«El islam es la legitimación de la religión fálica»

Wassyla Tamzali

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 3 Jul 2012

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Wassyla Tamzali (Sevilla, JJun 2012) | © Alejandro Luque / M'Sur
Wassyla Tamzali (Sevilla, Jun 2012) | © Alejandro Luque / M’Sur

 

Al día siguiente de las elecciones argelinas, la presencia de Wassyla Tamzali (Argel, 1941) en la Feria del Libro de Sevilla es un soplo de aire fresco. Alta, desgarbada, observándolo todo a través de unas llamativas gafas, suscita en su auditorio preguntas chocantes, a menudo incómodas. En la entrevista mira de frente y habla cerca de su interlocutor, casi como lo haría una confidente. La coquetería la reserva, en cambio, para la sesión de fotos.

Tamzali ejerció como abogada en su Argelia natal antes de dirigir, durante casi veinte años, el programa de la UNESCO que vela por la igualdad de género. También directora del Programa de cooperación transmediterránea en beneficio de las mujeres de esa organización, desde 1996, esta argelina ha publicado libros como El burka como excusa (2001) o Carta de una mujer indignada (2009).

En el multipremiado Mi tierra argelina (Saga Editorial), la escritora desgrana sus recuerdos más íntimos sin rehuir pasajes dolorosos, como el asesinato de su padre a manos de un joven activista y la nacionalización del patrimonio familiar, soportando acusaciones como la de “secuaces del capitalismo internacional”. Tampoco olvida la autora los muertos, los torturados, los desplazados de los sucesivos conflictos que azotarían a su pueblo durante las décadas siguientes.

No obstante, el libro también consigna la ilusión por la construcción de una nueva Argelia tras la conquista de la independencia –ilusión condenada al fracaso, pero no por ello menos fervorosa–, el sabor de la libertad simbolizado en la Filmoteca donde se proyectaban por igual películas comprometidas y esperanzas o el modo en que se vivieron en el Magreb acontecimientos fundamentales como la guerra de Vietnam o el asesinato del presidente chileno Salvador Allende. Y de fondo, como un anhelo permanente, la búsqueda de una identidad propia, individual.

Usted, que vivió una revolución hace muchos años, ¿qué consejo puede dar a las mujeres que hacen la revolución hoy?
Si tengo que dar un consejo, es que piensen que detrás de cada revolución hay una contrarrevolución. Es un hecho histórico. Sucedió también en la Revolución Francesa. En cuanto empiezan a surgir indicios de libertad, de inmediato surge algo contra la libertad.Es un principio que no se debe olvidar.

¿También ocurre en las revoluciones islámicas?
Los movimientos islamistas hoy día no son movimientos revolucionarios.Los europeos piensan que en los países árabes hoy únicamente puede haber revoluciones islamistas. Es falso. Los islamistas son la contrarrevolución. Se ha visto en Irán y lo estamos viendo hoy en los países musulmanes. Y es una contrarrevolución muy fuerte, porque la llevan a cabo no sólo los islamistas sino todas las fuerzas reaccionarias de los países.

¿El islamismo es la causa por la que las mujeres, que han tenido tanto protagonismo en la Primavera Árabe, están ahora más apartadas?
Sí, es cierto. Porque en el primer movimiento, las mujeres estaban muy presentes. Como sucede siempre que se da un acontecimiento histórico, las mujeres estaban allí. Luego, cuando alguien se pone a organizar el poder, las mujeres desaparecen. Es casi un principio universal. Pero hay que añadir también que cuando las mujeres salieron a hacer la revolución árabe en Egipto, Túnez, en todos los países, no salieron como feministas sino como ciudadanas, como mujeres. No por los derechos de las mujeres. Aunque todas las feministas salieron, no todas las mujeres son feministas. Salieron por el cambio. Por echar a los políticos. Y cuando el cambio llegó, ellas volvieron a casa. Pero en Túnez, las feministas siguen aún en la calle, todos los días…

Saben que es importante visualizarse, hacerse presente, ¿no?
Cuando las mujeres salen, aunque no sean feministas, están haciendo una transgresión. Porque las mujeres en los países al sur del Mediterráneo no están en el espacio público. El espacio público, el espacio político, es de los hombres. Salirse del rol es ya, de alguna forma, una revolución. En la guerra de Argelia, todas las mujeres participaron al igual que los hombres. No por los derechos de las mujeres, sino para liberar el país. Cuando el país fue liberado, también ellas volvieron a casa. No es que los hombres las hicieran volver a casa, ellas lo hicieron por su propio pie.

En su libro Mi tierra argelina dice que lo más difícil en una revolución es reconocerse como individuo, separarse de la tribu, que lo absorbe todo. ¿Es ahora más fácil?
Sí, porque por primera vez, en los países del sur del Mediterráneo —no me gusta la definición “árabe-musulmán”, no es exacta—, en los países del Magreb y del Oriente Medio mediterráneo, hemos sido testigos de una revolución existencialista. Los jóvenes no han hecho la revolución por la nación, sino para ellos. Quieren ser libres. Es una palabra que se ha pronunciado por primera vez en el mundo árabe.

En un momento de su relato, usted dice: “Yo acumulaba todas las taras: era mujer, burguesa, francófona, demócrata y librepensadora”. ¿Cuál era peor vista?
Todas. La política de la exclusión era una política muy refinada, sutil, compleja, porque bajo el régimen autoritario hay que excluir a la vez que se guarda. Se tenía necesidad de la gente que sabe leer y escribir, la gente moderna, pero no se le ha dado la palabra. Es un poco como el estatuto de los judíos en los países occidentales: están ahí, hacen cosas extraordinarias, pero no tienen capacidad de representar la nación. Con las mujeres pasa igual.

Usted salió tarde del país. ¿Qué le retuvo, cuando otros se marchaban? ¿Por qué se fue a final? ¿Y por qué volvió?
¿Por qué he vuelto? Porque es mi país, no hay otra explicación. Una vez un periodista me preguntó por qué regresé y le pregunté: ¿Por qué no me ha preguntado por qué me fui? Porque es mi país…

¿Hubo un día en el que pensó: ‘Ahora sí, me voy’?
No es una cosa así, decisiva. Digamos que es la gota que colma el vaso. Cuando me quitaron mi pasaporte, no pude tolerar ya estar encerrado en un país. Cuando vi que me pueden quitar el pasaporte, me pueden impedir viajar, me pueden impedir salir de Argelia, ahí quise marcharme.

¿Qué la retuvo hasta entonces?
Antes tuve una historia de amor muy fuerte y, aunque la situación fuera muy difícil, como todos los amores difíciles se había vuelto un poco neurótico. Mi relación con el país era muy neurótica, es el síntoma de muchos argelinos. Creo que lo que me retiene en Argelia es la historia de mi padre, la muerte de mi padre, el asesinato. Porque hay mucha gente que ha muerto en la guerra, pero cómo murió, eso sea tal vez… He llegado a la idea de que soy argelina porque Argelia tiene una deuda, Argelia me debe algo. Le pregunto: ¿Por qué habéis matado a mi padre? Es un lazo doloroso, muy doloroso. De ahí que sea un lazo muy fuerte, neurótico, casi clínico.

¿Tan duro es?
Podría vivir en España, es más agradable, me siento libre, las mujeres son mucho más libres, puedes salir a la calle, ir a un café, fumar en un café… Hay muchos detalles que hacen la vida en Argelia muy difícil. Pero al mismo tiempo es un país que me da mucha energía. Toda mi energía intelectual viene de Argelia. Si viviera aquí sería una catástrofe.

En su libro cuenta cómo el país pasa del socialismo al islamismo, como se pasa de una religión a otra. ¿Fue así, tan de golpe?
Para empezar, el socialismo nunca fue una religión en Argelia, el socialismo se había elegido porque era lo que más garantías ofrecía a un poder autoritario. No se había elegido el socialismo, sino el modelo político. El socialismo es un concepto moderno basado en la libertad, en el individuo, en la relación entre los individuos. Y eso no era así, jamás. Además, la primera cuestión es si se pasó de una revolución a otra. Y Argelia no había vivido una revolución, sino una lucha de liberación.Y la lucha de liberación no es revolucionario, nunca, sino nacionalista.

¿No tenía un elemento de rebelarse contra algo establecido?
Sí, la gente de la clase burguesa hace una revolución: yo hice una revolución. Pero para los campesinos, los pequeñoburgueses, era una lucha nacionalista, no revolucionaria. Al contrario: era reencontrarse con el pasado, no avanzar.Era reencontrarse con una idea mítica, no con la realidad. No tiene nada de revolución. Era reencontrar el país antes de la llegada de los franceses.

¿La lengua también formaba parte de esa lucha?
La lengua, la religión, la manera de vivir, la ciudad… No sé si conoces Argelia, pero todo el norte de Argelia se parece a Francia. Francia había realizado el sueño loco de trasladar Francia a Argelia. En Marruecos no: Marruecos lo protegieron. Incluso de forma paternalista: no había que cambiar las casas… Pero Argelia la destruyeron y construyeron una Argelia occidental. Por eso, para mucha gente la liberación era borrar Occidente. Y nosotros hemos nacido en Occidente, allí: los primeros nacionalistas, los que concibieron la nación, vinieron de la parte occidental de Argelia. No eran campesinos: eran gente de la ciudad, burgueses. Y cuando el país fue liberado, nos quisieron destruir.

En su libro critica a Alexis de Tocqueville cuando habla del colonialismo…
Sí, Tocqueville quería la democracia, pero no en Argelia. Inventó una palabra que no existe en el vocabulario francés: colonista. En otro libro que he escrito también hay un ataque al orientalismo, que es la manera en la que se miraba. Pero el orientalismo continúa hoy día, como cuando Michel Foucault va a Irán y da un certificado de revolucionario a Jomeini. Si Foucault hubiera encontrado a un sacerdote católico, jamás lo habría llamado revolucionario. Así pues, hay una visión que yo llamo racista. Mis amigos intelectuales occidentales y yo tenemos una caja de herramientas, con conceptos, ideas, historia, construcciones… Y no entiendo por qué los occidentales no utilizan esa caja de herramientas para entender el mundo árabe.

Piensan que es otro mundo ¿verdad? Con otras necesidades…
Sí. Si los islamistas piensan así, okay. Los islamistas, vale. Pero ¡los universalistas, los intelectuales occidentales que han pensado el mundo universal…!

En España decimos: “No olvido ni perdono”. Usted no olvida, pero ¿perdona?
No me gusta la palabra perdón. Es algo religioso, y yo no soy nada religiosa. Prefiero la palabra “comprender”. Cuando escribí este libro [Mi tierra argelina], he respondido de alguna manera a la niña que fui y que tenía una gran sensación de injusticia, porque mataron a su padre. Y yo le he dicho a esta niña: esta es la historia. Es la venganza de los tribunos. No he perdonado, pero he comprendido. Y como dice Albert Camus, en El mito de Sísifo: sabe perfectamente que la roca volverá a rodar hacia abajo, pero la volverá a empujar hacia arriba; está libre porque encuentra la libertad en la razón de su falta de libertad. Y creo que mi libro me ha permitido comprender.

¿Qué ha comprendido?
La muerte de mi padre fue una tragedia. ¿Qué es una tragedia? Una tragedia es cuando dos derechos se oponen. Esto siempre es así: en la tragedia griega no es que A lleve la razón: todos tienen razón, pero los dioses han elegido A. Ésta es la tragedia. Aquí pasa lo mismo.

¿Cuál es la tragedia argelina?
¿Conoces los elefantes? ¿Sabes que, cuando van a morir, vuelven adónde han nacido? Destruyen todo lo que se interponga a su paso. Y como te dije ahora, la población occidentalizada… no me gusta esta palabra, pero se les llama así. Yo los llamo: las élites colonizadas. Esta élites, que son las que han construido el anticolonialismo intelectual, están en el camino de los elefantes. Cuando escribí el libro entendí que mi vida está en el camino de los elefantes. Pero ¡si soy yo quien ha liberado a los elefantes! Yo, mi padre, lo que yo represento. Pero los elefantes van a destruir todo, me van a destruir a mí, a mi casa. Te puedo mostrar mi casa [enseña una imagen en su teléfono móvil].

Muy hermosa…
Yo vivía en una casa colonialista, que mi familia compró a los franceses. Pero para la gente seguía siendo la casa colonialista, incluso con nosotros dentro, era la casa que los había expulsado, porque toda la gente que había en esa tierra, había sido expulsada, se habían convertido en pobres, en los malditos de la tierra. Trabajaban su tierra como esclavos. Y cincuenta años más tarde, cien años más, uno vuelve al terreno y lo compra. No se roba, pero no importa que se compre. No es una cuestión de perdón. Es cuestión de tomar un poco de distancia de los acontecimientos y ver que ésta es la historia. No siento odio, no siento rencor. El rencor es un sentimiento terrible, no te deja vivir, es un obstáculo a la vida. Es la oportunidad que vi: la capacidad de salir de los rencores, salir del odio.

Cambiando de tercio: me llama la atención la palabra “terrorismo”, un concepto fuerte y claro, a la hora de hablar del sometimiento de la mujer.
Sí. Porque el pensamiento occidental es blando. Cuando se trata de hablar de eso, reflexionan. Hay que indignarse, pero nadie se indigna: reflexionan: es una elección… No: esto es terrorismo.

Hay quien piensa que es una polémica creada en Europa porque allí hay otros problemas, y que el burka no es el problema.
Yo respondo que el burka, ¿qué significa? Es el concepto de la deshumanización de la mujer. El burka es el grado máximo de la deshumanización de la mujer, que empieza con el velo. Considero que la deshumanización de la mujer es el corazón o la expresión o la causa central del problema en los países árabes. Mira: cuando los salafistas hacen una declaración política, ¿de qué hablan? ¿Cuál es el asunto? La mujer. La primera declaración en Libia ha sido para restaurar la poligamia. ¡Es el centro! No es una manera de ocultar otras cosas…

¿Se puede coordinar una política de mujer en el Mediterráneo, siendo países distintos y complejos?
Sí. Porque la diferencia no es una diferencia de naturaleza, no se trata de perros y gatos. Se trata de la misma cosa, de problemas de diferentes niveles. Mira España: tras la revolución española, la Movida y todo eso, ahora hay un gobierno que dice que no se puede abortar, que no se puede uno manifestar en la calle. Es como los islamistas. El Mediterráneo es un mundo que ha hecho nacer, nunca debemos olvidarlo, la falocracia. La religión del falo es la primera religión del Mediterráneo.Y esta religión del falo, y la falohistoria y la faloeconomía y la falorevolución y la falointeligencia…

¿En qué se manifiesta esta religión?
¿Por qué hay más hombres en la política que mujeres? ¿Por qué son los hombres quienes dirigen las centrales nucleares y los ejércitos, por qué? Es que hemos nacido en esta situación, es el arcaísmo. El Mediterráneo ha traído todas las religiones, ha traído el monoteísmo democracia, la retórica, la filosofía y también ha traído el falo. Y la religión musulmana es la legitimación de la religión fálica. Cuando uno coge los textos del Corán sobre la mujer y los textos de los contratos de matrimonio de la Grecia clásica, es lo mismo.

Sin embargo, la extrema derecha en Francia está dirigida por una mujer: Marine Le Pen.
A la vez es la madre. Esto tranquiliza. Porque en la extrema derecha hay como un sistema de religión y las mujeres de la extrema derecha portan la ambivalencia de la mujer como madre que va a proteger la nación… La mujer siempre ha sido el símbolo de la política, incluso cuando no está en política. La Marianne es una mujer. Es la base de todos los fantasmas.

Pero también entran en política.
Un periodista ha dicho de las revoluciones árabes: cuando las mujeres están en la calle, es una revolución. Si las mujeres salen a la calle, entonces se puede decir que es una revolución. Si salen los jóvenes, los hombres, los intelectuales, no es una revolución, es un movimiento de revuelta, un movimiento de opinión… Pero si salen las mujeres, entonces es una revolución.

Hemos visto ahora que una mujer se ha presentado a las elecciones en Argelia, cubierta e identificándose con la foto de su marido. También ha pasado en Egipto… No es que no haya avance, sino que hay un retroceso.
No es un retroceso, porque esto no es una tradición. ¡No es una tradición! No se puede llamar modernidad en el sentido filosófico, pero… es una contemporaneidad.No se puede decir que los salafistas, los islamistas hayan vuelto a la tradición. En absoluto. Es una respuesta de hoy a una crisis de hoy. El islamismo de hoy no es el islamismo de mi abuela.

¿Cómo ha cambiado?
Mi abuela también llevaba un velo. Pero no es lo mismo. Son dos mundos distintos. Era un velo de costumbre que ha evolucionado con las costumbre, no era algo sagrado. Hoy es sagrado. Mi abuela llevaba velo y sus hijas no, y yo por supuesto que no. E incluso mi abuela habría montado en cólera si mi padre hubiera dicho a mi madre: le pondré el velo a mi hija porque estamos en la Guerra de Argelia y quiero mostrar a los franceses que no somos franceses.

¿Esa identificación del velo con el islam es novedosa?
Hoy, el velo que se lleva en Europa entre las inmigrantes es para decir a los españoles, a los franceses: no somos españoles, no somos franceses, somos diferentes. En aquella época, si hubiéramos querido expresar esta diferencia a través del velo, en mi familia habría sido una catástrofe. Porque mi abuela nunca se quitó el velo, pero nunca habría aceptado que yo me lo pusiera.Porque para ella era una tradición, un hábito, una costumbre, no era Dios, no era el islam, no era la religión.

¿Le han sorprendido los resultados de las elecciones, el que los islamistas sean la segunda fuerza más votado?
No, en absoluto. Porque se habla de la Primavera árabe, pero yo diría que es el deshielo. Tras cincuenta años, es el fin del poscolonialismo. Pero ¿qué saldrá de ahí? Todo ha estado bajo el poder, encima estaba el glaciar, y debajo los monstruos, que no han visto la luz del día. Los salafistas son monstruos. Hay que darse cuenta de que no se puede discutir, no se les puede hacer pensar. Están fuera de nuestros pensamientos. Es un movimiento fascista, y grande.Es como el nacimiento de un clerismo.

¿De dónde sacan su fuerza?
La manipulación de la política, la corrupción, la manipulación de la identidad, la deslegitimación de las fuerzas vivas: las mujeres, los bourgeois, los intelectuales, los francófonos… de todos se ha dicho: son traidores a la patria. Han creado un odio contra nosotros, y a la vez, con esta ambigüedad, ellos también representan de cierta manera la modernidad.

¿Cuál es la ambigüedad?
Cuando doy conferencias, siempre hay alguien que se levanta y pregunta: ustedes, porque son laicos, han dirigido el país durante 50 años, ¿por qué no dan ahora la oportunidad a los islamistas? Pero, ¿quién era laico? El Ejército argelino, ¿es laico? El rey de Marruecos, ¿es laico? ¿Bourguiba era laico? ¿Ben Ali es laico? No. El laicismo es una actitud ética. Pero los que ahora aparecen como las víctimas del régimen son los islamistas. Porque los demás, dicen, son laicos. ¿Ves la ambigüedad?

Es una doble moral…
Es una doble moral. Mientras que metían a los islamistas en la cárcel, les dieron todo lo que podían darles: la sociedad, las mujeres, los niños, la cultura, la televisión… Todo, les han dado todo a los islamistas. El Código de la Familia argelino… Nada, ni una decisión valiente, el gobierno no ha tomado ni una decisión que lanzara el país al futuro. Porque su única idea era mantener el poder. Y luego han entendido que había que negociar con los islamistas, pero no darles el poder. Han negociado todo. Y ahora, con la revolución, todo eso sale.

El mundo árabe ¿puede cambiar solo o va a necesitar que Europa también cambie su mentalidad?
El futuro de los países árabe está en ellos mismos, no en Europa. Los europeos suponen un problema, pero un problema pequeño: hay racismo en Europa, y el racismo es un argumento para los islamistas. Cuando los europeos dicen ¿qué se puede hacer?, la respuesta es cambiar: deben barrer ante su propia puerta. Antes de ocuparse de los países árabes deben mirar a su alrededor.

¿Y luego?
Luego, Europa debe reencontrar la razón. Debe utilizar su caja de herramientas para reflexionar sobre sus propios problemas, por ejemplo la cuestión de la inmigración. Sólo encontramos soluciones culturales y sociales. ¿Hay un problema? Vamos a construir una mezquita. Ésta no es la solución, sino la integración con el reconocimiento de los derechos de los extranjeros en Europa. Porque Europa necesita a los extranjeros. Así que es imprescindible que la inmigración se convierta en una cuestión política, y no una cuestión social.

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