pero siempre he admirado su genio como líder de liberación de la India. Se dio cuenta de que la tarea principal de un líder de liberación es dar forma a la mentalidad de la gente a la que desea liberar. Cuando cientos de millones de indios se enfrentaron a unas pocas decenas de miles de británicos, el problema principal no era derrotar a los ingleses, sino conseguir que los mismos indios quisieran la liberación y una vida en libertad y armonía. Hacer la paz sin odio, sin deseo de venganza, con el corazón abierto, dispuesto a reconciliarse con el enemigo de ayer.

El propio Gandhi sólo tuvo éxito en esto parcialmente. Pero su sabiduría iluminó el camino de muchos. Dio forma a personas como Nelson Mandela, que instauró la paz sin odio y sin venganza, o Martin Luther King, que llamó a la reconciliación entre blancos y negros. Nosotros también tenemos mucho que aprender de esta sabiduría.

Esta semana, un experto en análisis de encuestas de opinión apareció en un programa de tertulias de la televisión israelí. El profesor Tamar Harman no analizó unas u otras encuestas, sino la totalidad de las encuestas de las últimas décadas.

El profesor Harman confirmó estadísticamente lo que todos sentimos en nuestra vida diaria: que hay un movimiento continuo en Israel de los conceptos de la derecha a los conceptos de la izquierda. La solución de los dos Estados la acepta ahora una amplia mayoría. La gran mayoría acepta también que la frontera debe estar basada en la Línea Verde, con intercambios de territorio que pondrán  fin a los grandes bloques de asentamientos en Israel. La opinión pública acepta que los otros asentamientos deben ser evacuados. Incluso acepta que los barrios árabes de Jerusalén Este deben formar parte del futuro Estado palestino. La conclusión del experto: Éste es un proceso continuo, dinámico. La opinión pública sigue inclinándose en esta dirección.

Recuerdo los lejanos días de la década de 1950, cuando se nos ocurrió por primera vez esta solución. En Israel y en el mundo entero no había un centenar de personas que apoyaran esta idea. (La resolución de 1947 de la ONU, que proponía exactamente eso, había sido borrada de la conciencia pública por la guerra, después de que Palestina se dividiera entre Israel, Jordania y Egipto.) Aún en 1970, yo deambulaba por los pasillos del poder en Washington DC, desde la Casa Blanca al Departamento de Estado, buscando en vano un solo estadista importante que lo apoyara. La opinión pública israelí se opuso casi unánimemente, al igual que la OLP, que incluso publicó un libro especial bajo el título Uri Avnery y el neosionismo.

Ahora este plan cuenta con el apoyo de un consenso mundial, que incluye a todos los Estados miembros de la Liga Árabe. Y, según el profesor, también de un consenso israelí. Nuestra extrema derecha acusa ahora a Binyamin Netanyahu, oralmente y por escrito, de la puesta en marcha de lo que ellos llaman el ‘plan Avnery’.

Así que debería haberme sentido muy satisfecho, contento de ver los programas de noticias que hablan de los “dos Estados para dos pueblos” como una verdad de por sí evidente.

Entonces ¿por qué no estoy satisfecho? ¿Soy un gruñón de oficio?

Todos los que nos rodean son bestias salvajes y debemos levantar un muro de hierro para protegernos

Me examiné y creo que he identificado la fuente de mi insatisfacción.

Cuando hoy hablan de ‘dos Estados para dos pueblos’, es casi siempre ligando esa idea a la de ‘separación’. Como dijo Ehud Barak con su estilo único: “Nosotros estaremos aquí y ellos allí.” Eso encaja con la imagen de Israel como ‘una villa en la selva’. Todos los que nos rodean son bestias salvajes dispuestas a devorarnos y nosotros los de la villa debemos levantar un muro de hierro para protegernos.

Así es como esta idea se está vendiendo a las masas. Se hace popular porque promete una separación total y definitiva. Dejemos que se quiten de en medio. Dejemos que tengan un Estado, por el amor de Dios, y que nos dejen en paz. La ‘solución de los dos Estados’ se hará realidad, viviremos en la “Nación-Estado del pueblo judío”, que será parte de Occidente, y ‘ellos’ vivirán en un Estado que formará parte de los países del mundo árabe. Entre nosotros habrá un gran muro, parte del muro entre las dos civilizaciones.

De alguna manera, todo esto me recuerda a las palabras que Theodor Herzl escribió hace 114 años en su libro El Estado Judío: “En Palestina… seremos para Europa una parte del muro que los separa de Asia, haremos de vanguardia para la civilización contra la barbarie.”

Ésa no era la idea que tenía en mente el puñado de personas que abogó por la solución de los dos Estados desde el principio. A éstos les animaban dos tendencias interrelacionadas: el amor al país (que incluye toda la tierra entre el Mediterráneo y el Jordán) y el deseo de reconciliación entre sus dos pueblos.

Sé que a muchos les sorprenderán las palabras “amor al país”. Como tantas otras cosas, ellos han sido secuestrados y tomados como rehenes por la extrema derecha. Nosotros lo hemos permitido.

Mi generación, que recorrió todo el país mucho antes de que el Estado fuera tal, no trató Jericó, Hebrón y Nablus como lugares extranjeros. Los amábamos. Nos causaban una gran emoción. Yo aún los amo a día de hoy. Con algunos, como el difunto escritor de izquierdas Amos Kenan, este amor se había convertido casi en una obsesión.

Los colonos aman al país como un violador a su víctima: lo violan y quieren dominarlo

Los colonos, que pregonan sin cesar su amor al país, lo aman de la misma forma que un violador ama a su víctima. Violan al país y quieren dominarlo por la fuerza. Esto se ve claramente expresado en la arquitectura de sus fortalezas en las cimas de las colinas, en los barrios fortificados con tejados suizos cubiertos de tejas. No aman al auténtico país, los pueblos con sus minaretes, las casas de piedra con sus ventanas arqueadas enclavadas en las laderas y la fusión con el paisaje, los bancales cultivados hasta el último centímetro, las ramblas y los olivares. Sueñan con otro país y quieren construirlo sobre las ruinas de la amada patria. Kenan lo pone en pocas palabras: “El Estado de Israel está destruyendo la Tierra de Israel”.

Más allá del romanticismo, que tiene su propia validez, hemos querido unir un país desgarrado de la única manera posible: a través de la asociación de los dos pueblos que lo aman. Estas dos entidades nacionales, con todas sus similitudes, son diferentes en cultura, religión, tradiciones, idioma, escritura, modo de vida, estructura social y desarrollo económico. Nuestra experiencia de vida, y la experiencia del mundo entero, en esta generación más que en cualquier otra, ha demostrado que tales pueblos no pueden vivir en un solo Estado. (La Unión Soviética, Yugoslavia, Checoslovaquia, Chipre y quizás también Bélgica, Canadá e Iraq.) Por lo tanto, surge la necesidad de vivir en dos Estados, uno junto al otro (con la posibilidad de una futura federación).

Cuando llegamos a esta conclusión al final de la guerra de 1948, dimos forma a la solución de los dos Estados no como un plan de separación sino, por el contrario, como un plan de unidad. Durante décadas, hablamos de dos Estados con una frontera abierta entre ellos, una economía común y la libre circulación de personas y mercancías.

La paz no es sólo la ausencia de hostilidades ni el producto de un laberinto de muros y vallas

Éstos fueron los motivos principales de todos los planes para la ‘solución de los dos Estados’. Hasta que llegaron los llamados ‘realistas’ y se llevaron el cuerpo sin el alma, reduciendo el plan de vida a un montón de huesos secos. También entre la izquierda, muchos estaban dispuestos a aprobar el programa de separación, creyendo que este enfoque pseudo pragmático sería más fácil de vender a las masas. Pero a la hora de la verdad, este enfoque ha fallado. Las ‘conversaciones de paz’ se vinieron abajo.

Propongo volver a la sabiduría de Gandhi. Es imposible mover a las masas si carecen de una visión. La paz no es sólo la ausencia de hostilidades, no el producto de un laberinto de muros y vallas. Tampoco es una utopía del tipo ‘el lobo conviviendo con el cordero’. Se trata de un verdadero Estado de la reconciliación, de la colaboración entre los pueblos y entre los seres humanos, que se respetan mutuamente, que están listos para satisfacer los intereses del otro, a hacer negocios entre sí, a crear relaciones sociales y —quién sabe— con un poco de suerte, a gustarse.

En esencia: dos Estados, un futuro común.

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