París: Tres puñales en el corazón

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 15 May 2019

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Como todo ciudadano de una urbe rica de arte y arquitectura, casi todas mis visitas a museos y monumentos fueron de niño, con la escuela y más tarde con ocasión de la venida a París de familia y amigos que acompañé en sus giras turísticas. Me quedan muchas visitas pendientes de hacer, empezando por las torres de la catedral Notre-Dame de París.

Mira que llevo años planeándolo, pero o había demasiada cola cuando me presentaba o llovía, o lo que fuese. Y claro, viviendo aquí, lo he ido dejando para otro día… Ahora me arrepiento, y voy a tener que esperar.

Aposentados en la más alta pasarela de las torres, unos diablos pensativos nos contemplan. Sus miradas de piedra son como una onda que se adentra en las almas de los transeúntes. Son monstruos amistosos, mientras algo de temor inspiran esos bichos que surgen de nuestras pesadillas por los muros laterales del edificio, buscando expulsar de sus espantosas gargantas chillidos callados para la eternidad…

Trabajé unos años en Melun, pequeña urbe de la región parisina. En verano, la tasca donde a veces almorzaba disponía sus mesas al lado de una pequeña iglesia gótica, bajo el grito asfixiado de sus gárgolas. Sin que uno se fije en ello, un templo gótico no deja de hablarte desde el más allá. Sus criaturas fantásticas te miran, sus voces de piedra difunden inquietud y poesía, alcanzando sigilosamente todo humano que se acerca.

Calificar de “gótico” el arte medieval europeo era una forma de despreciarlo en el Renacimiento

Al parecer, calificar de “gótico” el arte medieval europeo era una forma de despreciarlo en el Renacimiento por parte de elites italianas, tachándolo de borrico y basto, es decir de alemán… He tenido la suerte de vivir ante los mejores ejemplos de ese arte brillante y profundo, y lo siento intimo e indispensable. Agradezco a los inmensos –y casi todos anónimos– artistas que nos han dejado ese milagroso legado.

Todos hemos visto las imágenes del incendio de Notre-Dame, salvada del derrumbe por el profesionalismo, la sangre fría y la valentía de los bomberos en las horas decisivas, mientras Donald Trump tuiteaba tonterías (ese tío dispone del botón nuclear…).

El día siguiente, el presidente francés Macron y su primer ministro anunciaron que van a reconstruir la catedral “más bella que antes”. Proyectando un monumento “de nuestros tiempos”. Van a derogar todas las leyes necesarias para que la catedral renovada esté lista para los juegos olímpicos de 2024. Quieren mandar a algún Calatrava o Nouvel meterle mano al monumento.

La prensa afín al poder ya va acusando toda persona en desacuerdo de ser de derechas o de extrema derecha… Se escudan en que la flecha caída fue construida por Viollet-le-Duc, grandísimo arquitecto que capitaneó las reparaciones de Notre-Dame durante el siglo XIX, con el máximo respeto y admiración a sus antepasados.

Los cretinos que despreciaban el arte medieval tienen herederos, dispuestos a apuñalar el monumento gótico más famoso del mundo. Macron no diferencia París de Disneylandia.

Sería otra puñalada más al corazón de mi ciudad: tres son ya las puñaladas que la dejan desangrándose.

Empecemos por la tercera puñalada.

El año pasado, la casi totalidad del palacio de Justicia se mudó a la periferia, a la puerta de Clichy. Se acabaron diez siglos de presencia en la isla de La Cité, esa isla del Sena donde nació París.

El núcleo milenario de donde brotó París se está vaciando por decisión política

En esa isla se instaló hace veinticuatro siglos la tribu de pescadores celta de los Parisii. Con los romanos el pueblo pasó a llamarse Civitas Parisiorum. La isla siguió siendo el corazón de la urbe, resistiendo por ejemplo a un largo asedio de vikingos en 885. En la Edad Media, su situación estratégica para controlar el comercio fluvial hizo la riqueza de los comerciantes “de agua”, cuyo jefe electo, el ‘Prévôt des marchands’, ejercía de alcalde. Mientras la isla de La Cité se consolidaba como sede del poder político y religioso (con la catedral), en la orilla derecha se desarrollaba la actividad comercial y en la orilla izquierda –la famosa ‘rive gauche’– se desarrollaba la actividad intelectual y universitaria (con La Sorbonne).

El núcleo milenario de donde brotó París se está vaciando por decisión política. Cierto: era necesario mejorar las condiciones de los que trabajaban en edificios históricos difíciles de adaptar. Pero ¿mejor vaciarlos? Trasladados desde el Palacio de Justicia y también de los veinte tribunales locales de barrios, más de dos mil funcionarios están hoy instalados en una torre de 150 metros de altura, diseñada por la agencia de arquitectura de Renzo Piano.

Se dice que Renzo Piano –ya muy mayor– habría dibujado esa torre… ¿Qué le habrá pasado al diseñador del extraordinario centro Beaubourg (llamado ‘Pompidou’ en homenaje a un difunto presidente de la República)? La nueva torre es fea con ganas.

Es una cooperación publico-privado, es decir que un ente privado ha construido eso y cobra alquileres carísimos del Estado, haciendo un bonito pelotazo con dinero publico.

Ahí deben ir cada día, además de los funcionarios, casi diez mil personas entre público, abogados, policías trayendo a presos, etc. No se ha acabado la nueva línea de metro, dejando como único recurso la línea 13, saturada al 116 por ciento. Tampoco hay aparcamiento publico, ya que hay que impedir que entren los coches en París. Resultado: un colapso perfecto.

Quien se haya leído las novelas de Simenon, que se olvide del “36, quai des Orfèvres”. La dirección de la Policía Nacional, vecina del palacio de Justicia, también se ha ido a la torre fea, y los locales vaciados sirven de calabozo para los chalecos amarillos arrestados los sábados. Los turistas siguen haciendo cola para visitar la Santa Capilla, pero los miles de personas que venían cada día al palacio de Justicia ya no están.

A unos metros está l’Hôtel-Dieu, histórico primer hospital de la ciudad, fundado en el año 651. La dirección de los hospitales lo va cerrando poco a poco, echando fuera de la isla los sintecho y a los miles de personas que acudían a algunos de los más grandes servicios médicos de París.

Lo extraordinario de esas mudanzas es que se puede, en el mismísimo centro de París, quitar algo como diez mil empleos, sin que la alcaldía supuestamente de izquierdas –con comunistas y verdes en el gobierno municipal– no diga ni mu.

¿Qué va a ser de esas hectáreas liberadas, cinco del hospital y cuatro del palacio de Justicia? Ninguna autoridad, sea del Estado o municipal, presenta un proyecto claro. Solo se conoce el anuncio de Macron: crear en el antiguo palacio de Justicia un memorial a “las victimas del terrorismo”.

Pronto bastará con instalar taquillas en cada puente de la isla para cobrar las visitas turísticas

Pero todos miramos hacia la punta de la isla, donde el Pont-Neuf (‘Puente nuevo’, hoy el más viejo de la ciudad) lleva a los edificios cerrados del gran almacén ‘La Samaritaine’, comprado por fondos cataríes para transformarlos en una oferta de lujo…

Con la isla vaciándose de todos sus empleos –que no sean de ventas para turistas–, ya pronto bastará con instalar taquillas en cada puente para cobrar las visitas turísticas, como en el Foro romano.

La primera puñalada, la más remota, fue propinada en 1969, con el traslado del gran mercado de la orilla derecha, llamado Les Halles.

En una solo noche, del 2 al 3 de marzo 1969, y después de 860 años en el mismo sitio, el gran mercado de París fue trasladado al municipio de Rungis, en la ‘banlieue’. En nombre de la eficacia económica, de la facilidad de movimiento de camiones cada vez más grandes, de la internacionalización del abastecimiento de la megalópolis parisina, se ha vaciado el centro por completo, mudando a más de treinta mil artesanos, carniceros, vendedores de pescado, fruta, flores; comerciantes que allí trabajaban y otras decenas de miles de personas que iban y venían en lo que era, desde siglos, el ventrículo derecho del corazón de París… “el vientre de París” según Emile Zola, que le dedicó una novela con ese titulo.

Esa operación ha matado, lógicamente, la mayoría de los comercios del barrio y trastornado la vida social. De las doce naves que quedaron vacías en “Les Halles”, obra de Victor Baltard, hermosos testimonios del modernismo del siglo XIX, solo una se salvó, al ser desmontada y reinstalada en Nogent-sur-Marne como sala de espectáculos.

En Les Halles se cavó un gigantesco agujero, el famoso “trou des Halles”. Quedó abierto varios años mientras se desataba un lógico escandalo de corrupción en torno al ladrillazo que allí estaba previsto. Acabó siendo un feísimo centro comercial, cubriendo la mayor estación subterránea de metro y trenes de cercanías (vean la película “Subway” de Luc Besson, con Isabelle Adjani y Christophe Lambert).

El centro comercial de Les Halles, repleto de amianto por supuesto, y el gran parque vecino fueron últimamente reformados por completo, en un enésimo intento de “devolverle vida” al corazón de París. Pero claro, como “devolverle vida” no significa reinstalar treinta mil empleos, sino atraer turistas y consumidores como en Disneylandia, el resultado –que ha costado lógicamente lo doble de lo anunciado– es más Disneylandia, artificial y sin alma.

Jean Nouvel pide a gritos meterle mano al casco antiguo de París para emular los destrozos de Londres

Se completó la operación de Rungis con el traslado, en 1973, de los mataderos parisinos de la puerta de La Villette, dejando allí unos gigantescos edificios sin acabar, otro pelotazo para señores de los ladrillos. Fueron transformados en un –exitoso– museo de ciencias, con un parque moderno y popular (lo que no se ha conseguido en Les Halles). Se salvaron dos naves de Baltard que estaban allí y con las que se montó la “Cité de la Musique”, completada con edificios del arquitecto Portzamparc y, últimamente, con una espantosa construcción del insoportable Jean Nouvel, el mismo que pide a gritos meterle mano al casco antiguo de París para emular los destrozos sufridos por Londres o las megalópolis asiáticas.

La segunda puñalada es menos espectacular y visible, pero no menos grave. Se trata de la desaparición de los talleres de confección del barrio del Sentier.

El segundo “arrondissement” de París (otra vez la orilla derecha, la del desarrollo comercial) vivía de la prensa, de los teatros y también de la increíble densidad de los talleres de confección donde trabajaban en su inmensa mayoría parisinos de origen judío. La película cómica La vérité si je mens (donde el actor franco-español José García interpreta un exageradísimo vendedor sefardí) dio a conocer hace veinte años la picaresca de este barrio. Pero ya entonces esa realidad iba desapareciendo.

Entre los años setenta y ochenta, las sedes de todos los periódicos se fueron y trasladaron fuera de París sus imprentas. Queda la placa conmemorando el asesinato de Jean Jaurès, director del diario L’Humanité, en el Café du Croissant en 1914. Se acabó la animación incesante, día y noche, menos los domingos.

Después han desaparecido los empleados de la bolsa de valores y toda la bulla que iba con esa actividad, dejando en un silencio casi mortal el palacio Brongniart –la “Bourse”–, víctima de la informatización y mundialización del “trading”.

Y, en veinte años, uno tras otro, han ido cerrando y mudándose a la “banlieue” los centenares de talleres moviendo globalmente billones en volumen de negocios, al ritmo de la insoportable alza de los alquileres, al ritmo también del éxito de las cadenas de marcas Mango, Zara, etc.

Entre la rue Réaumur y los “grandes” bulevares, decenas de miles de puestos de trabajo han desaparecido de París en un inexorable goteo. Esos puestos de trabajo se han ido en su mayoría a Asia, donde Inditex o Primark hacen trabajar a menores y mujeres en maquiladoras gigantes, en condiciones de explotación que borran dos siglos de conquistas sociales en Europa y América. Los locales parisinos han pasado mayoritariamente a manos de la comunidad china, que ha ido suplantando así la comunidad judía sefardí.

En cuanto una pareja tenga un hijo, no le queda más remedio que irse fuera de París

Que se vayan los trabajadores y que venga la nueva burguesía bonita, “progre” y artista: los “burgueses bohemios”, los bo-bo. Corresponden al ideal socialista municipal y del “nuevo mundo” de Macron, esa burguesía que se ve joven y liberal, de start-up, progre y abierta a la “diversidad”. No como el pueblo rancio y atrasado… Pero en el segundo “arrondissement” cierran clases de escuelas porque faltan alumnos. ¿Cómo no va a ocurrir? Resulta que ni siquiera esa nueva burguesía puede encontrar viviendas en condiciones a un precio que se pueda simplemente pagar. En cuanto una pareja tenga un hijo, no le queda más remedio que irse fuera de París.

El “Mercado”, ese nuevo Leviatán al que se rinden el París capitalista y el París político, incluso el que se pretende progresista, condiciona todas las evoluciones urbanísticas que se disfrazan de técnicas y modernas. Está con toda seguridad acabando con el París popular.

La ciudad “moderna”, en vez de ser un conjunto donde encontrar vivienda y trabajo, funciona como una fuente de ganancias cada vez más altas para los fondos propietarios de los edificios. Cuando la propiedad es publica, dato muy importante en París, las autoridades se dedican a venderla en una visión cortoplacista, alimentando la burbuja especulativa. Han decidido dejar que barrios enteros se queden sin puestos de trabajo, dejar que París se transforme en una fortaleza para burguesía mediana o alta, y en un parque de ocio para turismo de masas.

“La forma de una ciudad cambia más rápido, por desgracia, que el corazón de un mortal”, escribía Charles Baudelaire. Se quejaba de que el viejo París, el que cantaba Victor Hugo, iba desapareciendo.

Hoy, puede que lo que lamento ver desaparecer sea lo que a Baudelaire no le gustaba, y ese nuevo París que tan poco me gusta quizás sea clásico para las generaciones por venir.

Cuando ando por las calles del Marais, veo como lo que ha sido un barrio popular se ha convertido en un barrio pijo y lujoso. Ha sido consecuencia del proceso de renovación y valoración de los hermosos palacios y manzanas que se edificaron durante el siglo XVII, en el nacimiento de ese barrio. Es decir: nació como barrio de aristocracia y clases altísimas, antes de poblarse poco a poco de clases humildes, para hoy estar en manos de la nueva burguesía.

Mi ciudad tiene más de mil años. Las ha pasado canutas, pero también ha ofrecido revoluciones, la Revolución francesa, la de la Ilustración y los Derechos Humanos, la revolución comunista de 1871 también… las revoluciones populares, las que protagonizaba el pueblo de París, ese pueblo que infundía tanto miedo a los poderosos que la ciudad ha pasado casi dos siglos sin alcalde, dirigida directamente por el gobernador del Estado hasta 1977.

París está en el alma del país, y todavía tiene recorrido. Cuando ando por sus calles siento tener tanta suerte, es un regalo de la existencia. Pero con tres puñales en el corazón, mi ciudad se va desangrando.

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© Alberto Arricruz |  Mayo 2019 · Especial para M’Sur

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