Desarraigados

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 16 Jun 2018

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Vi el sol
Dirección: Mahsun Kirmizigül

Género: Largometraje
Intérpretes: Mahsun Kirmizigül, Demet Evgar, Murat Ünalmis, Cemal Toktas, Erol Demiröz, Altan Erkekli
Produccción: Boyut Film
Guión: Mahsun Kirmizigül
Duración: 120 minutos
Estreno: 2009
País: Turquía
Idioma: Turco. Subtitulado español
Título original: Güneşi gördüm

 

Es un filme tan triste que hasta el gatito en las rodillas se me echó a llorar. Cierto: lo vi en casa, en el sofá (aunque en Estambul no sería demasiado raro tener un gato en las rodillas en un cine); está en las principales distribuidoras vía internet. Pero tristeza aparte es un buen filme. Verídico, al menos. Tristeza aparte no es la palabra: la vida real es exactamente tan triste como el filme, a veces. Para algunos.

Quizás se odien, quizás se amen, una vez elegido el monte o la ley, eso ya no importa

No hacía mucha falta que al abrirse el telón se advierta: “Basado en hechos reales”. Es un hecho real – y todos lo sabemos o deberíamos saberlo – que decenas de miles de campesinos kurdos fueron expulsados manu militari de sus pueblos en el sureste de Turquía. En la época en la que se rueda el filme – que sitúa la acción en el presente, es decir en 2008 –, estas evacuaciones tal vez ya no fueran tan brutas como en los ochenta y noventa, cuando los tanques sitiaban y aplastaban aldea tras aldea. Ahora, a los soldados – o así lo muestra el director, Mahsun Kirmizigül, él mismo kurdo de Diyarbakir – se les supone un trato correcto frente a los aldeanos, la evacuación es una necesidad militar, no un castigo, no hay más remedio.

Pero el resultado es el de siempre: arribar a Estambul la grande – ya contaba entonces con trece millones de habitantes – con apenas un par de maletas, con cinco niñas y un bebé a cuestas, quizás una mujer enferma de tanto dar a luz, tener buscar un piso desnudo, un trabajo de estibador, lo que sea, no deja de ser un drama.

No nos ahorra nada el director: ya antes de partir de la aldea nos ha metido en el brete del padre que tiene un hijo en el Ejército (el servicio militar es absolutamente obligatorio en Turquía) y otro en la guerrilla. Se dispararán, lo adivina usted. Quizás se odien, quizás se amen, una vez elegido el monte o la ley, eso ya no importa. Pero esta no era la historia que nos quería contar. Si bien es una historia verídica: ocurre todos los días.

No nos ahorra tampoco el director el lado tremendamente patriarcal de la sociedad kurda: este decepción del padre por nacer su cuarta hija, esta amenaza de buscar otra esposa si ella no cumple con el deber de darle un heredero: es aún más obscena la alegría por tener un varón que la furia por tener una niña. Pero esta tampoco era la historia que nos quería contar. Si bien es verídica.

Aquí es fácil hacer amigos para pintarse los labios, probarse pelucas, bailar en las discotecas

La historia que estructura la narración arranca ya mediada la película: intentando unos adaptarse a la gran Estambul, y otros confiándose a los traficantes de personas que los mandarán a Noruega. Como aquí va mal todo lo que puede ir mal, casi parece un milagro que la familia no perezca asfixiada en el interior del camión sellado que cruza Europa (recordamos que también eso habría sido verídico).

Lo curioso de la historia es que al final, superadas las barreras burocráticas gracias al lado humano de los burócratas, Noruega parece un lugar más acogedor que Estambul. O al menos no hay roces. Sí los hay en Estambul, cuando el hermano menor del padre protagonista – el de las cinco niñas, el bebé varón y la mujer enferma – descubre que no es el único hombre en el mundo al que le gusta hablar con voz de mujer, sentirse mujer. Ay, Estambul podría ser un paraíso para él: está lleno de travestis, especialmente en los alrededores de Tarlabasi, este antiguo barrio de griegos y armenios venido a menos, muy a menos, ahora poblado por kurdos y gitanos desarraigados, con la colada ondeando al viento de fachada a fachada. Aquí es fácil hacer amigos para pintarse los labios, probarse pelucas, bailar en las discotecas donde se liga por dinero. Ay, el dinero. Ser travesti abre una única vía: la prostitución.

Miento. Abre otra. Porque si hay algo insoportable para la sociedad kurda patriarcal, es que un hijo – o un hermano – te salga marica. Tan insoportable como que una hija o hermana pierda la virginidad (o da lugar a habladurías de haberla perdido). Se castiga igual: con la muerte. Sin remisión.

Eso también es verídico. No nos lo ahorra el director. Y podemos aún agradecerle que las cinco niñas de la película son todas tan crías que solo piensan en salir a la calle a jugar a la pelota con las demás niñas: al menos el drama del himen, que también se arregla a disparo limpio – es verídico –, nos lo ha ahorrado.

El drama de ser una cría de seis o siete años y tener que cuidar del hermanito bebé

Pero no el drama de ser una cría de seis o siete años y tener que cuidar del hermanito bebé, ese hermanito varón que es todo para el padre. Tener responsabilidad de madre a esa edad, responsabilidad de vida y muerte, sin saber, frente a una cosa que se llama lavadora y que no había en el pueblo, esto también es un drama. Y esto no nos lo ahorra el director. Desea uno que no sea verídico.

Conforme avancen los dramas, la película, eso sí, pierde su arrojo visual. Da la sensación de que alguien ha pegado un grito en la sala de edición: ¡Recorten como sea, pero que no se pase de dos horas! Y ahora, en lugar de escenas bien desarrolladas, como al principio, las secuencias se hacen cada vez más cortas, en una especie de staccato acelerado hasta el final, hasta llegar a asemejarse a una sucesión de fotos fijas. Con una intención pedagógica cada vez más clara, la búsqueda de una conciliación emocional entre el terrible destino de los kurdos arrancados de sus pueblos y el Estado que no tiene más remedio que combatir a la guerrilla, pero no por eso deja de querer a todos sus hijos. No solo los militares que reparten caramelos, también las funcionarias del colegio que acoge a las cinco niñas kurdas se muestran de su mejor lado, son personas llenas de buena voluntad.

Aquí todos son buenos, hasta quienes empuñan las pistolas: no pueden ser de otra manera

Esto es tan verídico como lo contrario: el director no ha querido apostar por mostrar un Estado opresor sino uno acogedor. Aquí todos son buenos, hasta quienes empuñan las pistolas. El drama es que no pueden ser de otra manera. Porque la guerra, porque el pueblo, porque Estambul.

Sorprende que esta cinta, melodramática sí, pero bien rodado en gran parte, con un juego de cámara hermoso, sensible, tierna incluso, muy recomendable para proyectarse en cualquier taller sobre el conflicto kurdo, porque hace reflexionar… sorprende que salga de las manos del mismo Mahsun Kirmizigül – cantante, actor, director, empresario – que solo un año más tarde firmó la infumable americanada Cinco minaretes en Nueva York, a mayor gloria del islamismo light y su gurú, Fethullah Gülen (entonces aún aliado del Gobierno turco, claro). Vi el sol, en cambio, no da la impresión de haber sido encargo de ningún bando, y sí un homenaje del cineasta a la tierra que lo vio nacer y a sus dramas. Sin concesiones. La vida misma.

Miento. Mahsun Kirmizigül sí nos ha ahorrado un drama. En la vida real, las familias de las montañas kurdas no hablarían en turco, ni siquiera en turco con fuerte acento, como los actores (una concesión al público: ahorrar subtítulos). En la vida real, las cinco niñas no habrían entendido nada al llegar al colegio. Si habrían sentido más perdidos que en Noruega. Habrían llorado por no saber qué les dice la profesora, por estar arrojadas a un mundo ajeno. Porque la vida real puede ser todavía más putada que una película verídica de Mahsun Kirmizigül.

 

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