El discurso del rey

 

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Tel Aviv | Diciembre 2011

A mediados de los años ochenta, un diplomático alemán me transmitió un mensaje sorprendente. Un miembro de la familia real jordana quería hablar conmigo en Amman. En aquel momento, Jordania aún estaba oficialmente en guerra con nosotros.

De alguna manera obtuve permiso oficial del gobierno israelí. Los alemanes me proporcionaron generosamente un pasaporte que no era estrictamente exacto, y así, después de mucho hacer la vista gorda, llegué a Amman y me hospedé en el mejor hotel.

La noticia de mi llegada se extendió rápidamente, y algunos días después supuso una vergüenza para el gobierno jordano. Así que me pidieron educadamente que me marchara, y rápido a ser posible.

En diez minutos aprendí más de Jordania que en décadas. Mi anfitrión me dibujó un mapa

Pero antes de eso, un oficial de alto rango me invitó a cenar en un restaurante muy elegante. Era un hombre muy bien educado, muy culto, y hablaba un magnífico inglés. Para mi total asombro, me dijo que era beduino, miembro de una importante tribu. Todas las ideas que tenía sobre los beduinos se hicieron pedazos en ese momento.

Esta cena se me quedó grabada porque, en diez minutos de reloj, aprendí más de Jordania que en décadas de lectura. Mi anfitrión cogió un pañuelo de papel y dibujó un mapa aproximado de Jordania. “Mire nuestros vecinos,” explicó. “Aquí está Siria, una dictadura radical laica baazista. Aquí está Iraq, con otro régimen baazista que odia a Siria. Junto a él está Arabia Saudí, un país muy conservador y ortodoxo. Junto a él está Egipto, con un dictador militar pro-occidental. Después está el sionista Israel. En los territorios palestinos ocupados, los elementos radicales y revolucionarios van en aumento. Y casi tocándonos, está el fragmentado e impredecible Líbano.”

“De todos estos países,” continuó, “refugiados, agentes e influencias ideológicas se extienden hacia Jordania. Tenemos que absorberlos a todos. Tenemos que hacer un delicado acto de equilibrio. Si nos acercamos demasiado a Israel, al día siguiente debemos apaciguar a Siria. Si un día abrazamos Arabia Saudí, debemos besar después a Israel. Pero no debemos aliarnos con ninguno.”

“Tenemos que hacer un acto de equilibrio. Si nos acercamos a Israel, al día siguiente, a Siria”.

Otra impresión que me llevé: los palestinos en Jordania (excluyendo a los refugiados, a los que no conocí) están bastante contentos con el status quo, controlando la economía, enriqueciéndose y rezando por la estabilidad del régimen.

Ojalá todos los israelíes influyentes hubieran recibido esa lección tan esclarecedora, porque en Israel, las ideas más grotescas sobre Jordania estaban, y aún lo están, en boga.

La imagen generalizada es la de un país pequeño y ridículo, dirigido por feroces y primitivas tribus beduinas, con una mayoría compuesta por palestinos que estarían continuamente conspirando para derrocar a la monarquía y asumir el poder.

(Lo que me recuerda otra conversación, esta vez en El Cairo con el entonces ministro de Asuntos Exteriores en funciones, Boutros Boutros-Ghali, un copto y una de las personas más inteligentes que he conocido. “Los expertos israelíes en asuntos árabes están entre los mejores del mundo,” me dijo, “lo han leído todo, lo saben todo, y no entienden nada. Eso es porque nunca han vivido en un país árabe.”)

Hasta el acuerdo de Oslo, toda la élite israelí se adhería a la “opción jordana”. La idea era que sólo el rey Hussein era capaz de firmar la paz con nosotros y estaba preparado para hacerlo y que nos daría Jerusalén Este y partes de Cisjordania como regalo. Detrás de la idea equivocada estaba la resolución tradicional sionista de ignorar la existencia del pueblo palestino y evitar la creación de un Estado palestino a toda costa.

Otra versión de esta idea reside en el eslogan “Jordania es Palestina”. Me lo explicó Ariel Sharon, nueve meses antes de la primera guerra del Líbano. “Debemos expulsar a los palestinos del el Líbano a Siria. Los sirios los empujarán hacia el sur a Jordania. Entonces derrocarán al rey y convertirán Jordania en Palestina. El problema palestino desaparecerá, y lo que quede del conflicto se convertirá en un desacuerdo normal entre dos Estados soberanos, Israel y Palestina.”

“Pero ¿qué hay de Cisjordania?”, pregunté.

“Conseguiremos un compromiso con Jordania,” respondió, “quizás un gobierno compartido, quizás algún tipo de división funcional.”

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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