Artes

Mircea Cartarescu

El lápiz de carpintero

M'Sur
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· 23 minutos

Cartarescu en Formentor

Mircea Cartarescu (Formentor, Sep 2018) | © Alejandro Luque / M’Sur

Mircea Cartarescu pasea por la playa de Formentor en la víspera de recibir el premio del mismo nombre. No deja de ser una imagen en cierto modo paradójica: un autor que identificamos con esa Bucarest oscura, pesadillesca, alucinante que reflejan sus libros, caminando por uno de los rincones más hermosos del Mediterráneo, que en estas postrimerías del verano entona su despedida de luces poderosas y vientos tibios.

El viaje del joven grafómano rumano desde la grisura comunista hasta esta orilla soleada, donde ha venido a recibir honores que antes tuvieron –entre otros– Borges, Samuel Beckett, Carlo Emilio Gadda y Saul Bellow, es una de las aventuras más apasionantes de la literatura contemporánea.

Poco más se debería añadir a las palabras de Cartarescu al recoger el galardón. Solo queda celebrar que los lectores españoles hayan podido ir siguiendo la trayectoria del escritor desde aquella revelación de deliciosa brevedad que supuso El ruletista a sus empeños más colosales, como el superventas Solenoide o la trilogía Cegador, cuya primera entrega, El ala izquierda, acaba de llegar a las librerías, pasando por Lulú o Levante. Quienes se hayan asomado a esos mundos turbadores, inquietantes, siempre asombrosos, sabrán que son también un camino de deslumbramiento e irresistible placer estético: un extraño modo de perpetuar el verano.

[Alejandro Luque]

 

 

 

El lápiz de carpintero

 

Discurso leído en Formentor, en el acto de entrega del Premio Formentor de las Letras
el 28 de septiembre de 2017

 

 

Cada vez que se me concede el honor de recibir un premio, ya sea un premio insignificante o uno extraordinario, como el actual premio Formentor, me siento invadido por la sorpresa y por una especie de horror sacro. Porque siempre he pensa­do que los premios son para los escritores, para los autores profesionales de poemas, novelas y obras de teatro. Siempre sospecho que se trata en el fondo de una especie de confusión, que me llamarán enseguida para explicarme que se trata de un error, que en realidad el premio le ha sido adjudicado a uno de esos grandes nombres para los cuales existen los premios. Yo no me he considerado ni me he llamado nunca escritor. Para mí, denominarte a ti mismo escritor −tú, un pobre individuo que escribe− es tan grotesco como llamarte profeta, iluminado, sabio, filósofo o teólogo. ¿Cómo sería si, retirado en una cueva oen medio del desierto, les dijera a los que vienen a visitarme:«Soy el asceta Cărtărescu»? ¿O si, desde la cátedra de Filosofía de una universidad, les dijera a los estudiantes: «Soy el filósofo Cărtărescu»? La ascesis, el genio, la santidad o la iluminación no tienen nada que ver con tu estamento social, con tu identidad convencional, no son funciones como la profesión o el estado civil sino regalos inmerecidos que se te han concedido y que debes aceptar con humildad.

Del mismo modo, la pa­labra «escritor» no puede ser sino un homenaje, merecido o no, que te rinden otros y que debes aceptar con modestia e inmensa gratitud. Alabarte a ti mismo por este atributo del que no deberías, de hecho, ser consciente, es triste y ridículo. Así se explica la sonrisa sarcástica de Seymour Glass, en un relato de J.D. Salinger, cuando su hermano Buddy escribe, en el apartado «profesión» de un formulario en el centro de re­clutamiento, «escritor profesional». «¿Desde cuándo es la es­critura tu profesión?», le pregunta Seymour. «Yo pensaba que era tu religión». También yo creo en aquellos para los cuales la escritura es una religión practicada con devoción, en soledad, en aras de la alegría personal y de la búsqueda de uno mismo, no una manera de adquirir un estatus social, notoriedad, di­nero y gloria.

Nunca quise ser escritor, solo quise escribir, escribir de ver­dad, con todas mis fuerzas. Aislado en mi pobre provincia, en un país oscuro, en una ciudad en ruinas, en una casa torcida como las de Soutine, me recuerdo siempre, a todas las edades, leyendo y escribiendo. En la adolescencia me construí una es­pecie de mito personal que, en cierto modo, he conservado como un icono sagrado durante toda la vida: estaría siempre solo, sin familia ni amigos, viviría en una habitación amuebla­da con una mesa y una cama. A través de la ventana se colaría eternamente la luz amarilla del ocaso. Bajo esa luz de una tris­teza desgarradora escribiría, día tras día, unas pocas páginas de un manuscrito infinito, alimentado con los fantasmas de mi mente, manchado con los fluidos de mi cuerpo. Allí estaría todo, el fabuloso engrama de mi mente y de mi vida, el mapa completo de mis complejos, el juego de paciencia de mis re­flejos, el vuelo fantástico sobre sí mismo de un destino que me había convertido en una pluma en la mano de un Dios desconocido. Eso es lo que quería ser: un instrumento para escribir, alguien a través del cual se escribe. No publicaría nada, jamás. Caligrafiaría infinitamente, a mano, en unas hojas amarillen­tas, los bucles de las letras de tinta, menudas, ásperas y apre­tujadas, que levitarían a un dedo de la página, como dicen que levitaban las letras en las tablas de Moisés, escritas con el dedo de Dios. El manuscrito crecería, aumentaría, con el paso de los años el papel se desmigaría y desaparecería, devorado por los pequeños escorpiones que viven entre las hojas, pero las letras de tinta permanecerían, extendidas capa sobre capa, conecta­das entre sí, unidas en horizontal y en vertical a través de den­dritas y sinapsis transparentes, comenzarían a vivir y a pensar de forma independiente, como un cerebro textual que refleja­ra el mundo entero. Algún día me hallarían muerto, bajo esa misma luz amarilla de la ventana, con la cabeza sobre mi ma­nuscrito, descubierto en ese momento con asombro, no como un libro más, sino como un nuevo planeta o un nuevo univer­so. Solo libre de mí podría por fin mi libro estirar sus huesos, como la hermana de Gregor Samsa al final de La Transforma­ción, para extender después las alas sobre el mundo.

Más adelante supe que, de hecho, existen individuos que es­criben en soledad, con frenesí, como si les fuera la vida en ello. Algunos han alcanzado, paradójicamente, una enorme popu­laridad, casi todos después de morir y casi siempre sin de­searlo: Emily Dickinson, Lautréamont, Kafka, Marcel Proust. O Virgilio, que pidió que quemaran La Eneida a su muerte. Otros siguen siendo un enigma de una belleza y una enverga­dura sobrenatural. Entre ellos hay amateurs dotados de genio, como el aduanero Rousseau o Frida Kahlo, curiosos pintores bicéfalos como Desiderio Monsú, esquizofrénicos que escri­bieron sistemáticamente sus alucinaciones como el asombro­so Presidente Schreber (no conozco una novela de una poesía más oscura y más intensa, de una riqueza semejante en los de­talles de una locura extravagante y, sin embargo, lúcida como las de sus Memorias de un neurópata), en fin, monstruos solita­rios como Henry Darger, el autor de la novela más larga y de­lirante del mundo, espléndidamente ilustrada con mariposas y niñas ensangrentadas. A estos individuos que parecen de otros mundos, que transitan por caminos distintos a los de la tradi­ción y el gusto común, los he considerado siempre mis herma­nos y mis ídolos. En un mundo de copias sin original, en pala­bras de Baudrillard, ellos son los originales perdidos. Ellos no se denominaron a sí mismos escritores, artistas o pensadores, porque escribieron en soledad, para sí mismos, «para entender su situación», como decía Kafka, y para exprimir de su sufri­miento feliz la gota de poesía sin la cual incluso el más com­plejo y refinado arte no es sino ceniza.

Porque el mundo en el que hemos vivido durante tres mil años, desde los espléndidos e increíbles textos de Heródoto o de Homero hasta hoy en día, ha sido un mundo coherente, concéntrico, como una diana que se correspondiera con nues­tro sentido mismo en el mundo: una civilización centrada en la cultura, una cultura centrada en el arte, las artes centradas en la literatura y la literatura centrada en la poesía. En el nú­cleo de la poesía, finalmente, que es el núcleo de la condición humana, se encuentra el lirismo. Él es la cisterna de oro líqui­do del núcleo de la humanidad, la sustancia que buscamos en todas partes, en cada esfuerzo humano, desde las Matemáticas hasta la Filosofía, desde la Literatura hasta la Física cuántica, desde la Matemática a la Teología, pues él representa la gracia universal, el flotar en el viento del pensamiento Zen, la ondu­lación de las algas del mar al ritmo de las olas y las corrientes.

Me he definido siempre no como un escritor partícipe de un sistema de funciones y valores formalizados, sino como un amateur, libre de toda afiliación. He escrito siempre a mano, sin editar, desafiando el mito extendido del escritor que traba­ja infinitamente en su texto. No he formado nunca parte del mundo literario, sea local o universal, he publicado siempre casi por casualidad, no he negociado nunca un contrato, no he tenido nunca un agente literario. No mantengo, como tantos escritores, dilatados intercambios epistolares, no tengo ningu­na red de contactos. Ese es el motivo por el que cada muestra de aprecio por mi escritura ha sido siempre una gran sorpresa para mí. El hecho de que un jurado, sobre todo el de un pre­mio prestigioso, llegue a interesarse por mí, un hombre de una zona del mundo cenicienta y triste, a leerme y a preferirme por delante de unos autores mucho más prestigiosos da fe del mi­lagro de la literatura.

Le debo todo a la literatura. Ella se ha ocupado de mi edu­cación moral y religiosa, a través de sus filtros he contemplado, a lo largo de toda la vida, el espectáculo del mundo. ¿Cómo he llegado yo, el hijo de unos simples trabajadores de la periferia de Bucarest, que no tuvo una biblioteca en casa, que no visitó un museo ni fue al teatro hasta que llegó a la universidad y que solo escuchó música clásica cuando fallecía algún presidente, a encontrarme ahora ante ustedes, en este lugar con el que no me habría atrevido a soñar jamás? A través de unos curiosos e irónicos giros del destino. Tal vez resulte divertido rozar con un dedo imaginario uno de esos nudos de la columna verte­bral de mi vida, empezando con una extraña premonición.

A la edad de cinco años, en la pintoresca barriada donde vi­víamos, los niños pasaban por la ceremonia del «corte del me­chón». Con esta ocasión se reunían todos los familiares ata­viados con sus rígidas galas de ceremonia –las mujeres lucían unas horribles permanentes hechas con tenacillas, los hom­bres, unas camisas blancas manchadas de ceniza de cigarrillo y el rostro cortado por cuchillas de mala calidad– para ver cómo a un niño asustado, en brazos de su padrino, le cortaban con unas tijeras un ricito suave del cabello de la coronilla, prendi­do con un lazo azul. El sacerdote envuelto en ropajes dorados debió de parecerme tan terrible como Jehová en persona. Mis padrinos eran una pareja inolvidable, como salida de uno de los cuadros del aduanero Rousseau. Ella, una rubia corpulenta y robusta, con el pelo rizado lleno de lazos, un vaporoso vesti­do rosa y unos zapatos tan monstruosos como dos instrumen­tos de tortura; él era menudo –le llegaba al pecho–, moreno y vestía un traje de etiqueta con hombreras y doble botonadura. Mi padrino era famoso en todo el barrio por los ataúdes que fabricaba a la medida de los clientes, así como por los rieles para las cortinas y por las sillas sólidas que salían de sus ma­nos. Llevaba siempre en la oreja un lápiz ancho, de carpintero, que humedecía con la boca para poder marcar en la madera el punto del corte, de modo que sus labios y su lengua estaban siempre violetas. La casa de mis padrinos era la única que olía embriagadoramente a adelfas, estaba pintada de azul intenso y tenía un gran ángel de escayola sobre la entrada. En ciertos momentos del día, cuando el cielo adquiría el matiz exacto del azul del revoque, la casa se fundía en el azur universal y se vol­vía completamente invisible. El ángel parecía entonces volar libre por el cielo cristalino de verano.

Bajo su vuelo planeado, delante de la casa invisible, tenía lugar ahora la ceremonia. El cura me cortó el mechón y el pa­drino me colocó ante los ojos la bandejita tradicional sobre la que se alineaban varios objetos disparatados: un vasito de vino, unas tenazas, dinero, una muñequita con pelo de lana, unas es­pigas de trigo… Tenía que elegir, sucesivamente, tres objetos de la bandeja que vaticinarían mi vida futura: si elegía el vaso, sería un borracho; si elegía la muñeca, un afeminado; si elegía las tenazas, un obrero diligente, etc. Me pregunto qué Dios empujó suavemente, en ese momento, con la punta del dedo, el lápiz de la oreja del padrino y lo hizo caer entre los objetos de la bandeja. La cuestión es que me apresuré a hacerme con aquel lapicero que ni siquiera tenía que estar allí, lo sujeté con todas mis fuerzas y no lo solté, no quise elegir nada más. El lapicero sería mi destino, todo el mundo lo vio con claridad. Pero su interpretación fue errónea y así siguió durante mucho tiempo. Los rostros que me rodeaban, unas máscaras estri­dentemente maquilladas, como las de Ensor, se echaron a reír: «¡Ajá, el pequeño Mircea será carpintero, como su padrino!». Durante toda mi infancia, mi madre me paseaba, como por casualidad, por los negocios de pompas fúnebres, mirando de reojo si yo demostraba algún interés por los ataúdes; me llevó después al taller de mi padrino, lleno de serrín y cola elabora­da con tuétano, para que viera cómo montaba las tablas de las sillas, todo en vano. La carpintería no cuajó en mí. El ángel de la entrada me había entregado, con su mágica ironía, un lapi­cero distinto. En cierto modo, todo lo que he escrito a lo largo de la vida lo he escrito, de hecho, con ese lápiz de carpintero que el destino colocó entre mis dedos desde el principio. El callo que tengo en el dedo corazón, provocado por los incon­tables bolígrafos y plumas y lapiceros, es la única señal de trabajo duro que presenta mi cuerpo y estoy orgulloso de él como de una medalla de honor.

Durante mi adolescencia, me costó hacerme con una bi­blioteca. No tenía dinero para libros. Mi madre me daba cada día algo para que me comprara un bocadillo. Con cinco o seis de esos bocadillos virtuales, nunca comidos, me compraba un libro. Con los cien bocadillos que nunca adquirí, conseguí fi­nalmente una estantería de libros. Frecuentaba también la mi­núscula biblioteca del barrio, era su único cliente y en poco menos de un año la había leído entera. En el instituto viví un periodo de máxima soledad, hasta la irrealización y la esqui­zofrenia. No tenía amigos, por no hablar de novias. No hacía otra cosa que leer. Leía ocho horas al día, comía libros, exten­día sobre la rebanada de pan de mi cuerpo esquelético una capa de libros y me autodevoraba a diario. En clase llenaba el encerado con los versos de los poetas que leía. Mis compañe­ros me contemplaban horrorizados. Me desprendía lentamen­te de la realidad como se desuella la piel ajada del cuerpo de la serpiente. Cuando apartaba los ojos del libro, después de leer horas y horas en la cama, entre las sábanas empapadas de su­dor, veía el negativo de las líneas del libro proyectado en la pa­red. Todo el mundo que me rodeaba estaba escrito con líneas de libros, con palabras y letras amarillas, brillantes. Vivía ya en los libros mucho más que en la realidad.

A partir de la sustancia densa de la soledad del instituto he escrito todos mis libros, como una araña que tuviera una única víctima en la red, a ella misma con otra edad: el chaval del­gado, obsesionado por la literatura, de ojos morados, que es el personaje central y el espíritu vivo de cada uno de mis libros. Al igual que Borges, que en uno de sus relatos se encuentra consigo mismo adolescente, yo también he sentido siempre que cada uno de mis textos es un diálogo entre nosotros, el de entonces y el de ahora, situados a ambos lados del enorme ma­nuscrito, del cerebro textual que es el fruto de nuestro empeño común de cuarenta años de literatura. ¿Cómo habría podido adivinar él, en la soledad absoluta de entonces, que un buen día hablaría yo sobre su extraño rostro ascético en la ceremo­nia de entrega de un gran premio internacional?

Empecé a escribir en sueños y en la realidad. No se trata de ninguna mistificación. Ya en la facultad tuve sueños en los que sostenía en la mano libros escritos por mí. En los sueños co­nocía cada uno de ellos –relatos, novelas, libros de versos– con todos los detalles de las líneas narrativas y con todos sus per­sonajes. Me parecían maravillosos, era feliz por haber podido escribirlos. Cuando me despertaba recordaba solo su existen­cia, no su contenido. Se acumularon, a lo largo de los años, unos diez libros que existen solo en sueños, una biblioteca de sueños, tan concreta en mis sueños como mis libros de la rea­lidad. Distingo cada uno de ellos y daría un ojo de la cara si, de contrabando por el río Leteo, pudiera traerlos a este mun­do. ¿Cuándo los he escrito? ¿Cómo? No lo sé, como tampoco sé cuándo escribí sus hermanos reales. A veces pienso que la propia literatura es un sueño gigante y que, como dijo Valéry, todas las obras de todos los tiempos son solo un inmenso poe­ma, brotado de la mente de un solo poeta que sueña.

Mis libros reales parecen haberse escrito solos. Cuando los releo –en rarísimas ocasiones y solo por motivos académicos– no los reconozco, o no los reconozco como míos. Son com­pletamente orgánicos en el sentido de que he dejado que crez­can por sí mismos, sin plan inicial alguno, sin documentación, sin pensar en ellos un solo instante a lo largo de su escritura. Nunca he roto una página, no he quitado ni añadido nunca una frase en el flujo continuo de su escritura. He sido siempre como una mujer embarazada que sigue con su vida cotidiana, va a las compras y al trabajo, disfruta con las flores de su casa y se entristece con el paso de los años, ve la televisión pero, al mismo tiempo, sabe que en su vientre, sin la intervención de una mano ni de una mente, se está formando el niño. Sin tra­bajar, revisar, sin planificar. Como un origami que, arrojado al agua, se abriera para formar una flor de loto o un cisne. Nun­ca, incluso por la mitad de un libro de mil páginas, he sabido qué voy a escribir en la página siguiente. Pero he sabido que mi mente lo sabe. La carrera no la gana el jockey, sino el caba­llo. El secreto consiste en que el jockey sea ligero y deje libre al caballo, que apenas lo roce, que levite sobre él si es posible. Un individuo que escribe levita sobre su mente, le da rienda suelta, no la dirige con espuelas y fusta como hacen habitual­mente los escritores. En este sentido, la escritura es una cues­tión de fe, de fe en tu propia mente, que sabe mucho más que tú: «¿Desde cuándo es la escritura tu profesión? Yo pensaba que es tu religión…» De ahí que resulte tan ridículo el orgullo de los escritores, ese pavoneo con unos libros que les adeudan bien poco. No merecemos, ninguno de nosotros, el don que se nos ha concedido, esa efusión del cielo sobre nosotros que es cada libro.

Ahora cuando, al cabo de cuarenta años de escribir litera­tura, soy considerado a menudo un escritor, me hacen muchas veces la pregunta estereotipada: ¿por qué escribes? Y ¿por qué sigues escribiendo en un mundo que, de manera tan evidente, no aprecia la literatura? Levanta un momento los ojos de esos cuadernos en los que garabateas sin cesar y mira a tu alrede­dor: ¿a quién le importa tu escritura? Podrías lanzar hoy en día La Divina Comedia, las Elegías de Rilke o Las olas de Virginia Woolf sin obtener eco alguno. Se perderían en el montón informe de libros en que se ha convertido la literatura actual. El mundo ha cambiado, la belleza se ha vuelto subterránea y marginal. El Mecanismo de Anticitera del ser humano, que en otra época funcionaba a la perfección, bien engrasado, con todas las ruedas dentadas en su sitio, uniendo los destinos te­rrestres con los estelares (la civilización centrada en la cultura, la cultura centrada en el arte, las artes centradas en la literatu­ra, la literatura centrada en la poesía y la poesía en el lirismo… la cisterna de oro fundido de nuestras vidas) está estropeado y desencajado por completo. Contemplamos hoy, con ojos apa­gados y ancianos y desilusionados, el triste panorama de una civilización sin cultura, de una cultura sin artes, de unas artes sin literatura, de una literatura sin poesía y de una poesía sin lirismo. Gruesas placas de herrumbre han anquilosado nues­tro espíritu y nuestro corazón y nuestra alma, así que ¿para qué vas a escribir? ¿Para quién vas a escribir? El mundo se ha con­vertido en el espacio de los crímenes de guerra y de las ideo­logías totalitarias, del abandono del humanismo, del torrente de bulos y del arte comercial. El nivel educativo desciende con cada generación, el número de lectores disminuye sin cesar, el mercado del libro decae continuamente. Los escritores ya no son estrellas, no tienen ya visibilidad, no pueden soñar ya con la gloria, la fama y el dinero.

Además, una desesperación milenarista ha cubierto el mun­do de hoy con un nubarrón melancólico: parece que se acerca el final, el de nuestra especie, el de nuestro mundo, el de nues­tras ilusiones. No por una catástrofe exterior, sino por el aba­timiento de nuestro espíritu, que sabe ahora que existen dos trillones de galaxias en el universo conocido y que cada una al­berga billones de estrellas. Que el propio universo es, según la teoría de cuerdas, solo uno de los 10 elevado a 500 universos, que no nos podemos aferrar siquiera a la idea de realidad por­que, tal vez, vivimos en un holograma. ¿Qué redención, qué valores, qué humanidad puede resistir este asalto de la nada? Desapareceré en una millonésima de segundo, y será como si no hubiera existido jamás, junto con todos mis libros, mi ta­lento y mi estupidez y mi impostura y todo. ¿Por qué sigo es­cribiendo en esta especie de apocalipsis ridículo, en semejante vacío supra-aglomerado?

La mejor respuesta ofrecida jamás a esa patética retahíla de preguntas es la de Samuel Beckett: «Pourquoi j’écris? Bon qu’à ça!» («¡Porque sí!»). La última vez que me preguntaron por qué continúo escribiendo, respondí lo primero y más sen­cillo que se me pasó por la cabeza: «Pregunte a una gata por qué tiene gatitos, por qué sigue trayéndolos a este mundo lle­no ya de gatitos y que no los necesita en absoluto. En el que millones de gatitos mueren en su primer día de vida. Pero a la gata no le importa. Ella sigue teniendo gatitos simplemente porque es una gata y no puede evitarlo, así como no puede evi­tar tener patitas, bigotes o cola». Yo soy un hombre que escri­be, escribir forma parte de mi definición. Seguiría escribien­do aunque no quedara nadie que supiera leer, incluso aunque fuera la última persona en el mundo. La escritura es un órgano vital de mi cuerpo, una de sus funciones vitales. Preguntarme por qué escribo cuando nadie lee ya es como si me preguntaras por qué respiro si nadie más respira en este mundo.

Queridos amigos, he realizado un largo viaje desde el lá­piz de carpintero que, con un año, en una humilde barriada de Bucarest, elegí en aquella bandeja para no volver a soltar­lo jamás, hasta aquí, a esta sala, ante todos ustedes. Me resul­ta difícil expresar lo honrado que me siento al recibir el premio Formentor. En la lista de los ganadores de este premio, desde su creación hasta hoy en día, he encontrado a muchos autores para los cuales la escritura no ha sido jamás una pro­fesión, sino una religión. Que han traído la belleza al mundo no creándola, sino alumbrándola. No puedo compararme con ellos ni en sueños, y precisamente por ello doy las gracias de todo corazón al jurado que me ha considerado digno de figu­rar en esa lista gloriosa, al igual que a todos ustedes, que aman la literatura y continúan su gloriosa tradición. Sobre todos no­sotros flota ahora, y seguirá flotando siempre, el ángel de es­cayola de la poesía.

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© Mircea Cartarescu · 2018 · Cedido a M’Sur por el autor