No es país para arrepentidos

Publicado por

Saverio Lodato

Publicado el 25 Nov 2019

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Palermo | Octubre 2019

Conocí a Giovanni Brusca, hace más de veinte años, en su celda de aislamiento en la cárcel romano de Rebibbia, unos años después de su captura en un chalé de San Leone, en la provincia de Agrigento (20 de mayo de 1996).

Era el hombre de Capaci, el que había accionado el mando a distancia del explosivo, asesinando así a Giovanni Falcone y Francesca Morvillo y a los policías Antonino Montinaro, Rocco Dicillo y Vito Schifani.

Era un hombre que había cometido, él mismo lo confesó, entre cien y doscientos homicidios. Era el hombre que había mandado a sus cómplices – mafiosos como él – a secuestrar y luego estrangular al pequeño Giuseppe Di Matteo, de solo quince años, porque su padre, Santino, se había arrepentido y había colaborado con la justicia italiana.

Criminal hasta la médula, mafioso descendente de una familia de alta estirpe mafiosa – los Brusca de San Giuseppe Jato eran tradicionalmente aliados de Totò Riina -, Giovanni Brusca fue uno de los principales verdugos de Cosa Nostra “corleonese” en una trayectoria criminal que duró casi veinte años y que provocó miles de víctimas.

Quise entrevistarlo porque si su trabajo era ser mafioso, el mío es ser periodista. No hay mucho que entender ni que añadir. Y podría enumerar decenas de otros casos de grandes criminales, comunes o “políticos”, que en cualquier latitud han dictado sus memorias a la libreta de un periodista.

Los lectores nunca vieron nada raro en el hecho de que un periodista entrevistara a un criminal

El libro que se publicó como resultado de nuestras conversaciones sigue existiendo, porque desde entonces se sigue imprimiendo ininterrumpidamente. Es una demostración de que los lectores nunca vieron nada raro en el hecho de que un periodista entrevistara a un criminal en régimen de aislamiento. Hay que añadir, sin embargo, que casi inmediatamente después de ser detenido, Giovanni Brusca había ya decidido colaborar con los jueces. Una prueba de ello es que para poder hablar con él tuve que obtener luz verde de casi veinte jueces, dispersos por toda Italia, que investigaban de distintas maneras una cantidad infinita de delitos suyos. Si una solo de mis solicitudes hubiera sido rechazada, yo no habría conseguido una entrevista con Brusca.

El libro lleva un título fuerte: He matado a Giovanni Falcone (Mondadori) y es el único testimonio en vivo del homicida de Capaci.

Cuando salió el libro, Maria Falcone hizo unas declaraciones a la prensa en las que expresó de manera rotunda que ella nunca habría dado la palabra a un criminal.
Han pasado veinte años.

Giovanni Brusca, como han admitido una y otra vez decenas y decenas de tribunales que lo han investigado, ha resultado sincero y colaborativo con sus declaraciones.

Hoy, Maria Falcone, frente a la posibilidad de que el Tribunal de Casación podría otorgarle a Brusca el arresto domiciliario después de veintitrés años de cárcel, reitera lo que siempre ha dicho: que Brusca, para decirlo en pocas palabras, no se merece nada. Es un punto de vista que entiendo.

No escribo esas palabras para romper una lanza a favor de Brusca.

Falcone sostenía que la figura del colaborador de justicia tenía que incentivarse

Me limito a observar que durante una época determinada de la historia de Cosa Nostra, Giovanni Brusca ha sido, junto a Tommaso Buscetta, el mayor colaborador de todos los jueces que han intentado investigar el fenómeno mafioso. Justo en estos momentos – y de esto hablamos aquí –, y como una irónica paradoja, la Gran Sala del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos está decidiendo sobre la anulación de la condena a cadena perpetua de todos los mafiosos actualmente detenidos, independientemente de si se han arrepentido o no.

Es muy sorprendente, aunque ya no nos sorprende nada, que no haya habido ninguna protesta al respecto. Periódicos y televisión están ignorando la noticia.

¿Qué hacemos? ¿Enviamos a casa a todos los mafiosos y tiramos las llaves de la celda de Giovanni Brusca? Sería por lo menos extraño.

Sería el enésimo gesto ofensivo hacia la memoria de Giovanni Falcone, que, para aquello que no lo recuerdan o no prefieren olvidarlo, sostenía que la figura del colaborador de justicia tenía que incentivarse y que si la persona respetaba el pacto, tenía que ser adecuadamente correspondida por el Estado. Hay una ley en este sentido. Él mismo la quiso. Si no les gusta, el Parlamento puede abrogarla en cualquier momento.

Y en esto Maria Falcone también estaría de acuerdo.

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© Saverio Lodato | Publicado en Antimafiaduemila | 7 Octubre 2019 | Traducción del italiano: Carolina Pisanti

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