«Gobierno, ejército y artistas nadan en la misma sopa»

Nadav Lapid

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 18 Nov 2021

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Nadav Lapid (Sevilla, Nov 2021) | © Lolo Vasco


Sevilla | Noviembre 2021

Chaqueta negra, gorra cubriendo su cráneo mondo, gafas de sol y una camiseta donde puede leerse la palabra Wrangler [Vaquero] con tipografía de cómic: Nadav Lapid vuelve con un aire tan juvenil como siempre a Sevilla, la ciudad donde fueron aplaudidos trabajos suyos como La profesora de parvulario o Sinónimos. Nacido en Tel Aviv en 1975, formado en París y Jerualén, se dio a conocer en la Berlinale con su primer corto, Road, antes de obtener el Premio Especial del Jurado en la misma cita con su primer largometraje, Policeman, presentada en España como Policía en Israel. Desde entonces no han parado de lloverle los reconocimientos, incluyendo un Oso de Oro en Berlín y un Premio del Jurado en Cannes.

Ahora regresa con Ahed’s knee (La rodilla de Ahed),un filme especialmente crítico con su país y con la censura que en él se impone, al tiempo que un homenaje a su madre. La cinta cuenta la historia de un cineasta que acude a presentar su última película a una aldea en pleno desierto de Aravá, bajo la atenta supervisión de una funcionaria del gobierno con quien establece una dialéctica llena de energía sexual.

“Se puede decir que es un trabajo bastante autobiográfico, a dos niveles: por un lado, en lo que respecta a los hechos, yo soy director de cine israelí, y me hicieron una llamada a mediados de abril de 2018 del Ministerio de Cultura de mi país. En ese momento estaba montando Sinónimos con mi montador habitual, que era mi madre”, cuenta Lapid. “Un funcionario me llamó, como decía, una persona agradable, energética, muy dedicada a su trabajo, que me dijo que yo debía hablar en un debate tras una proyección, me pareció muy bien. Pero después de esa conversación grata, mencionó que yo tenía que firmar un documento en el que tenía que especificar los temas del coloquio, y un juramento de que no hablaría de otra cosa”.

«Sientes estar en confrontación permanente, rodeado de dragones, monstruos y enemigos»

“Me pareció el pico de ansiedad y opresión, esa sensación tan fuerte de censura en Israel”, prosigue el director. “No hace falta ser un genio para entender qué había tras ese impreso. En ese momento mi madre tenía un cáncer terminal, yo estaba trabajando, y no pude evitar decir lo que yo pensaba: esto es un impreso de censura y no os gusta que hable de ideas u opiniones que no son las vuestras. Y sorprendentemente, ella me dijo que no estaba orgullosa de lo que tiene que hacer, y que le parecía lamentable, pero a pesar de todo tenía que firmarle el impreso. Este es la génesis de la película”.

Por otro lado, al contrario del protagonista de su ficción, Lapid sí firmó el impreso en cuestión. “Me fui al desierto, fui a este pueblo en una región que no conocía de nada, hice vídeos para mi madre y mes y medio más tarde ella falleció. Y escribí el guion de Ahed’s knee en solo tres semanas, mientras que para Sinónimos tardé dos años. Estaba como poseído por el proyecto, como si la película me pidiese que la hiciera. Cinco meses más tarde ya estábamos rodando”.

Ahora, con el resultado final presentado, Lapid entiende que “es un intento de transcribir esta sensación que he tenido durante muchos años, de vivir en una sociedad enferma. Todas las sociedades lo están, pero en esta sientes que la única opción es estar en confrontación y batalla permanente. Rodeado de dragones, monstruos y enemigos, y poco a poco te conviertes en otro dragón tú mismo. Todo el mundo lo ve como eso, instituciones, público, gente en las calles, la gente del supermercado, por todos lados lo único que ves es una batalla, un riesgo. La frase más inocente se convierte en una declaración de guerra. Te sientes hostil incluso ante los árboles de la acera. Y acabas distanciándote del ser humano que tienes dentro”.

«Cuando la gente empezó a leer mis entrevistas, dejé de ser el héroe y me convertí en el traidor»

Sobre la acogida de la que ha sido objeto el filme en Israel, el director comenta que “se estrenó allí, claro, fue el primer lugar justo después de Cannes. Fue fascinante para mí, todo lo que ha pasado con ella, a través de distintas fases: en la primera, tratándose de un país pequeño y joven como Israel, cualquier éxito se convierte en una prueba de la verdad y la corrección de la ideología del estado. Ganar un partido de fútbol o quedar primeros en Eurovisión, o que una peli israelí se seleccione en Cannes, es una prueba de que tenemos razón”, dice. “El hecho de que le dieron un premio fue otra celebración, un orgullo nacional. Luego, cuando la gente empezó a leer mis entrevistas, cambió de tercio rapidísimo. Y pasó de la alegría nacional a tener una razón para la rabia, la furia. Dejé de ser el héroe y me convertí en el traidor. Periodistas y políticos aprovechan para ganar popularidad atacándome. Nunca he tenido miedo en Israel, ahora vivo en París y nací y crecí allí, pero Israel siempre ha sido como mi parvulario. Sin embargo, empecé a recibir llamadas amenazantes en medio de la noche. Y cuando se estrenó dos semanas más tarde… Es mi cuarto largo de ficción, y nunca he hecho una película que haya suscitado emociones tan fuertes, pensé en llamar a una ambulancia para la gente que la viera [ríe], el teléfono estaba lleno de miles de mensajes de gente que me mandaba mensajes de cuatro mil palabras…”

¿Cómo reaccionó Lapid? “Lo que me ha gustado de esta reacción es que la sentí y que trascendió. Y que formulé la pregunta que quería hacer, ¿en qué te conviertes cuando tienes que vivir así? En cierta medida, la película fue importante para algunas personas. No porque les contase nada nuevo, sino porque les contó todo lo que ya sabían”.

«No tienes que meter a directores de cine en la cárcel: la censura más fuerte es la interior»

“He de decir que cuando hice la peli estaba en una situación mental que no tenía ni un milímetro de distancia con la vida, con lo que sentía o con lo que estaba haciendo”, prosigue. “Una obra de arte, valga el cliché, necesita distancia, pero esta peli no la tenía, todo era tormenta. Nada era fácil, nada era concreto. Yo intentaba expresar audiovisualmente frases, y a menudo me resulta artificial, pero era la única verdad del momento. En ese momento solo podía poner en la pantalla, con una cámara, lo que yo sentía. La película está llena de movimientos complejos y especiales, pero todo el rato yo sentía que no había tomado ni una sola decisión. Cuando empecé a pensar en una escena, la cámara empezaba a moverse a izquierda o derecha automáticamente. Sí puedo decir que la única verdad de esta peli es la subjetiva, es ir siempre hacia la esencia más alta de cada momento. Es lo opuesto de lo concreto. Para ser leal o fiel a la verdad de la película, tenía que distanciarla de cualquier cosa concreta. No era una crónica ni mucho menos. De una forma u otra está claro que nada es objetivo. La palabra más inocente, como ‘hola, qué tal estás’, es explosiva. Yo antes estaba mirando mucha pintura impresionista y vídeos de Jackson Pollock corriendo, pero la cámara es un elemento de sangre fría, estéril y antipático: le da igual todo, pones algo delante del objetivo y lo ves: yo quería que dejara de ser así, quería que la cámara se implicase, que rodase la lluvia y se mojara”.

Cuando MSur le pregunta si esa sensación de censura y opresión es nueva, o si a través de sus colegas más veteranos ha podido certificar que es el resultado de una evolución, Lapid responde: “Durante años, el cine israelí ganó una alta cota de libertad. El Estado tiene aspectos opresivos, sí, y durante años pensaba que ser cineasta era estar sobre una colina bellísima y ver el valle quemándose. Pero a la vez, hay algo en hacer cine que tiene que ver con la poesía, que se basa en que hay mucho material, está basado en raíles, grandes objetos de metal, dinero, equipos técnicos grandísimos… Y te imaginas que en una situación razonable, los cienastas no pueden vivir aislados, tienes que estar afectado por lo que te rodea”.

«Los políticos se dieron cuenta de que si gobiernas el Estado, por qué no vas a gobernar también el cine»

“La creciente presión sobre los creadores fue un proceso no tan lento, en el que los políticos descubrieron el cine israelí, y se dieron cuenta de que si gobiernas el Estado, si tienes una mayoría clara, por qué no vas a gobernar también el cine. No podría estar 100 % en contra de la mentalidad de una sociedad… Así que la censura y la opresión sí, existen en Israel, pero a diferencia de lugares como Rusia o Turquía, lo bueno y lo terrible es que no tienes que meter a directores de cine en la cárcel, ni poner los tanques a la entrada para que la gente entienda qué es lo apropiado y lo inapropiado. La censura más fuerte es la interior. Todos los israelíes, en lo más profundo de nuestro ser, nos identificamos con esos valores, no hay una dicotomía entre el gobierno, el ejército, la poli y los artistas: todo están nadando en la misma sopa”.

Claro que, bien mirado, si el protagonista de Ahed’s knee es un trasunto del propio Lapid, podría pensarse que el cineasta israelí tiene un ego muy desarrollado. “Creo que ser director conlleva mucha arrogancia, una arrogancia desesperada. Es desesperadamente arrogante. Pero a la vez, en la película, hay una descripción fiel del estado de un artista en países en los que el arte no importa tanto. Hay una situación esquizofrénica, en la que por una parte está el ego del artista, alguien que sube al escenario mientras que los demás deben cuidadosamente escuchar sus palabras. Y a la vez es la situación de un cineasta, en la que siempre está ese miedo de que nadie venga a tu proyección. Eres un poco conocido, pero estás ante la indiferencia de la mayoría, y vas hasta el desierto para ganarte 200 euros, y ni si quiera te pagan las dietas. Sientes que el tuyo es arte agonizante, de una duración limitada. Es una mezcla entre algo arrogante o vanidoso, y a la vez una humildad permanente, una humillación e inferioridad permanente. Y en esa situación está el conflicto entre el cineasta y el público, y ambos se relacionan con malentendidos constantes”.

«Cuando hago una peli, esta se convierte en mi enemigo, en mi rival. Tengo que superarlo con la siguiente»

Lo cierto es que Lapid puede presumir ya de filmografía consistente, e incluso de la circunstancia de que Hollywood comprara los derechos de La profesora de parvulario (para que la dirigiera Sara Colangelo con el mismo título) para hacer su propia versión. ¿Le gustó el resultado?

“Sinceramente, me daba un poco igual. Pienso que, primero, la película le pertenece al director. Para mí la versión americana no es mi película, pertenece a su autor. Y cuando la vi, la vi con mucha distancia. También me daba igual, porque cuando hago una peli, ésta se convierte en mi enemigo, en mi rival. Tengo que superarlo con la siguiente. Y odio los momentos bellos de una película, porque son los más difíciles y peligrosos. Cuando vi la versión americana, bueno, no era mala… pero me gustaría haber sufrido más”.

Pero estamos en la gira de presentación de Ahed’s knee, y Nadav Lapid mira atrás para calibrar el camino recorrido. “La película se hizo urgentemente, en teoría la queríamos para 2020, y en mi cabeza era ese tipo de trabajo en el que eres como un corredor, llegas a la meta diez minutos antes del estreno en Cannes, sudando. Se montó en dos meses, se rodó en 18 días… y llegó el parón de la pandemia”, recuerda.

“Para mí, sobre todo, era como una cosa salvaje que haces una noche de borrachera, en la que por un lado te alivias, te consuelas cuando amanece, pero por otro lado sabes que expresa tu verdad más profunda, una verdad que te niegas incluso a aceptar. No sabía como iba a resistir este año más allá de la fidelidad total al momento que se creó, no sé si tiene un valor real. Y una vez que termino mis películas, no las veo. Me olvido de ellas y las veo de nuevo en el estreno. Y en Cannes sentí que no me acordaba, que no la conocía, y lo siento así hoy. Por un lado estoy muy distanciado, pero hay momentos de los que ni siquiera me acuerdo. Pero en dos o tres minutos la tengo tan metida dentro que casi duele”.

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