Opinión

Sísifo redimido

Uri Avnery
Uri Avnery
· 12 minutos

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Si hay un Dios, seguramente tiene un gran sentido del humor. La carrera de Shimon Peres, quien está a punto de terminar su mandato como presidente de Israel, es una prueba evidente.

Aquí tenemos a un político de toda la vida, que nunca ha ganado unas elecciones. Aquí tenemos al mundialmente reconocido ‘Hombre de Paz’, que ha iniciado varias guerras y nunca ha hecho nada por la paz. Aquí tenemos a la figura política más popular de Israel, que durante la mayor parte de su vida fue odiado y despreciado.

Una vez, hace varias décadas, escribí un artículo sobre él con el título “Mr. Sísifo”. Sísifo, como se recordará, fue condenado para toda la eternidad a subir una pesada roca hasta la cima de una colina, y cada vez que se acercaba a su objetivo, la piedra se le escapaba de las manos y bajaba rodando de nuevo.

Esa ha sido la historia de la vida de Peres… hasta ahora. Dios, o quien sea, ha decidido obviamente que ya es suficiente.

Todo comenzó cuando Peres era un niño en un pequeño pueblo polaco. Muchas veces se quejaba a su madre de que los demás alumnos de la escuela (judía) le golpeaban sin motivo. Su hermano menor, Gigi, tenía que defenderlo.

 Nunca se olvidó que Peres no combatió en 1948, algo que le valió el desprecio de nuestra generación

Llegó a Palestina en 1934, un año después que yo, cuando era un niño de 11 años (es cinco semanas mayor que yo). Su padre lo envió a la escuela agrícola de Ben Shemen, una aldea infantil que era un centro de adoctrinamiento sionista. Allí, el polaco Persky se convirtió en el hebreo Peres y se unió a Noar Oved (“juventud trabajadora”), la principal organización juvenil del Mapai, el partido del gobierno. Como era habitual entonces, fue enviado a un kibbutz.

Ahí es donde comenzó su carrera política. El Mapai se dividió en dos, y lo mismo hizo su movimiento juvenil. Los jóvenes más activos se unían a la “Facción 2”, la sección de izquierdas. Peres, siendo ya instructor, fue uno de los pocos que prudentemente se quedó en el Mapai, y por lo tanto atrajo la atención de los líderes del partido.

La recompensa llegó pronto. Estalló la guerra de 1948. Todo el mundo de nuestro grupo de edad se apresuró a unirse a las fuerzas de combate en lo que parecía ser, literalmente, una lucha a vida o muerte. A Peres, Ben Gurión lo envió al extranjero para comprar armas. Una tarea importante, sin duda, pero una que podría haber desempeñado un hombre de 70 años.

Nunca se olvidó el hecho de que Peres no sirvió en el ejército en este fatídico momento, lo que le valió el desprecio de nuestra generación durante décadas.

Me encontré con él por primera vez cuando teníamos 30 años; ya era director general del Ministerio de Defensa y el favorito de Ben-Gurion, yo era el editor jefe de una popular revista de la oposición. No fue un caso de amor a primera vista.

En los años 50 ordenó interminables  “actos de represalia” para mantener al país en pie de guerra

En su posición de poder, el joven Peres era un belicista decidido. A principio de los años 50, su Ministerio ordenó una cadena interminable de “actos de represalia”, cuyo objetivo era mantener al país en pie de guerra. Refugiados árabes que regresaban por la noche a sus aldeas fueron asesinados; como represalia muchos judíos fueron asesinados y las unidades no oficiales del ejército cruzaron, a su vez, las líneas de armisticio hacia Cisjordania y la Franja de Gaza para matar a civiles y soldados.

Cuando el ambiente fue propicio, Ben-Gurion y Peres comenzaron la guerra del Sinaí de 1956. El pueblo argelino se alzó contra sus amos coloniales franceses. Incapaces de admitir que se enfrentaban a una auténtica guerra de liberación, los franceses culparon al joven líder egipcio, Gamal Abd-al-Nasser. En connivencia con otra potencia colonial en declive, Gran Bretaña, los franceses conspiraron con Israel para atacar a Nasser. Acabó siendo un desastre, pero Peres y el jefe del Estado Mayor Moshe Dayan fueron recibidos en Israel como héroes, los hombres del futuro.

Los franceses demostraron su gratitud. Por sus servicios, Peres recibió un reactor atómico militar en Dimona. Peres todavía se jacta de ser el padre del armamento nuclear de Israel.

Evidentemente su carrera recibió un gran impulso. Ben-Gurion le nombró viceministro, y estaba destinado a convertirse en el ministro de Defensa, el segundo cargo más poderoso de Israel, cuando ocurrió el desastre. El viejo quejumbroso se peleó con su partido y fue expulsado. Peres le siguió. La roca rodó hasta el pie de la colina.

Ben-Gurion insistió en fundar un nuevo partido y arrastró consigo a Peres. Con una energía inagotable, Peres “surcó” el país: fue de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, y el partido “Rafi” empezó a tomar forma. Finalmente, con toda su variedad de celebridades, ganó sólo diez escaños en la Knesset. (El partido de la paz que yo fundé al mismo tiempo obtuvo una séptima parte de su número de votos).

Como miembro de un pequeño partido de la oposición, Peres fue vegetando. El futuro parecía oscuro cuando Nasser llegó al rescate. Envió a su ejército al Sinaí, la fiebre de la guerra llegó a un nivel frenético y el público decidió que el sucesor de Ben-Gurion, Levy Eshkol, debía renunciar a su cargo como ministro de Defensa. Se mencionaron varios nombres. Encabezando la lista estaba el de Peres.

Rabin inventó un título que se le quedó a Peres durante muchos años: “Intrigante incansable”

Y entonces sucedió de nuevo. Moshe Dayan le arrebató el premio y se convirtió en el ministro de Defensa, vencedor de la guerra de 1967 y un héroe en todo el mundo. Peres se quedó como un político gris, un ministro menor. La roca cayó de nuevo.

Durante seis gloriosos años, Dayan fue el capitán de la ‘nave de los locos’, hasta el desastre de la guerra del Yom Kippur. Él y Golda Meir dejaron el puesto y el país necesitaba un nuevo primer ministro. Peres fue el candidato obvio. Pero en el último momento, prácticamente de la nada, apareció Yitzhak Rabin y se marchó con el premio. Peres tuvo que conformarse con el Ministerio de Defensa.

No lo hizo. Durante los tres años siguientes dedicó días y noches a un esfuerzo incesante para socavar a Rabin. La lucha se hizo famosa y Rabin inventó un título que se le quedó a Peres durante muchos años: “Intrigante incansable”.

Sin embargo, el esfuerzo dio sus frutos. Cerca del final de su mandato, Rabin hizo frente a un escándalo: parece ser que después de dejar su cargo como embajador en Estados Unidos, había dejado abierta una cuenta bancaria en Washington, en contra de la ley israelí. Dimitió en medio de la campaña electoral de 1977, y Peres tomó el mando. Por fin, el camino estaba libre.

Cuando Peres como candidato, el Partido Laborista perdió las elecciones, tras 44 años en el poder

Y entonces ocurrió lo increíble. Después de 44 años consecutivos en el poder, desde antes de la fundación de Israel, el Partido Laborista perdió las elecciones. Menachem Begin llegó al poder. La responsabilidad recayó en el líder del partido, Shimon Peres. Nadie culpó a Rabin.

En vísperas de la guerra del Líbano de 1982, Peres y Rabin fueron a ver al primer ministro Begin y le instaron a atacar. Esto no impidió que Peres, dos meses después, apareciera como el principal portavoz en la enorme manifestación de protesta después de la masacre de Sabra y Shatila.

Begin renunció y Yitzhak Shamir ocupó su lugar. En las siguientes elecciones Peres por lo menos consiguió un empate. De nuevo Shamir se convirtió en primer ministro, pero sólo para dos años, con Peres relevándolo después.

Durante sus dos años como primer ministro, Peres no hizo nada por la paz. Su objetivo principal fue convencer al presidente Chaim Herzog para que les concediera una amnistía al jefe del Servicio de Seguridad y a un grupo de sus hombres que admitieron haber asesinado con sus propias manos a dos jóvenes prisioneros árabes que habían secuestrado un autobús.

En 1992 fue de nuevo Rabin quien llevó a su partido al poder. Le dio a Peres el ministerio de Exteriores, probablemente porque no le podría hacer daño desde allí. Sin embargo, las cosas tomaron otro rumbo.

Yasser Arafat, con quien yo había estado en contacto desde 1974 y con quien me encontré en la asediada Beirut en 1982, decidió hacer la paz con Israel. Entre bastidores, se estableció contacto en Oslo. El resultado fue la firma de los históricos Acuerdos de Oslo.

Entre Peres, su asistente Yossi Beilin y Rabin empezó una competición para llevarse el mérito. Peres trató de apropiárselo entero. Beilin se opuso con rabia. Pero fue, por supuesto, Rabin quien tomó la fatídica decisión y quien pagó el precio.

Primero fue la batalla por el Nobel. El comité de Oslo decidió, por supuesto, otorgárselo a Arafat y Rabin (como lo había hecho antes con Sadat y Begin). Peres, furioso, exigió compartirlo y movilizó medio mundo político. Pero si Peres lo conseguía, ¿por qué no Mahmoud Abbas, que había firmado junto con él, y que había trabajado durante años por la paz palestino-israelí?

Nada que hacer. El premio sólo pueden recibirlo tres personas como máximo. Peres lo consiguió, Abbas no.

Los Acuerdos de Oslo abrieron un nuevo camino para Israel. Peres comenzó a hablar (incesantemente) sobre el Nuevo Oriente Medio, un concepto que adoptó como marca personal. Él y Rabin habían arreglado las cosas entre ellos. Y entonces ocurrió el desastre de nuevo.

«Si unas elecciones no se pueden perder, Peres las perderá de todas formas”

Unos minutos después de estar junto a Peres y cantando una canción por la paz en una multitudinaria manifestación en Tel Aviv, Rabin fue asesinado. Peres había pasado junto al asesino cuando éste ya llevaba la pistola amartillada, pero no tuvo el honor de recibir una bala.

Ese fue el punto culminante y dramático de Peres y de Israel. Todo el país hervía de ira. Si Peres, el único sucesor, hubiese convocado elecciones inmediatamente, habría ganado con un triunfo aplastante. El futuro de Israel habría sido diferente.

Pero Peres no quería ganar como el heredero de Rabin. Deseaba ganar por méritos propios. Así que pospuso las elecciones, comenzó una nueva guerra en Líbano, que terminó en desastre, causó otra mortífera campaña de terror al ordenar el asesinato de un admirado líder de Hamas, y perdió las elecciones.

Parece una variante de la ley de Murphy: “Si unas elecciones se pueden perder, Peres las perderá. Si unas elecciones no se pueden perder, Peres las perderá de todas formas”.

En una ocasión memorable, Peres se dirigió a una reunión del partido y en voz alta hizo una pregunta retórica: “¿Soy un perdedor?”. Todo el público le contestó: “¡Sí!”.

Ese debería haber sido el final de los problemas de Sísifo. Personas nuevas se hicieron cargo del Partido Laborista. Peres fue dejado de lado. O al menos eso parecía.

Peres, ‘h0mbre de la paz’, hizo aceptables en el poder a Rabin y a Netanyahu

Ariel Sharon, el líder del Likud, el partido de la extrema derecha, llegó al poder. En todo el mundo se le consideraba un criminal de guerra y autor de muchas atrocidades; una comisión israelí le había declarado “responsable indirecto”de la masacre de Sabra y Shatila y era el hombre detrás del fatídico proyecto de los asentamientos. Necesitaba a alguien para que lo consideraran aceptable. ¿Y quién estaba allí? Shimon Peres, el internacionalmente reconocido ‘Hombre de Paz’. Más tarde, hizo lo mismo para Netanyahu.

Pero su roca cayó por última vez. La Knesset tenía que elegir a un presidente de Israel. Peres era el candidato obvio, con la única oposición de un don nadie político, Moshe Katzav. Sin embargo, sucedió lo imposible: Peres perdió, a pesar de que se había sometido a una operación que le había cambiado la expresión decaída de toda la vida a una algo más agradable.

Incluso la gente a la que no le gustaba Peres coincidieron en que esto ya era demasiado. Katzav fue acusado de violación y enviado a prisión. Peres finalmente, al fin, ganó unas elecciones.

Desde entonces, la tragedia se ha convertido en una farsa. El hombre que había sido objeto de abusos durante toda su vida de repente se convirtió en la persona más popular de Israel. Como presidente podía hablar todos los días, lanzando un sinfín de absolutas banalidades. El público simplemente estaba entusiasmado.

A nivel mundial, Peres se convirtió en uno de los ‘Viejos Importantes’, uno de los ‘Ancianos Sabios’, el ‘Hombre de Paz’, el símbolo de todo lo bueno de Israel.

Su sucesor ya ha sido elegido. Una persona muy agradable de la muy extrema derecha.

En unas semanas, Peres finalmente dejará el cargo.

¿Finalmente? ¡Pero si sólo tiene 90 años!