Raqqa, año primero

Publicado por

Lluís Miquel Hurtado

@llmhurtado

Periodista (Tarragona, 1986). Vive en Estambul, donde colabora con el diario El Mundo.

Publicado el 22 Mar 2019

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Un niño juega con perros entre las ruinas de Raqqa (Enero 2019) | © Lluís Miquel Hurtado


Raqqa (Siria)
 | Enero 2019

Las cicatrices de la guerra han marcado el cuerpo y el alma de la familia Alaweed. Fawzar, el anciano patriarca, conserva una profunda herida en la pierna, producto “del impacto de un cohete, no sabemos de quién, cerca de casa”. Está desempleado y no tiene para sus medicinas. Nashwa, su mujer, se descubre la cabeza para mostrar una hendidura en el cráneo, fruto del mismo incidente.

Ambos mantienen un hijo, que perdió una pierna por una mina en el patio, y una hija con dos retoños, abandonados por el padre. Fawzar arremanga el pantalón de su nieto para mostrar una gran herida de metralla en su pierna. Otra muestra del terror que los civiles sufrieron durante la batalla por las calles del barrio de Bustan Hani. Este vecindario fue uno de los últimos de Raqqa que mantuvieron los extremistas en 2017, antes de ser expulsados por una alianza de fuerzas kurdas y árabes, apoyadas por los bombardeos aéreos de una coalición de países liderada por Estados Unidos.

La caída de la capital del califato del Daesh, oficializada el 17 de octubre de 2017, trajo el sosiego a una ciudad reducida a escombros. Tras huir un año de Raqqa, como hicieron muchos vecinos debido a los combates que se libraban cerca de casa, los Alwaleed se encontraron, al regresar, con su hogar convertido en un solar en ruinas. “Sólo hemos podido reconstruir una habitación”, lamenta el viejo. Un cuadrilátero humilde de ladrillos de hormigón desde donde ver pasar la vida.

“Tras la liberación de Raqqa, el 85% de la ciudad estaba destruida”, dice Khalid Barkal, miembro del Consejo Civil encargado de gobernar Raqqa. “Nuestro primer paso fue establecer una organización al cargo de la reconstrucción. Las prioridades eran limpiar las calles, rehacer los puentes y garantizar el suministro de agua y electricidad. La gente que se había refugiado en el extrarradio está regresando poco a poco”.

“Ellos, los del Daesh, tenían mucho dinero. Venían y compraban sin tan siquiera mirar los precios”

Hace un año, Raqqa era un amasijo de cascotes y cadáveres, entre ellos los de más de 1.500 civiles muertos en la batalla. Hoy, sus calles dan al visitante una lección de resiliencia. Aunque la mayoría de edificios siguen en ruinas, sus moradores han reconstruido las plantas inferiores para habitar en ellos. Las persianas de las tiendas aún lucen el sello de los recaptadores del Daesh, pero sus rótulos coloridos, mostrando cuerpos femeninos, testimonian la resurección de Raqqa. La vida se abre paso; el negocio no tanto. “Somos más libres, y estamos más tranquilos que antes”, reconoce un frutero llamado Omar, que trata de sostener a su mujer y sus tres retoños, “pero el negocio es peor”. “Ellos”, dice el vendedor, refiriéndose a los extranjeros que poblaron el califato, “tenían mucho dinero. Venían y compraban sin tan siquiera mirar los precios”. En contraposición, lamenta, ahora el dinero apenas le da para reconstruir dos habitaciones de su casa, desvencijada por las bombas.

La mayoría de raqauíes que acceden a hablar con la prensa se quejan de la falta de fondos para reparar sus viviendas. “Me tuve que ir de Raqqa con lo puesto. Al regresar no podía saber ni dónde había estado mi casa. Me quedé sin hogar, sin coche y sin dinero. Nadie nos ayuda”, lamenta Momahed Said Omar. A diferencia de él, asegura, sus vecinos del barrio de Yamiat, al otro lado de la calle, sí han recibido ayudas para la reconstrucción. “Interpondremos una petición colectiva de fondos ante el Consejo Civil”, remacha.

“Raqqa es una ciudad grande y necesita más apoyo. Apenas recibimos ayuda económica directa, sino soporte en forma de comida, limpieza de calles y asistencia humanitaria”, explica Barkal, cuya organización no lo tiene fácil. En una ciudad como Raqqa, donde la victoria de las fuerzas aliadas trajo consigo tensiones de tipo étnico -existe un tradicional rechazo mutuo entre árabes y kurdos- ganarse los corazones del pueblo se convierte en una tarea todavía más ardua si no se pueden ganar lo estómagos.

“Todavía hay células durmientes de Daesh y del régimen; quieren sembrar el caos”

Aunque la calma prevalece en las calles de Raqqa, en gran parte gracias al éxito del Asayish, la policía ligada a las Fuerzas Democráticas Sirias que acabaron con el Daesh, los pequeños brotes de insatisfacción popular pueden obrar a favor de sus enemigos. El siete de enero pasado, el Daesh reivindicó su primer atentado en Raqqa desde su expulsión. Un hombre bomba irrumpió en un centro de reclutamiento y acabó con cuatro civiles y un miliciano, según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos.

Pistoleros desconocidos asesinaron a Omar Alloush en su propio hogar, en la ciudad fronteriza con Turquía de Tel Abyad, a finales del pasado marzo. Alloush, miembro del Consejo Civil de Raqqa, trabajó a favor de la cohesión social en el antiguo bastión yihadista. Brett McGurk, el exenviado de EEUU para la Coalición anti-Daesh, lo describió como “un valiente patriota sirio que trabajó para restablecer a vida en las comunidades devastadas por el Daesh”.

Episodios violentos eventuales como estos son intentos de desestabilización de los enemigos del nuevo proyecto político, cree Khalid Barkal. “Todavía hay células durmientes de Daesh y del régimen. Quieren sembrar el caos porque ven que la población regresa y vive confortablemente”, asegura. Una comodidad floreciente, pero todavía precaria. “Es increíble que en sólo un año hayamos podido hacer todo esto por la gente, sin apoyo de nadie”, concluye Barkal, “pero no es suficiente”.

La plaza que quiere olvidar el infierno

Si el Estado Islámico todavía gobernase Raqqa, hubiera teñido de sangre viernes como el pasado. Las persianas alzadas de las tiendas del bazar, el bullicio por las calles del centro o las colillas humeantes entre los labios de más de uno, desafiando las normas draconianas que prescribían silencio y recogimiento durante los días sagrados en la antigua capital del Daesh, hubiesen sido castigadas severamente. Los infractores hubiesen sido ejecutados sin misericordia en la plaza del Paraíso.

Un topónimo que suena sarcástico para un sitio donde se decapitó, acribilló y crucificó a docenas por incumplir una ley fanática. Donde las cabezas de los degollados coronaban las picas que rodeaban la plaza, y los cadáveres permanecían durante largos días junto a carteles donde se anunciaba su crimen: fumar, juego ilegal, escuchar música. Eran tantas víctimas, entre ellas incluso un niño de siete años acusado de “blasfemia”, que los vecinos rebautizaron el espacio como “plaza del Infierno”. No era para menos. Para aleccionar a los raqauíes, las huestes del Daesh los convocaban por megafonía y los forzaban a presenciar en vivo las ejecuciones. Ahora toca pasar página.

“Las mujeres estaban obligadas a ir completamente tapadas, con prendas negras: no éramos libres”

Para satisfacción de vecinos como Ali Abdala, un tendero veterano que ofrece especias a pocos metros del infame lugar, las escenas horrendas vividas en él empiezan a disiparse. “Nuestra vida era muy difícil bajo el sistema anterior”, reconoce. “Era durísimo. No podía abrir mi tienda los viernes, debía entregar el 25% por ciento de mis ganancias y las mujeres estaban obligadas a ir completamente tapadas, luciendo prendas negras. No éramos libres”. El símbolo de aquella represión macabra sigue siendo la plaza del Paraíso. Se trata de una rotonda situada en el centro de la ciudad, cerca del bazar, que en tiempos de paz mostraba un aspecto óptimo: un círculo de césped en cuyo centro se erigía un pequeño estanque. Con la guerra, el agua dio paso al polvo. La arena, a las briznas frescas. Del sufrimiento inenarrable a la calma chicha tradicional de esta urbe a orillas del Éufrates.

Los esfuerzos para devolver la lozanía a aquella plaza están en marcha. Pese a ser viernes, día de asueto, un grupo de empleados municipales trabaja a destajo para dignificar el nombre original de la plaza. Un cordón de seguridad rodea las obras, en fase avanzada. La sierra circular chirría partiendo la piedra blanca con la que se ha dado forma a pequeños estanques, escalones y altillos. Donde antaño estaban las picas, ahora hay farolas coquetas de estilo oriental. Un panel solar suministrará la energía requerida. El objetivo, no lo esconde nadie, es rehacer este conjunto urbanístico desde cero para que la fisionomía de la “plaza del Infierno” quede tan enterrada en la memoria de los raqauies como la bandera negra de la banda apocalíptica. Así lo certifica Delil, uno de los obreros de la plaza a sueldo de la entidad encargada de reconstruir Raqqa, al hacer un parón para tomar aire. “Antes, la gente sentía temor al pasar por aquí. Mi objetivo es que, cuando la gente lo haga en el futuro, se sienta contenta y feliz”.

No es el único esfuerzo para dejar atrás el horror. Mientras la nueva autoridad de Raqqa cubre las gradas del estadio municipal con un nuevo techo, para devolver la pasión deportiva al vecindario, el acceso principal a sus entrañas, que albergaban las celdas de aquellos que iban a ser ejecutados, ha sido sellado con una gran chapa de metal. El palacio del gobernador, con zulos de dos metros cuadrados, ha sido demolido por completo. Pero aún falta por demoler al Daesh en las pesadillas de muchos vecinos de Raqqa.

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