«Los tabúes están todos dentro de nosotros»

Mohamed Daradji

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 5 Nov 2010

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Mohamed Daradji (Sevilla, Nov. 2010) | © Alejandro Luque /M'Sur
Mohamed Daradji (Sevilla, Nov. 2010) | © Alejandro Luque /M’Sur

Este año la sorpresa más grata del Festival de Cine Europeo de Sevilla ha sido una película iraquí, si bien en coproducción con Reino Unido. Se trata de Son of Babylon, del joven director Mohamed Al-Daradji (Bagdad, 1978), donde se narra la odisea de una abuela y su nieto que recorren el país de punta a punta en busca del padre de la criatura, desaparecido doce años atrás.

Tras foguearse en producciones como The war (2003), Nº 438 (2003) o Ahlaam (2005), el director ha conseguido abrirse paso en los principales festivales con una historia rotunda, defendida admirablemente con un reparto de actores amateur. “Iraq siempre aparece en las noticias como un número: de muertos, de bombardeados, de asesinados. Yo intento explicarle a la gente que es un hermoso país, que las guerras y las dictaduras han destruido. Pero Babilonia todavía existe”, asegura.

¿Existe hoy algo que podamos llamar cine iraquí?
No. Nada comparable a, por ejemplo, la industria española. Hay individuos haciendo o intentando hacer películas, pero no tenemos instalaciones. Sí existe una industria de televisión, pero no de cine. No hay laboratorios, ni estudios, ni cámaras; no hay grandes equipos, ni información. Antes del 91, antes de la guerra, sí había. Después, nada. Cuando yo estudié arte se podía grabar en 16 milímetros, y había 275 salas. Ahora sólo hay dos o tres. Estamos intentar reconstruir todo eso otra vez, hemos inaugurado el Centro Independiente Iraquí, hemos intentado inaugurar una biblioteca, un centro de formación donde ayudar a los nuevos…

¿Se puede hablar al menos de un cine de fuera?
Todas las películas que vienen de Iraq ahora, y no son muchas, son coproducciones con países europeos. Casi todos vivimos entre Iraq y Europa, es nuestra única oportunidad de trabajar. Quienes tengan que trabajar sólo allí, lo tienen muy difícil. Pero hay bastante gente haciendo cosas interesantes, como Oady Rashid, Qusam Hollae, Hudea Mahoed, Meson Al-Bachage, Samir o Qusam Abed.

¿Qué es lo más difícil a la hora de rodar en Iraq?
¡Todo! Lo primero, no tienes electricidad siempre: cuentas con ocho horas diarias con y 16 sin. Luego está la logística. Yo traje un equipo de ingleses y franceses al Norte, y cuando llegamos a Bagdad los británicos se fueron porque era bastante peligroso. Creíamos que los franceses se quedarían, pero la Embajada los sacó también. Mi equipo irakí tiene experiencia, pero no son muy buenos, y una película de 35 milímetros, en cinemascope, son palabras mayores. Por otro lado, no todas las zonas donde rodamos están aseguradas, hay que cambiar constantemente la programación. En una escena como la de la Estación de Autobuses, cerca de la Zona Verde, corrimos bastante peligro, incluso estalló una bomba mientras rodábamos. Y filmar el autobús cruzando el gran puente, nos llevó un mes organizarlo. Si hubiera rodado en España, habría tenido lista esta película en 45 días, y no en cinco o seis meses. ¿Más cosas? Hubo elecciones y tuvimos que parar tres semanas, una cámara se rompió y no había recambios, hay zonas del rodaje donde no había hoteles…

¿Y no tiene visos de mejorar?
Si comparo este rodaje con el primero que hice en 2004, éste es mejor. Aquél sí fue peligroso, un caos. Te haré un chiste de cine iraquí: cuando grabamos en Bagdad y mandamos el material a Londres para revelarlo, el 20 por ciento estaba dañado porque tardó mucho en llegar. Cuando filmamos en el Sur, y no teníamos DHL, decidimos hacer un ‘DHL Bagdad’: llamamos a un taxista, le hacemos una foto a él y a su matrícula, tomamos su número de teléfono y lo enviamos todo a nuestro equipo, que lo esperará en la estación para recoger el material y enviarlo… ¡Una odisea!

Y los tabúes, ¿existen?
Hay muchos. Están todos dentro de nosotros. Para esta película, fui a la Organización del Cine a pedir ayuda y la rechazaron. “No hay dinero”, me dijeron. Les pregunté si sólo era cuestión de dinero. Luego me dijeron que al Primer Ministro le había encantado la idea, que colaborarían, pero a condición de cambiar el personaje principal: en vez de kurdo, debía ser árabe. Ése era el tabú. Hablé con el Gobierno Regional kurdo y también la echaron para atrás: “Es una película pro-árabe”, me dijeron.

¿Y aparte del reparto étnico?
Las mujeres y la religión son otros grandes tabúes. Si hay una escena de sexo en una película, malo. Si se habla de fe, malo. Si te fijas, en la película, cuando la mujer reza no se la oye, no sabes si es chií o suní. Y los nombres los he buscado internacionales, no se llaman Omar —nombre suní— ni Hussein —nombre chií— sino Ibrahim, Ahmed, nombres comunes en todas partes.

El filme acaba con un clima de reconciliación. ¿Es una visión demasiado dulce u optimista, o confía en que las heridas puedan cerrarse?
Es una pregunta difícil. Una parte de mí me dice que, en efecto, es demasiado dulce. En 2003, 2004, 2005, no hubiera creído en la reconciliación. Tal vez me hubiera querido vengar, pero ahora sé que esa no es la solución, no es lo que va a hacer que Iraq vuelva. El perdón es muy importante hoy, como lo fue para la Sudáfrica de Nelson Mandela. Yo he basado el personaje de Musa en mi primo, que fue alistado como soldado y enviado a la guerra en el Norte. Cuando volvió, lloraba continuamente. Hizo lo que le dijeron que tenía que hacer, y si no lo hubiera hecho, le habrían matado, ¿vamos a castigar a esa gente?

Imagino que no fue el único…
Había 28 millones de personas, y todos tenían que ser baazistas. Sadam decía que cuando nace un iraquí, nace baazista. Mucha gente formó parte del sistema sin quererlo, como imagino que sucedió en la Alemania nazi. Hay en Iraq un pasado oculto que no debe apartarse, y la justicia debe caer sobre los responsables, sin duda. Muchos me dicen “no hables de aquello, habla de hoy”. Pero el hoy viene del pasado, de un cultura de la violencia que nos llevó a sembrar el país de fosas comunes. Hay que hablar de ellas, y pedir perdón. La herida no está curada, pero si le da el sol, el aire y la luz, puede sanar.

Como hombre de cine, ¿cómo valora las miradas de directores extranjeros sobre Irak?
Si tú quisieras hacer una película en Iraq, tal vez empezarías a pensar en los soldados españoles que estaban en el Sur, y es probable que no atiendas a la perspectiva de los iraquíes que estaban alrededor. ¿Eso es justo? ¿Es correcto? Lo cierto es que la mayoría de los filmes que hacen los americanos hablan desde su punto de vista, y se les olvida, o no les interesa, el nuestro. Hay una película americana, Iraq in fragments [Irak en fragmentos], que está bien, pero apuesta por la división de Iraq en tres países, y nosotros creemos que la unidad es muy importante, que en una región como la nuestra la disgregación nos debilitaría. Y luego hay cosas como Hard locker [En tierra hostil], que va de soldados americanos: los iraquíes no aparecen. Hay mucho cine en el que los iraquíes no salen como seres humanos, no tienen sentimientos. Son como un árbol, o una pared.

¿Qué siente como iraquí cuando se desvelan datos de tropelías del ejército americano, como los que aparecieron hace poco en Wikileaks?

La guerra es la guerra, es siempre sucia. Nunca ha existido una guerra hermosa. Por eso la decisión horrible es la de ir. España, Reino Unido, dieron ese paso. Lo que vemos ahora no tiene nada que ver con lo que ocurrió, fue horrible. Ibas conduciendo por una calle, y si tenías una avería junto a unos tanques americanos podían dispararte. A mí me arrestaron los americanos cuando hacía mi primera película, me pusieron una capucha y me dejaron doce horas contra una pared, pasé cinco noches en prisión. Abusaron sexualmente de personas que estaban conmigo, fue inhumano. Y al mismo tiempo, trabé amistad con algunos soldados americanos que me custodiaban, empezamos a hablar y de pronto perdieron el uniforme del ejército y se volvieron personas. Así es la guerra. No todos los soldados americanos fueron perversos, pero estaban en una guerra. Que dios me perdone, pero si mañana hay una guerra en España, a lo mejor tu vecino se vería empujado a hacerte mal…

Así fue, hace 70 años…
Vamos a escuchar muchas más historias de esas. ¿Sabes que ahora hay de 20.000 a 25.000 soldados de empresas de seguridad privadas en Iraq? ¿Qué hacen allí? Vienen de todas partes, de África, de América Latina, de Asia. Muchos irakíes piensan que más de una de las bombas que explotan, las ponen ellos. Es una guerra, ya sabes, y la imaginación vuela. Un tío llamado Mohamed desapareció y encontraron su cuerpo en la calle. La familia fue a preguntar y los americanos les dijeron que lo habían entregado a la policía iraquí, y ésta dijo que no sabía nada… En fin, son muchas pequeñas historias. Haremos películas con ellas.

Próxima entrega

El próximo proyecto de Mohamed Daradji, House for sale, que se presentó como proyecto en el último Festival de San Sebastián, tendrá como protagonistas a 32 huérfanos, de entre 4 y 15 años, que perdieron a sus padres en la guerra.

Todos viven juntos en una casa que los acoge, pero carecen de apoyo económico y tratan de sobrevivir en el peligroso Bagdad de hoy. Locos por el fútbol, juntos asistirán a la retransmisión de un partido Real Madrid-Barça, y cada uno asumirá la identidad de un jugador.

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