La saga de Sísifo

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 25 Sep 2016

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Shimon Peres es un genio. Un genio de la suplantación.

Toda su vida ha trabajado como persona pública. La imagen reemplazó al hombre. Casi todos los artículos que se han escrito sobre Peres desde que cayó enfermo tratan de la persona imaginada, no la real.

Como dicen los americanos: Es tan falso que ya es real.

A primera vista hay algunas similitudes entre Peres y yo.

Él tiene sólo 39 días de edad más que yo. Llegó a este país pocos meses después de que lo hiciera yo, cuando ambos teníamos diez años. A mí me enviaron a Nahal, una aldea cooperativa. A él lo mandaron a Ben Shemen, un pueblo agrícola para jóvenes.

Se puede decir que los dos somos optimistas y que hemos estado activos toda nuestra vida.

Y aquí se acaban las semejanzas.

Yo venía de Alemania, donde éramos una familia acomodada. En Palestina perdimos muy pronto todo nuestro dinero. Crecí en una pobreza absoluta. Peres venía de Polonia. Su familia seguía siendo acomodada en Palestina. Yo mantengo un ligero deje alemán, él tiene un acento polaco muy fuerte.

Nos encontramos cuando teníamos 30 años. Era una historia de desamor a primera vista

Ya en su infancia había algo en él que atraía la furia de sus compañeros en el colegio judío de su pequeña ciudad natal. A menudo le dieron palizas. Su hermano chico solía defenderlo. “Por qué me odian tanto?” le preguntaba Shimon, según relata.

En Ben Shemen se seguía llamando Persky. Uno de sus profesores sugirió que adoptase un nombre hebreo, como hacíamos casi todos. Le propuso llamarse Ben Amotz, el nombre del profeta Isaías, pero otro alumno, Dan Tehilimsager, que también se convirtió en un personaje famoso, pilló el nombre antes. Así que el profesor le sugirió Peres, nombre de una gran ave.

Nos encontramos por primera vez cuando teníamos 30 años. Peres era entonces ya director general del Ministerio de Defensa. Yo era el redactor jefe de una revista que revolucionaba el país.

Me invitó al Ministerio para pedirme que no publicase un reportaje de investigación (sobre el hundimiento de un barco con inmigrantes ilegales en el puerto de Haifa, perpetrado por la Haganah antes de la fundación de Israel). Nuestro encuentro era una historia de desamor a primera vista.

Mi falta de aprecio ya se había formado antes del encuentro. En la guerra de 1948 (“la guerra de la independencia”), yo era miembro de un comando llamado “Los zorros de Sansón”. Todos nosotros, soldados que combatían en esta guerra, detestábamos a quienes tenían nuestra misma edad pero no se alistaban. Peres no se alistó; David Ben-Gurión lo envió al extranjero para comprar armas. Un trabajo importante, pero uno que podría haber desempeñado un señor de 60 años.

Este hecho planeaba como una sombra sobre la cabeza de Peres durante muchísimo tiempo. Explica por qué gente de su generación lo detestaban y amaban a Yitzhak Rabin, Yigal Alon y sus camaradas.

Shimon Peres fue un político desde que era un crío. Un político de verdad, un ser completamente político, un político y nada más. No tenía otros intereses ni pasatiempos.

En el colegio, Peres era un “chico de fuera”, distinto a esos chavales atléticos, nativos

Eso empezó ya en Ben Shemen. Peres era allí un “chico de fuera”, un inmigrante nuevo, distinto a todos esos chavales atléticos, quemados por el sol, nativos. Su cara no muy agraciada no le ayudaba en nada. Sin embargo, atraía a Sonia, la hija del carpintero, que se convirtió en su mujer.

Anhelaba el amor de sus colegas y quería que lo aceptasen como uno más. Se unió a la “Juventud Trabajadora”, la organización juvenil del todopoderoso sindicato Histadrut, y se volvió muy activo. Dado que a los chicos locales, a los que se les daba el mote de ‘sabra’ (higo chumbo), no les gustaba la actividad política, Peres ascendió y pronto se convirtió en instructor.

Su primera oportunidad llegó después de terminar sus estudios en Ben Shemen y unirse a un kibbutz del Partido Laborista (Mapai), que gobernaba la comunidad judía con un puño de hierro. El partido se dividió, casi todos los líderes juveniles se unieron a la ‘facción B’, el grupo opositor. Peres era casi el único que se mantenía fiel a la facción mayoritaria. De esta manera atrajo la atención del supervisor del partido, Levy Eshkol.

Era un ejercicio político brillante. Sus camaradas de primera hora lo odiaban, pero estaba ahora en contacto con la cúpula del partido. Eshkol hizo que Ben-Gurión se fijara en él, y cuando estalló la guerra de 1948, el líder lo envió a Estados Unidos para comprar armas.

Desde ese momento, Peres actuaba como la mano derecha de Ben-Gurión, le admiraba y – sobre todo –, se convirtió en su sucesor político.

Ben Gurión imprimió su visión política al nuevo Estado y se puede decir que este Estado sigue hoy día moviéndose por los raíles colocados por el fundador. Peres era uno de sus principales ayudantes.

Israel necesitaba una potencia occidental como aliado, una potencia imperialista, antiárabe

Ben-Gurión no creía en la paz. Su visión se basaba en la asunción de que los árabes nunca harían la paz con el Estado judío, que se había fundado en lo que eran sus tierras. No habría paz durante muchísimo tiempo, por lo menos. Por eso, el nuevo Estado necesitaba una potencia occidental fuerte como aliado. La lógica dictaba que tal aliado sólo podía venir de las filas de las potencias imperialistas, que temían el nacionalismo árabe.

Era un círculo vicioso: para defenderse de los árabes, Israel necesitaba a un aliado colonialista antiárabe. Tal alianza no hacía más que incrementar el odio de los árabes hacia Israel. Y así sucesivamente, hasta hoy.

El primer aliado en potencia era Gran Bretaña. Pero esto se quedó en agua de borrajas: los británicos preferian unirse al nacionalismo árabe. En el momento oportuno, otro aliado apareció en escena: Francia.

Los franceses tenían un vasto imperio en África. Algeria, oficialmente un departamento de Francia, se rebeló en 1954. Ambos bandos combatían con extremo salvajismo.

Incapaces de creerse que sus argelinos se rebelarían contra ellos, los franceses le echaron toda la culpa al nuevo líder que había llegado al poder en El Cairo. Pero no había ningún país dispuesto a ayudarles en su “guerra sucia”. Excepto uno.

Israel apoyaba la opresión francesa contra los árabes, crecía el odio de los árabes contra Israel…

Ben-Gurión, que ya estaba envejeciendo, temía a ese nuevo líder panárabe, Gamal Abd-al-Nasser. Joven, enérgico, guapo y carismático, Nasser, un excelente orador, no era como los viejos dignatarios árabes a los que estaba acostumbrado Ben-Gurión. Cuando los franceses le ofrecieron su mano, Ben-Gurión la agarró con ansiedad.

Era otra vez el viejo círculo vicioso: Israel apoyaba la opresión francesa contra los árabes, crecía el odio de los árabes contra Israel, Israel necesitaba aún más al opresor colonialista. Yo advertía en vano contra este proceso catastrófico.

El emisario de Ben-Gurión en Francia era Shimon Peres. Gracias a su ayuda, el proceso alcanzó alturas nunca imaginadas. Por ejemplo: Cuando Naciones Unidas debatió una propuesta para mejorar las condiciones de encarcelamiento del dirigente argelino, Ahmed Ben Bella, la única voz en el ONU que votó en contra era la de Israel (Francia boicoteó el encuentro).

Esta alianza poco santa llegó a su clímax en la guerra de Suez en 1956, en la que Francia, Gran Bretaña e Israel atacaron Egipto juntos. La operación suscitó una condena al unísono en todo el mundo, Estados Unidos y la Rusia soviética cerraron filas, y los tres conspiradores tuvieron que retirarse. Israel tuvo que devolver el enorme territorio que había ocupado.

El reactor atómico en Dimona era parte del acuerdo entre Francia e Israel

Los franceses volvieron a llevar a Charles de Gaulle al poder y éste entendió que tenía que poner fin a una guerra sin sentido. Peres seguía alabando la alianza que, según anunció, no se basaba sólo en intereses sino en profundos valores comunes. Yo publiqué este discurso, frase por frase, con mi refutación de cada una. Vaticiné que una vez que se terminase la guerra argelina, Francia dejaría caer a Israel como una patata caliente y retomaría sus lazos con el mundo árabe. Y desde luego, es exactamente lo que sucedió. (Israel, en cambio, adoptó a Estados Unidos).

Uno de los frutos de la aventura de Suez era el reactor atómico en Dimona. Dice la leyenda que Francia se lo regaló a Israel en agradecimiento de los servicios de Peres. En realidad era parte del acuerdo entre Francia e Israel, además de dar un impulso a la industria francesa. Los ingredientes necesarios se obtuvieron en muchos lugares mediante robos y engaños.

A Peres lo elevaron a los altares en Israel. Eran alabanzas para un hombre de la guerra, no de la paz.

La carrera de Peres recuerda la leyenda de Sísifo, el héroe de un mito de la Grecia clásica al que los dioses condenaron a empujar una pesada piedra hasta la cumbre de una colina, pero cada vez que se acercaba a su meta, la roca se le escapaba de las manos y volvía a rodar hasta el valle.

Tras la guerra de Sinaí, la fortuna de Peres alcanzó nuevas alturas. El arquitecto de las relaciones con Francia, el hombre que había obtenido el reactor atómico, fue nombrado viceministro de Defensa y estaba a punto de convertirse en un importante miembro del gabinete cuando todo se derrumbó. Ben-Gurión insistó en hacer público un odioso asunto de sabotaje en Egipto y sus colegas lo depusieron. Insistió en fundar un partido nuevo, llamado Rafi. A Peres, muy a disgusto, le obligaron a unírsele, al igual que a Moshe Dayan, no menos disgustado.

Peres esperaba convertirse en ministro de Defensa, pero el carismático Dayan se hizo con el cargo

Ben-Gurión no era activo, Dayan no hacía nada, y como siempre le tocaba a Peres hacer campaña. Fue surcando la tierra con su habitual energía incansable, pero las elecciones le dieron al partido, con todos sus estrellas brillantes, nada más que diez diputados en una Knesset de 120 escaños, por lo que acabó en la oposición. La piedra de Peres rodó hacia el valle.

Y luego vino la redención… o casi. Abd-al-Nasser envió su ejército al Sinaí, y en Israel cundió el pánico. El partido Rafi se unió al Gobierno. Peres esperaba que se le nombrara ministro de Defensa, pero en el último momento, el carismático Dayan se hizo con el cargo. Israel alcanzó una rotunda victoria en seis días y el Hombre del parche negro en el ojo se convirtió en una celebridad mundial. El pobre Peres tuvo que contentarse con un ministerio de menor rango. La piedra estaba otra vez abajo.

Durante seis años, Peres languidecía, mientras que Dayan se solazaba en la admiración de los hombres y especialmente de las mujeres del mundo. Y luego la suerte volvió a cambiar. Los egipcios cruzaron el canal de Suez y obtuvieron una victoria increíble. Dayan se derrumbaba como un ídolo de barro. Algo más tarde, tanto Golda Meir como Dayan tuvieron que dimitir. Peres era el candidato obvio para el cargo de primer ministro.

El ministro de Defensa sólo tenía una ambición: humillar y sabotear al primer ministro, Rabin

Y luego volvió a suceder lo increíble. De la nada apareció Yitzhak Rabín, el chico nativo, el vencedor de la Guerra de los Seis Días. Lo eligieron primer ministro, pero fue forzado a nombrar a Peres, que no le gustaba, como ministro de Defensa. La piedra estaba otra vez a media altura de la colina.

Los años que siguieron era un infierno para Rabin. El ministro de Defensa sólo tenía una ambición en la vida: humillar y sabotear al primer ministro. Era un trabajo a jornada completa.

Para contrariar a Rabin, Peres hizo algo de consecuencias históricas: creó los primeros asentamientos israelíes en medio de la Cisjordania ocupada. Inició así un proceso que ahora amenaza el futuro de Israel. Rabin, furioso, le dio un mote que se le ha quedado hasta hoy: “El intrigante incansable”.

Unos años después, Rabin tuvo que convocar elecciones anticipadas porque los cazabombarderos enviados desde Estados Unidos llegaron a Israel un viernes, demasiado tarde para que los invitados de honor pudieran regresar a casa sin vulnerar las reglas del shabat. Las facciones religiosas se rebelaron. Rabin, desde luego, encabezaba la lista del partido.

Ya celebraba su victoria cuando resulta que Menachem Begin había ganado las elecciones

Entonces ocurrió algo. Resulta que tras dejar el puesto de embajador en Estados Unidos, Rabin había dejado atrás en América una cuenta bancaria. Algo que en ese momento estaba prohibido. Se acusó a la mujer de Rabin, pero él asumió la responsabilidad y dimitió. Peres se convirtió en el número uno de la lista y por fin, la piedra se acercaba a la cumbre de la colina.

En la noche electoral, Peres ya estaba celebrando su victoria cuando la rueda giró de forma abrupta. Aunque pareciera increíble, Menachem Begin, al que muchos consideraban un fascista, había ganado las elecciones. Ahí se fue la piedra rodando colina abajo.

En vísperas de la guerra de Líbano de 1982 (durante la que yo me entrevisté con Yasser Arafat), los dirigentes de la oposición Peres y Rabin fueron a ver a Begin y le pidieron que invadiera Líbano.

Luego Begin desarrolló Alzheimer y le sucedió otro antiguo terrorista, Yitzhak Shamir. Siguió una especie de interregno, en el que ninguno de los dos mayores partidos podía gobernar solo. Surgió un modelo bicéfalo rotatorio. Durante uno de sus periodos como primer ministro, Peres obtuvo laureles indiscutibles por acabar con la inflación israelí de tres dígitos e instituir el nuevo shekel, la moneda que seguimos utilizando.

La piedra volvió a llegar arriba cuando ocurrió algo muy molesto. Cuatro chicos árabes secuestraron un autobús lleno de gente y lo llevaron al sur. La policía asaltó el bus. El Gobierno aseguró que los cuatro secuestradores habían muerto en el tiroteo, pero luego yo publiqué fotografías que mostraban a dos de ellos vivos, después de haber sido capturados. Resulta que habían sido ejecutados a sangre fría por las fuerzas de seguridad.

En medio de este escándalo, Peres sucedió a Shamir, tal y como se había previsto de antemano. Peres consiguió un perdón oficial para los asesinos, incluyendo al jefe del Shin Bet.

Rabin volvió al poder, con Peres como primer ministro. Un día, Peres pidió verme… algo sorprendente, dado que nuestra enemistad ya formaba parte de la cultura popular.

Me relataba las negociaciones de Oslo y pidió que usara mi influencia para convencer a Rabin

Peres me dio un discurso sobre la necesidad de hacer las paces con la OLP. Dado que esto había sido la meta principal de mi vida desde hacía muchos años, me costó aguantarme la risa. Luego me relataba de forma confidencial las negociaciones de Oslo y me pidió que usara mi influencia para convencer a Rabin.

Peres tenía por supuesto parte en el acuerdo, pero fue Rabin quien tomó la decisión histórica… y quien pagó con su vida.

En mi imaginación veo al asesino esperando al pie de las escaleras, con la pistola cargada, dejando pasar a Peres a pocos palmos y esperando a Rabin, quien bajó los peldaños pocos minutos más tarde.

El comité del Premio Nobel decidió otorgar el Premio de la Paz a Arafat y Rabin. Los admiradores de Peres en todo el mundo pusieron el grito en el cielo hasta que el comité añadió a Peres a la lista. La justicia habría exigido otorgarle al premio también a Mahmud Abbas, que había firmado junto a Peres. Pero los estatutos no permiten más de tres laureados por premio. Así que Abbas no pudo convertirse en Nobel.

Tras la muerte de Rabin, Peres se convirtió en primer ministro interino. Si hubiera convocado elecciones de forma inmediata, las habría ganado por goleada. Pero Peres no quería aprovecharse de la fama del muerto. Espero unos meses, durante los que dirigía una guerra mal planificada en Líbano. Al final perdió las elecciones contra Binyamin Netanyahu.

Peres perdió las elecciones a presidente contra un trepa del Likud llamado Moshe Katzav

(Ahí surgió mi chiste: “Si unas elecciones se pueden perder, Peres las perderá. Si no se pueden perder, Peres las perderá de todas formas”).

En todas las campañas electorales maldecían a Peres y se burlaban de él. Una vez se quejó de una “marea de gestos orientales (obscenos)”, lo cual lo hizo todavía más impopular entre los ciudadanos de origen oriental.

En esa época, Peres hizo algo prudente: se sometió a una cirugía estética. Su aspecto mejoró notablemente.

La desgracia final llegó cuando Peres fue candidato a presidente del Estado. Al presidente, una figura ceremonial desprovisto de poder ejecutivo, lo elige la Knesset. Sin embargo, Peres perdió frente a un don nadie, un trepa del partido Likud llamado Moshe Katzav. Parecía un insulto final.

Pero luego ocurrió, de nuevo, lo increíble. Moshe Katzav fue arrestado y condenado por violación. En las elecciones siguientes, la Knesset votó por Peres, en lo que parecía un ataque de remordimiento colectivo.

La piedra había llegado a la cumbre de la colina. Con su energía inagotable, Sísifo había ganado al final. El que fuera político durante toda su vida sin ganar nunca unas elecciones, ahora era presidente.. y de la noche a la mañana se convirtió en alguien muy popular.

Peres tuvo varios años para disfrutar el nuevo amor del pueblo, su meta durante toda su vida. Y luego, hace dos semanas, tuvo un ataque cardíaco y se quedó en coma.

Espero que se recupere. Ya no hay gente así.

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 24 septiembre 2016 | Traducción del inglés: Ilya U. Topper

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1 comentario en “La saga de Sísifo

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