Guerra psicológica

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 6 Ago 2013

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patologias
Zajar Prilepin
Patologías

Género: Novela.
Editorial: Sajalín.
Páginas: 380.
ISBN: 978-84-940627-0-4.
Precio: 24 euros.
Año: 2012 (2004).
Idioma original: Ruso.
Título original: Патологии.
Traducción: Marta Rebón .

Probablemente fue la I Guerra Mundial el primer conflicto bélico que generó literatura a gran escala desde primera línea de fuego. Los reclutamientos masivos sobre las poblaciones alfabetizadas tenían, aunque solo fuera por una cuestión estadística, que incluir a muchos poetas y narradores arrancados de sus escritorios para formar filas. Pero a lo largo del siglo XX, no precisamente parco en sangrías, fuimos observando otra tendencia: la de soldados que, abrumados por la necesidad de contar sus experiencias extremas, se convertían espontáneamente en escritores.

Vietnam, Centroamérica, Irak, Balcanes, han dado para llenar varios anaqueles con turbadores relatos de armas. Faltaba, entre los choques finiseculares, Chechenia. Este vacío, al menos en nuestro idioma, viene a suplirlo entre otros títulos este Patologías, el debut como novelista de Zajar Prilepin, quien hizo sus pinitos como filólogo antes de ingresar en las Fuerzas Especiales del Ejército ruso. Enviado a varias misiones en Chechenia entre 1996 y 1999, debió de ver suficientes atrocidades como para llenar muchas páginas.

Pero en literatura no basta con ser testigo: hay que saber transmitir. Prilepin lo hace valiéndose de herramientas muy efectivas -el relato en primera persona, el uso del presente- que nos introducen desde el principio en una deprimente Grozni llena de amenazas. De hecho, lo mejor de la novela se manifiesta antes de que suene el primer disparo, cuando la tensión inunda el aire y la guerra todavía no es sino guerra psicológica, librada cráneo adentro.

En esa calma aparente, los soldados, y con ellos el lector, se dejan llevar por una pacífica rutina, engañoso prólogo de espantosas matanzas. El modo en que se transmite la inquietud creciente revela al escritor de raza que es Prilepin; escritor realista, crudo, poco amigo de los artificios, que apenas deja escapar al protagonista por la rendija de los recuerdos, su casa, su chica, los pequeños placeres cotidianos que se vuelven angustia –imposible olvidar con qué maestría manejaba Norman Mailer esas claves en Los desnudos y los muertos–, la vida fuera de esa anomalía que es luchar cada segundo por sobrevivir.

Aunque es conocida la militancia de Prilepin en el partido Nacional-Bolchevique, encabezado por otro escritor, el singular Eduard Limónov, pocas novelas parecerán menos políticas que ésta: los soldados cumplen órdenes, los milicianos chechenos son sombras amenazantes que hacen su trabajo, pero ni las ideologías, ni las religiones ni las banderas se hacen tan presentes como la fina lluvia que, al más puro estilo Blade runner, cae sobre la capital, sobre “las primeras ruinas de la Tercera Guerra Mundial”, a lo largo de toda la novela.

La violencia, inevitablemente, se desatará, y será terrible. La guerra que cuenta el autor, no obstante, es una guerra sin odio, casi se diría sin pasión, aunque sabemos que en la vida real causó 150.000 muertos en apenas una década. Se diría que al protagonista le encendió más descubrir que su novia había tenido relaciones con otros hombres (“Cómo sueño en ir con un machete debajo de la chaqueta a casa de cada uno de tus caballeros. Cómo sueño con meter en una bolsa los órganos clasificados por ti de esos hombres (…) repleta de testículos y penes marchitos”) que la barbarie que le aguardaba. Pero tratar de indagar en los por qués equivale, de algún modo, a creer que hay razones para que esas cosas ocurran. Zajar Prilepin nos evita prudentemente caer en ese error. Eso lo hermana con Isaak Babel, el gran cronista ruso de la sinrazón bélica.

Según parece, el autor ha cambiado definitivamente el kalashnikov por la pluma, y tiene ya editada media docena larga de libros de ficción y ensayo. Actualmente trabaja como periodista, noble oficio que en Rusia –dicho sea de paso– no deja de ser otra forma de jugarse la vida.

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