Reportaje

El cementerio del mar

Irene Savio
Irene Savio
· 9 minutos
Costa de Malta  |  © Alejandro Luque
Costa de Malta | © Alejandro Luque

El llanto de una de las socorristas que sacudía la cabeza ante la visión de las decenas de cadáveres que yacían en el puerto de Lampedusa tornaba en rabia ante una tragedia que, cada día más, parece de nunca acabar en el sur de Europa. «¿Por qué ha ocurrido? ¿Por qué de nuevo?», se preguntaron incluso los vecinos que, a primera hora de la mañana, vieron desde la costa siciliana un mar que, en lugar de aguas, escupía cuerpos, víctimas de la enésima barcaza naufragada en el mar Mediterráneo.

Durante horas, el recuento no paró de subir. Fue solo en la tarde que se completó un primer cálculo de los fallecidos: 130 personas, entre ellos una mujer embarazada y tres niños. La mayoría, de origen somalí y eritreo. Provenían de Libia en una barcaza de apenas 15 metros de longitud. «Es un horror. No dejan de llegar barcos y descargar muertos. Hay cadáveres por todas partes», dijo Giusi Nicolini, la alcaldesa de Lampedusa. «Esto es un cementerio en el mar», afirmó Francesco Viviano, periodista que se encontraba en el lugar de los hechos y que vio cómo el tanatorio de Lampedusa se saturó en pocas horas.

 «Es un horror. No dejan de llegar barcos y descargar muertos. Hay cadáveres por todas partes»

Aturdida y quizá herida en su conciencia, Italia se entristeció en lo hondo ante el macabro evento. Incluso en los despachos de Roma, atribulados horas antes por las andanzas de Silvio Berlusconi, se cancelaron las reuniones y conferencias de prensa. Los telediarios cambiaron su programación y empezaron a emitir especiales sobre el suceso. Y los políticos, además de entonar sus tardíos mea culpa, apuntaron con el dedo contra Bruselas, echándole en cara la falta de una repartición ecuánime de las responsabilidades dentro de la Unión Europea.

Vergüenza europea

«Hay que plantear cambios, modificar nuestras leyes. Pero Europa no debe dejar sola a Italia», aseveró el presidente del Senado, Pietro Grasso. «Lo paradójico es que los refugiados en Italia son unos 60.000, pocos comparados con otros países europeos. Pero si las cosas aquí van mal, más aún ahora con la crisis, ¿por qué no hay una responsabilidad compartida dentro de la UE?», pregunta el portavoz italiano de Amnistía Internacional, Riccardo Noury.

«Parece que tres pesqueros vieron primero la barcaza y no los salvaron. Esto sucede porque Italia ha juzgado a varios que han salvado a vidas», critica Nicolini, en referencia a la ley italiana, que considera delito ayudar a un inmigrante clandestino, similar a la que hay en España.

Ante la vergonzosa evidencia de que el Mediterráneo es cada día más un mar de muerte, también las autoridades europeas intervinieron. «Tenemos que hacer más, lo que hacemos no es suficiente», reconoció la comisaria europea de Interior, Cecilia Malmström, al considerar que hay que cambiar las leyes europeas.

«No se puede dejar el fenómeno en manos de uno o dos países», coincidió el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz. Esto, después de que tan solo hace unos meses las quejas del primer ministro maltés, Josep Muscat, cayeran en saco roto.

La ruta es la de siempre: salen de Egipto, Túnez o Libia, a veces de  Turquía e incluso Grecia

Es difícil saber con exactitud qué pasó ayer a media milla de la costa, en las aguas adyacentes a la Isla de los Conejos, donde se produjo la catástrofe. Según los primeros testimonios, la tragedia fue desencadenada por un incendio provocado por un cortocircuito, quizá debido a que la barcaza estaba repleta, con unos 500 inmigrantes. Otros dijeron que encendieron una hoguera a bordo porque no tenían cobertura para comunicarse y querían dar señales. Cuando el fuego se volvió incontrolable, se tiraron al agua.

Los rescataron primero dos pesqueros, luego la Guardia Costera y de Finanzas que atendieron a los vivos con mantas y ropa de abrigo, a la vez que continuaban las operaciones de búsqueda de los desaparecidos que, al terminar la tarde, resultaban ser aún unos 200.

«Es el día más horrible de toda mi carrera», dijo el capitán Davide Miserendino, uno de los encargados de coordinar los rescates. «Solo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza», dijo el Papa.

Unas horas antes, otro barco cargado con 463 inmigrantes había llegado a Lampedusa. Otros miles lo hicieron durante todo el verano, cuando los traficantes de hombres se aprovechan del buen tiempo. La ruta es la de siempre: salen de Egipto, Túnez o Libia, con destino a Europa. Muchos provienen de campos de refugiados del norte de África, donde las condiciones de vida son pésimas. Otros incluso de la atribulada Grecia y de Turquía. Desde 1990, se estima, han muerto cerca de 8.000 personas en el Canal de Sicilia; más otros 20.000 en todo el Mediterráneo. Y estos son solo aquellos de los que se tiene noticia.

Angelino Alfano, ministro de Justicia de Italia, repartió culpas, el viernes, mirando hacia Bruselas. «Mostraremos que esta isla (Lamepdusa) es la verdadera puerta de entrada a Europa. Italia levantará su voz en Europa para modificar los acuerdos de Dublín que carga demasiado a los países con mayor ingreso de inmigrantes”, prometió el ministro.

El polémico reglamento de Dublín II – que en enero será reemplazado por la tercera versión, Dublín III – data de 2003 y define que las solicitudes de asilo deben ser examinadas por aquel país en el que haya entrado el solicitante, si es inmigrante irregular. Algo que carga de trabajo a los países «de entrada», en opinión de Alfano, aunque en realidad, Alemania, Francia, Suecia, Reino Unido y Bélgica son quienes más solicitudes de refugiados tratan al año.

Refugiados en el limbo

Osman, un eritreo que no supera las cuarenta primaveras, entra primero y llama la atención sobre las tres úlceras vasculares que esconde debajo de un gastado pantalón. Luego viene Mouna, una joven somalí que pide ayuda para encontrar trabajo y que, en un patatús de infantilismo, se fastidia mientras Ghoiton hace gala de su pasado en el ejército eritreo, explicando en árabe el estado de salud de un bebé de tres meses, con tos y evidentes señales de malnutrición.

Ahí están los residentes del Selam Palace –también apodado Shame Palace (Palacio de la vergüenza) por las oenegés–, un gueto de ocho pisos situado en el suburbio romano de Romanina, ocupado ilegalmente desde 2005 por exiliados de Etiopía, Eritrea, Somalia y Sudán. La gran mayoría con el estatus de refugiado político o de protección humanitaria ya otorgado y con una edad promedio de entre los 25 y 35 años. Gente de bien y honrada, pero que viven en esta especie de ciudadela del horror donde un baño llega a ser compartido entre 250 personas.

«No hay adecuadas condiciones higiénicas, agua potable o calefacción; en invierno temblamos»

«Las situaciones más banales aquí se transforman en tragedias», interrumpe Donatella D’Angelo, la médico que es presidente de Cittadini del Mondo, la única oenegé que, una vez a la semana, visita el edificio. «Puede ser muy frustante; hoy he visto otros 300 colchones tirados en el garaje. No se puede vivir así. Por eso, muchos padecen depresión», dice, mientras atiende en un improvisado ambulatorio que más bien recuerda un escenario bélico, pues falta prácticamente todo lo necesario.

«Ni hay adecuadas condiciones higiénicas, agua potable o calefacción, en invierno temblamos», añade Angelo Patriarca, otro voluntario que, en su vida diaria, trabaja en un estanco.

La escena habla del dramático malfuncionamiento del sistema de acogida de refugiados en Italia, donde destaca la «práctica ausencia de medidas para la integración», según un informe de Consejo de Europa redactado por Nils Muiznieks en junio de 2012.

Son múltiples las razones de esta situación, claro. Aunque «el problema principal es que, tras concederles el estatus de refugiado, muchas de estas personas no tienen acceso a una preparación para entrar en el mundo laboral ni a dinero de bolsillo para reconstruirse una vida», explica Valeria Carlini, del Consejo Italianos para los Refugiados (CIR), que cree que parte del problema está en una mala gestión de los fondos que Italia recibe de la UE (6,8 millones de euros en 2013).

Algunos han intentado diez veces huir del centro de refugiados para ir a otro país europeo

Falta incluso sitio para alojarlos. De hecho, Italia tiene al día de hoy apenas lugar para 7.500 refugiados; eso, a pesar de que tan sólo el año pasado fueron presentadas 15.700 peticiones de asilo político, de las cuales 8.260 fueron aceptadas, según datos de la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) y del ministerio de Interior de Italia.

Las oenegés achacan la culpa al Estado italiano, por su incapacidad ante el fenómeno, pero también a los reglamentos de Dublín, que sigue exigiendo a los refugiados que permanezcan en el primer país de la Unión Europea que pisan. Y que no se vayan, pase lo que pase.

Eso, a pesar de que muchos de ellos sí quieren irse. «Hay que gente que lo ha intentado diez veces, otros incluso se han quemado las huellas digitales», cuenta Bahr Abdallah, el sudanés que está a cargo del Selam Palace, con sus 800 residentes habituales que llegan hasta a los 1.200 cuando es verano y arriban más pateras. Él también lo intentó. «Fue en 2007, aquí no conseguía trabajo y quería probar suerte en Inglaterra, pero me devolvieron».