El mapa en la pared

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 31 May 2015

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Un antiguo ministro del gobierno, alguien (no obstante) inteligente, me preguntó hace unos días: “Asumamos que tu plan se lleva a cabo. Se crea un Estado palestino codo con codo con Israel. Incluso algún tipo de federación. Luego, en unos años, un partido violentamente antiisraelí llega al poder y anula todos los tratados. ¿Entonces qué?

Mi respuesta fue simplemente: “Israel siempre será lo suficientemente fuerte para prevenir cualquier amenaza”.

Eso es verdad, pero no es la verdadera respuesta. La verdadera respuesta se encuentra en las lecciones que nos enseña la historia.

La historia nos muestra que hay (al menos) dos tipos de acuerdos de paz. Uno de ellos, el más estúpido, se basa en el poder. El otro, el más inteligente, se basa en el interés común.

En Versalles, los vencedores querían infligir el mayor daño posible a los vencidos

El más conocido del primer tipo es el Tratado de Versalles, que siguió a la Primera Guerra Mundial.

Se firmó cuatro años antes de que yo naciera, pero siendo un niño fui testigo presencial de sus resultados.

Se trataba de una paz “dictada”. Tras cuatro años de lucha y millones de víctimas, los vencedores querían infligir el mayor daño posible a los vencidos.

Grandes partes de Alemania fueron separadas de la patria y entregadas a los vencedores al este y al oeste, y se le impusieron enormes indemnizaciones a un país que ya estaba completamente exhausto por la guerra.

Puede que lo peor de todo fuera la “Cláusula de Culpabilidad”. Los orígenes de la guerra fueron variados y complicados: un patriota serbio asesinó al heredero al trono de Austria; ésta respondió con un duro ultimátum. El Imperio Ruso zarista, que se veía a sí mismo como el protector de todos los eslavos, declaró una movilización general para asustar a los austríacos. Los rusos, por otro lado, estaban aliados con los franceses. Para prevenir una invasión desde ambos lados, los alemanes, que se habían aliado con los austríacos, invadieron Francia. La idea era neutralizar a Francia antes de que la torpe movilización rusa se completara. Temiendo una victoria alemana, el Reino Unido se apresuró a ayudar a los franceses.

¿Complicado? Mucho. No obstante, los vencedores forzaron a los alemanes a firmar una cláusula que los señalaba como únicos responsables del estallido de la guerra.

Cuando yo iba al colegio en Alemania, había colgado ante mí un mapa de este país. Mostraba las fronteras que entonces tenía el Reich (como aún se le llamaba), y a su alrededor una prominente línea roja que mostraba las fronteras antes de la guerra.

La humillación de firmar un tratado tan injusto era un escozor permanente; acabó convirtiéndose en grito de guerra

Este mapa estaba colgado en todas las clases de todos los colegios de Alemania. Desde la más temprana edad, a todos los niños y niñas alemanes se les recordaba la gran injusticia que había sufrido su patria cuando grandes pedazos le fueron arrebatados.

Aún peor, a todos los niños alemanes se les enseñó que su padre había luchado valientemente durante cuatro años contra un enemigo enormemente superior, y que se rindió únicamente por puro agotamiento. Alemania había jugado sólo un papel menor en los eventos que llevaron a la guerra, y aún así toda la culpa recayó sobre ella, del mismo modo recayeron enormes “reparaciones” que arruinaron la economía alemana.

La humillación de firmar un tratado tan injusto era un escozor permanente, que acabó convirtiéndose en el grito de guerra del nuevo Partido Nacionalsocialista de Adolf Hitler. Los políticos que habían firmado el documento fueron asesinados.

La historia ha culpado a los líderes de los victoriosos aliados por su estupidez al dictaminar esos términos, especialmente después de que el visionario presidente norteamericano Woodrow Wilson advirtiera sobre las posibles consecuencias.

Probablemente no tuvieron otra opción. La terrible guerra había generado un odio intenso, y los pueblos estaban sedientos de venganza. Pagaron por ello con creces cuando Alemania, bajo el liderazgo de Hitler, empezó la Segunda Guerra Mundial.

Un ejemplo opuesto lo encontramos en el acuerdo de paz del Congreso de Viena de 1815, casi cien años antes.

Las tropas napoleónicas habían invadido grandes partes de Europa; al contrario que la Alemania de Hitler, la Francia de Napoleón llevaba consigo un mensaje civilizador, pero sus tropas también cometieron muchas atrocidades. Cuando Francia estaba exhausta y colapsó, los aliados vencedores le podrían haber impuesto fácilmente los mismos humillantes y punitivos términos que sus sucesores le impusieron a Alemania un siglo más tarde. No lo hicieron.

En lugar de tratar a Francia como un enemigo vencido, la invitaron a la mesa. El exministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, Charles-Maurice de Talleyrand, fue bien acogido, como uno de los líderes que darían forma al futuro de Europa.

El espíritu dirigente del Congreso de Viena fue Klemens von Metternich, hábilmente asistido por el británico Lord Castlereagh. A Francia se le permitió recuperarse en poco tiempo.

El “Concierto europeo” creado en Viena mantuvo la paz en Europa durante casi cien años

Uno de los grandes admiradores de Metternich y sus colegas es Henry Kissinger; desafortunadamente, él hizo lo contrario cuando se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores de los Estados Unidos.

El “Concierto europeo”, creado por el Congreso de Viena, estableció un sólido sistema que mantuvo la paz en Europa durante casi cien años, con algunas excepciones (como la Guerra Franco-Prusiana de 1870). El espíritu de sus fundadores brilla aún hoy como ejemplo de sabiduría.

La Segunda Guerra Mundial, la más terrible de todas, podría haber terminado con un segundo tratado de Versalles, pero no lo hizo.

Tras la rendición incondicional de Alemania, no se firmó ningún tratado de paz. Después de las horribles atrocidades de los nazis, no había posibilidad de ningún generoso tratado. Alemania se dividió, pero en lugar de pagar enormes indemnizaciones, increíblemente, recibió de los vencedores grandes sumas de dinero para que pudiera reconstruirse en un tiempo récord. Sí que perdió mucho territorio, pero unas décadas más tarde Alemania se convirtió en una de las potencias líderes de una Europa unida. Una gran guerra en Europa es ahora impensable.

Winston Churchill y sus compañeros obviamente habían aprendido la lección de Versalles, desmintiendo el dicho popular que dice que la historia enseña que la historia no enseña nada.

Incluso el Estado de Israel se comportó con gran sabiduría (en cuanto a lo que a Alemania se refiere). Las chimeneas de Auschwitz apenas habían dejado de humear cuando Israel, bajo el liderazgo de David Ben-Gurion, firmó un tratado con Alemania. Tristemente, Ben-Gurion no mostró la misma sabiduría al enfrentarse con el mundo árabe.

La historia nos muestra que no son ni los ejércitos poderosos ni la abundancia de armas los que garantizan la paz

Llegó el momento de Oslo, cuando todo era posible. Martin Buber me dijo una vez: “Hay un momento exacto para un acto histórico. El momento antes no es bueno. El momento después no es bueno. Pero un momento, es bueno”.

Desafortunadamente, Yitzhak Rabin no reconició ese momento en absoluto. Dudo si sabía algo sobre historia del mundo.

¿Cual es la lección? Kissinger la expuso bien en uno de sus libros, antes de convertirse en un criminal de guerra.

Es la siguiente: La paz sólo permanecerá si ambas partes se benefician de ella. La paz no permanecerá si una parte importante es excluida.

En el momento de la victoria, el vencedor cree que su poder será eterno. Puede imponer sus términos y humillar al enemigo, pero la historia nos muestra que el poder cambia, y los fuertes de hoy pueden ser débiles mañana. Así mismo, los débiles pueden llegar a ser fuertes y vengarse.

Esa es la lección que Israel debería aprender. Hoy somo fuertes, y el mundo árabe está en ruinas, pero no siempre será así.

Un tratado con Palestina y el mundo árabe prevalecerá si es sabio y generoso. Lo suficientemente sabio como para que el pueblo palestino, o al menos una gran mayoría, llegue a la conclusión de que mantenerlo merece la pena y es a su vez honorable.

Siembre es bueno tener un ejército fuerte, por si acaso. Sin embargo, la historia nos muestra que no son ni los ejércitos poderosos ni la abundancia de armas los que garantizan la paz. Es la buena voluntad de todas las partes, basada en el interés propio.

Y la sabiduría de los políticos (un ingrediente ciertamente raro).

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