El temor de Israel

 

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La foto da miedo: una marea negra inunda Jerusalén. Hombres ―sólo hombres, exclusivamente hombres― vestidos de traje negro, sombrero negro. Son decenas de miles. Vienen de los barrios ultraortodoxos de todo Israel, donde normalmente mantienen una vida tranquila, lejos de la plaza pública, la política, el trabajo: la mayoría vive de subvenciones y donaciones. Pero de vez en cuando lanzan un pulso al Estado: cuando éste se atreve a aplicar la ley.

Porque los ultraortodoxos opinan que los rabinos ―sus rabinos― están por encima de la ley y que el Tribunal Supremo de Israel no tiene autoridad para contradecir lo que digan ellos.

El Estado fue a la guerra para demostrar que las leyes valen para todos y mandó encarcelar durante dos semanas a unos 35 padres ―y madres, pero se retractó en este punto― que se negaban a mandar a sus hijas al cole mientras ahí hubiera sefardíes.

Los ultraortodoxos fueron a la guerra para demostrar que la única ley que vale es la de Dios, en la interpretación oportuna.

Israel ganó la guerra, y el ‘proceso de paz’ es innecesario, una pequeña farsa de cara a la galería

Israel no tiene miedo a los palestinos: la sociedad ni siquiera se entera de que existe una gente llamada palestinos (los llaman ‘árabes’); la ocupación de Cisjordania y Gaza y todo lo que causa son reminiscencias remotas en la mente del israelí medio: algo que no llega a la superficie de su conciencia. La vida es tranquila y podría continuar así otro siglo más. Israel hace mucho que ganó la guerra, y el ‘proceso de paz’ es algo completamente innecesario, una pequeña farsa de cara a la galería.

Israel no tiene miedo a Irán: todas las alarmas, a cual más absurda, toda la gasolina que echan a diario al fuego los políticos para demostrar que Ahmadineyad es Hitler y que el pueblo está al borde de un segundo holocausto, funcionan muy bien como pretexto para que algunos políticos hagan como si se lo creyeran y extiendan cheques públicos a las fábricas de armas. Pero en el fondo, nadie tiene miedo. Israel tiene la bomba atómica ¿no?

Pero Israel, aquella Israel que vive el día a día como cualquier país europeo ―y se cree europea, es europea― tiene un miedo atroz a sí misma. A la bestia que crió en sus entrañas. A la marea negra que le sube de vez en cuando desde los intestinos hasta la boca y nunca quiere ya bajar del todo. Algún día ―quizás no tan lejano―, esta marea negra será la cara de Israel. Y esa idea es atroz.

Israel fue fundado por agnósticos y ateos: comunistas, socialistas, fascistas, en todo caso europeos ilustrados, adoradores de la Razón. La meta: renunciar a la religión judía y convertirse en miembros de una nación judía. Por supuesto, fue el fracaso del siglo: se les había olvidado que la propia noción de “pueblo judío” en el sentido étnico es un dogma tan irracional y tan absurdo como el de la Inmaculada Concepción. Sirve para dar prédicas, no para construir una sociedad. La solución: elevar a rango de “únicos judíos de verdad” ―Golda Meir dixit― a los centroeuropeos de habla yídish: los asquenazíes. Los alemanes, para entendernos.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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