«ETA tenía un trato reverencial con la Iglesia Católica»

Jon Juaristi

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 11 May 2018

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Jon Juaristi (Sevilla, Mayo 2018) | © Sara Buzón

Sevilla | Mayo 2018

Jon Juaristi (Bilbao, 1951) recibe a MSur en la caseta de su editorial, Renacimiento, en la Feria del Libro de Sevilla, donde firma ejemplares de su última antología poética, Sonetos de la patria oscura. La capital hispalense, que vive una tarde primaveral, no le es en absoluto ajena. Aquí vivió un par de cursos de su juventud. “Tengo recuerdos confusos, fueron años muy intensos y muy caóticos, el curso 68-69, y 69-70. Los años del consejo de Burgos, de Vilar Palacín…”, evoca.

Militante de una incipiente ETA en su adolescencia, acabó siento amenazado por el entorno abertzale, aunque nada le impidió seguir escribiendo sobre el País Vasco, su historia y sus gentes: El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca (1984), Literatura vasca (1987), Vestigios de Babel. Para una arqueología de los nacionalismos españoles (1992), Auto de Terminación: raza, nación y violencia en el País Vasco (1994), El chimbo expiatorio (la invención de la tradición bilbaína, 1876-1939) (1994), El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos (1997), Sacra nemesis. Nuevas historias de nacionalistas vascos (1999), La tribu atribulada. El Nacionalismo Vasco explicado a mi padre (2002)…

Poeta, novelista, traductor, posee entre otros el premio Nacional de Literatura y de Ensayo, el Fastenrath, el Comillas y el Espasa. Reside actualmente en Alcobendas, desde donde, asegura, “puedo ver allá a lo lejos Euskadi”.

Quienes visitan hoy el País Vasco no encuentran ni rastro de la melancolía de su famoso bucle, al menos a primera vista. ¿Ha desaparecido?

«Todo lo que pasó en el País Vasco ha servido pagar menos impuestos»

Chico, no lo sé, contra la melancolía actúa el olvido, que tiene sus ventajas y desventajas. Si olvidas lo que ha pasado, puede volver a pasar. El País Vasco se ha vuelto bastante soso, afortunadamente para ellos. No va a ser un país de héroes o guerreros, como se jactaban algunos, sino un país de cocineros, de pinchos, dedicado a la gastronomía.

¿Todo era, al final, cuestión de dinero?

Sí, de mantener un privilegio. Al final se trataba de no ponerse a la altura de las demás comunidades, no despertarse un día siendo españoles normales. Todo lo que pasó ha servido para dos cosas: para eliminar al Estado del ámbito vasco, para que se desvanezca su presencia y hagan de su capa un sayo. Y para pagar menos impuestos. Para eso ha servido ETA, para hacer desistir a los opositores de vivir allí, y aceptar a los demás partidos algo que era el proyecto de Sabina Arana, y que Arana llamaba “de Euskadi” a secas. Por eso ahora todos los partidos que hay son de Euskadi, PP de Euskadi, PSOE de Euskadi…

¿No era ya, en cierto sentido, una comunidad privilegiada?

«Lo que define la identidad vasca no es la raza ni la lengua, sino el fuero, el privilegio»

Ya era comunidad privilegiada anteriormente, pero han logrado blindarla y dar un escarmiento a todos aquellos que pensaban que aquello podía funcionar como una democracia, con una isosnomía, una normalidad a la española. Nunca en el país Vasco, desde el siglo XVI, se ha admitido eso. Ya lo definió muy bien el propio Urkullu: “Nosotros lo que somos es una nación foral”. Es decir, lo que define la identidad vasca no es la raza ni la lengua, sino el fuero, privilegio, la posibilidad de hacer lo que queramos.

Dicho así, ¿se diría que ETA ha sido un éxito?

Sí, yo acuñé hace tiempo una expresión que creo que sigue siendo válida: los nacionalistas vascos siempre pierden para ganar, convierten la derrota en una victoria, se presentan como una comunidad mártir y sobre todo como objeto de una ofensa irreparable por parte de España. ¿Por qué? Porque dentro del propio nacionalismo español, los vascos también tienen un papel privilegiado. Representan la España primitiva, la España anterior a España, lo que garantiza la existencia de una España eterna. Pueden ser la expresión de la españolidad más acrisolada, o de la antiespañolidad. Es complejo, pero esto se ha saldado con una victoria relativa, una paradójica victoria del nacionalismo vasco.

Usted conoció la universidad vasca como catedrático. ¿Era el nido de abertzales que se ha dicho alguna vez?

No era una situación cómoda, a partir del 96-97 creo que fui el primer profesor al que pusieron escolta. En el 97 me fui a Nueva York, en el 98 a Sevilla, y cuando volví ya no podía dar clase. La situación se había vuelto tan tensa e irrespirable que me fui a Madrid. Pero tampoco quiero exagerar. La Facultad de Vitoria no era la peor, aunque sí había un continuo hostigamiento a los profesores no nacionalistas: a Xema Portillo le quemaron el coche, a Paloma Díaz-Mas le colocaron un artefacto incendiario, a mí carteles y una estupenda pancarta en la fachada, de arriba a abajo. Era incómodo.

La Iglesia acaba de pedir perdón por la connivencia con el terror. ¿Tarde, mal y nunca?

«Es cierto que ETA no ha matado, como dijo alguien, “ni curas ni banderilleros”»

La Iglesia institucionalmente estaba muy dividida en el país Vasco: había una parte con los nacionalistas, con HB y ETA, y otra en contra. Como no me considero parte de la Iglesia desde hace mucho, no es que prestase mucha atención a lo que hacía o decía. Es cierto que ETA no ha matado, como dijo alguien, “ni curas ni banderilleros”. ETA tenía una especie de trato reverencial con la Iglesia Católica.

Una vez le oí decir que la memoria no le interesa a nadie. Habida cuenta del interés que suscita el “relato” en el País Vasco, parece que hay a quien sí le interesa…

Se perderá. Es un poco complicado pretender que se pueda recordar largo tiempo algo. Todo irá cayendo en el olvido. Ortega decía que cada 15 años cambia la estructura de la vida. No te digo nada desde 2003, cuando ETA mató a Joseba Pagazartundua, hay una generación que no tiene esa angustia cotidiana con el terrorismo. La recuerdan de segunda mano y les molesta, supongo que no quieren quedarse fijados en eso.

Dedicó un poema a Sarrionandia, compañero suyo en el grupo Pott. ¿Podremos leer algún día a un autor como él sin tener presente que fue etarra?

«Había un fanatismo en la atmósfera muy terrible, y estaba la presión de la cuadrilla»

A Sarrionandía lo que pasa es que se le ha traducido poco, lo último fue un ensayo suyo, sobre el Rif, Seremos moros en la niebla, sobre un pariente que hizo una gramática amazigh… Lo de Sarrionandía es un poco trágico, ha vivido mucho tiempo fuera del País Vasco. Hay una cierta pérdida, obsolescencia de la literatura de una generación determinada, a la que se añade esta lejanía, siempre de una forma ideologizada, con ETA como telón de fondo. Yo creo que Sarrionandía no ha estado en ETA en los últimos 20 o 30 años, pero ha sido uno de los beneficiarios de la situación.

¿En qué sentido?

Se ha hecho con su espacio protegido.

Para mucha gente, Sarrionandía es una canción…

Sí, Sarri, Sarri, Sarri… Muchos de los que cantan eso no saben que era el más joven de nuestro grupo de amigos escritores, Pott. Cuando le conocí, tenía 17 o 18 años. Empezaba a estudiar en Deusto, era simpático, ilusionado. Pero bueno, en ese país todo estaba patas arriba en aquel momento.

Recuerdo también a Ion Arretxe, del que se han publicado póstumamente las memorias de su paso por Intxaurrondo. Cuando lo leí, pensé si no hubo una juventud vasca casi forzada a elegir entre la heroína y ETA…

El problema es que el impacto de ETA fue muy destructivo, en el país y en varias generaciones. Había un fanatismo en la atmósfera muy terrible. Y estaba la presión de la cuadrilla. Leí un libro de Arretxe, el primero creo. No me gustó, había demasiada búsqueda de de justificación… Al menos tenía el arrojo de plantarse frente a ETA.

Si su admirado Gabriel Aresti levantara la cabeza, ¿qué escribiría hoy?

No entendería nada. Aresti era un hombre de posguerra. Era comunista, admirador de Blas de Otero, estaba muy metido en ese vasquismo de posguerra, que nada tiene que ver con el actual. Despertar ahora, en el País Vasco de la nueva cocina y la cultura de la intrascendencia y la frivolidad, no sé qué le parecería. No entendería nada, supongo.

Usted se convirtió al judaísmo hace 15 años. ¿Por qué se asocia tan a menudo antisemitismo y antisionismo?

«Creo que lo que hay en el espectro del antisionismo es judeofobia de distintos tipos»

A mí no me gusta hablar de antisemitismo, prefiero judeofobia. El antisemitismo marca una determinada judeofobia del XIX a la segunda mitad del XX. Lo que hay ahora es diferente. Creo que en el antisionismo hay elementos de judeofobia, incluso de autofobia por parte de muchos judíos antisionistas, pero supongo que eso lo da una cierta estructura ideológica. Muchos israelíes en este momento se consideran post-sionistas, ni siquiera sionistas. El asunto es complicado, pero creo que lo que hay en el espectro del antisionismo es judeofobia de distintos tipos.

¿Eso condena a los agnósticos a ser judeófobos, en tanto no se cree en un dios que hace 3.000 años concediera un territorio al pueblo elegido?

Lo que pasa es que el judaísmo nunca ha sido teocéntrico. Ha sido más bien una religión nomecéntrica, no es ese dios que entrega la tierra, entrega la ley. El sionismo en su origen tenía poco de religioso, es un fenómeno muy tardío. Aparece tras la II Guerra Mundial como una interpretación tanto integrista y fundamentalista, desde el sector más ultrarreligioso, que ve en el Holocausto la gran catástrofe anunciada. Esos son los que han puesto en vigencia todos estos mitos, la Alianza de Dios con Abraham para entregarle la tierra entre el Nilo y el Eúfrates… Son gente peligrosa.

¿Es partidario de que los judíos estén reunidos en Israel, en lugar de ser libres para vivir donde les plazca?

Yo soy un judío diaspórico, para empezar. Esta idea de los judíos como pueblo, no me acaba de convencer. Son otra cosa, una religión en su origen y luego una cultura secularizada, marcada por esa religión.

No tiene, pues, una idea genética del judaísmo…

Para nada.

¿Por qué el mercado español reserva tan poco espacio a la literatura en ladino, que la hay?

«Esta idea de los judíos como pueblo no me acaba de convencer»

Fundamentalmente es una literatura oral. Lo que conocen los españoles de la literatura en judeoespañol es a través de discos, interpretaciones, canciones, romances sefardíes, etc. Gran parte de la literatura oral ha sido editada en colecciones o ediciones académicas, como las de Hassan y Romero, interesantísimo todo, pero que fuera del ámbito académico no se conocen demasiado. No ha tenido esa dimensión de la literatura de masas, de alta calidad, como han tenido muchos autores asquenazíes, o autores judíos que han escrito en inglés o en castellano normativo.

¿Son como el lince ibérico de las lenguas?

Es una literatura cooptada, como la vasca. Está subvencionada, también como el yiddish en Israel. Son literaturas residuales, que no tienen demasiado público. Lo sabía Behavis Singer, que no era para un público de masas, pero si se traduce al inglés, sí. Eso, traducir inmediatamente, se hace a menudo también en euskera.

Fue director del Cervantes. ¿Conseguiremos la respetabilidad del español como gran lengua mundial, como la tiene el francés?

Hay camino que recorrer, y no sé si el Cervantes va a ser el factor fundamental. El español tiene una ventaja, la relativa unidad de la lengua. Ha habido una escasa fragmentación, al contrario que el francés o el inglés, o más acusadamente incluso el portugués: los brasileños tienen que ver las películas portuguesas con subtítulo. Se aprende pronto, no tiene excesiva complejidad fonética. Mi hijo mayor es profesor en una universidad de Hong Kong, dice que no importa qué tipo de español se imparta. Cada cual enseña su español, mexicanos, españoles… No hay las diferencias que ves entre el cantonés y el sichuanés. Es una lengua mucho más unida.

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