«La revolución o es una necesidad, o no tiene ningún sentido»

Erri de Luca

 
Erri de Luca (Sevilla, 2012) | © Alejandro Luque

Erri de Luca (Sevilla, 2012) | © Alejandro Luque

Tiene algo de Paul Newman, pero apenas comienza a hablar, queda de manifiesto que su seducción es de otra índole: pausado, sensato, reflexivo, Erri de Luca (Nápoles, 1950) reúne en la misma persona al intelectual y al aventurero, al hombre sensible y al hombre de acción. Militó en el grupo revolucionario Lotta Continua, fue albañil y operario en una fábrica de automóviles, viajó en plena guerra de los Balcanes como camionero voluntario y es un consumado alpinista.

Como escritor, lleva muchos años viendo sus libros editarse en España –Aquí no, ahora no, Tú, mío, Tres caballos, Montedidio, El peso de la mariposa, Lo contrario de uno, El día antes de la felicidad–, pero ha sido con su último título, Los peces no cierran los ojos (Seix Barral) con el que parece haberse dado a conocer al gran público. De Luca, una de las estrellas de la actual Feria del Libro de Madrid, sigue pareciendo en el fondo un tímido incurable, pero su capacidad para hacer diana es proverbial: por algo dicen quienes le conocen que es tan bueno con la palabra como con el cuchillo.

Dice que la nostalgia no tiene espacio en su vida. Sin embargo, la mirada al pasado es una constante en toda su obra, ¿qué busca allí?
Busco el encuentro con las personas que ya no están. De ese modo, a través de la escritura, mientras dura la escritura, yo estoy de nuevo con esas personas. Trato de entender un trozo de la vida vivida, es como una segunda vuelta, una segunda posibilidad. No es que pueda cambiar las cosas como si volviera a vivirlas, esto no puede hacerlo ni siquiera el Buen Dios. No se puede modificar el pasado. Pero las personas, en una segunda oportunidad, se vuelven algo más intenso, más esencial, quizás se comprenden mejor. Busco en el pasado una segunda posibilidad de encuentro, pero no me acompaña el sentimiento de la nostalgia, porque no me gustaría regresar a ningún momento anterior.

¿Se ha preguntado qué habría sucedido con Erri de Luca si su elección de la lengua hubiera sido el napolitano, y no el italiano?
El napolitano era mi lengua madre, una lengua completamente oral. Va muy bien para vociferar, para llorar, para pelear, para blasfemar, para cantar. Pero para meterte dentro el tiempo pasado, no va bien. Para eso se necesita una lengua distante, silenciosa, lenta, como el italiano. Por eso no habría sido nunca un escritor en napolitano.

Como Mauro Corona, recién aterrizado en España, usted es alpinista. ¿Qué ve un escritor allá arriba, que no vemos los que estamos al nivel del mar?
Mauro Corona es mi amigo, un coetáneo, aunque él es del 50, tenemos en común pedazos de vida, él ha sido durante mucho tiempo un trabajador manual, como yo… Narra historias que vienen de un cuento “a voces”. En la montaña, no veo nada más preciso de cuanto veo en tierra. La cima de una montaña, para mí, es sólo el punto más distante del cual me he alejado. La cima no me acerca a nada, a una presencia, ni al cielo. El cielo sigue siendo distante, incluso desde la cima del Everest. Pero es la meta más distante. Y es también un punto no habitable. Pero no es la meta de la travesía, la meta es el regreso a casa.

Como Ulises…
Sí. Ésa es la meta. La cima no es habitable, no me puedo instalar en ella. Las cimas, por lo tanto, están vacías.

Como todos los hombres de izquierdas, ¿se siente a veces el último hombre de izquierdas?
Siento que la palabra, la pertenencia a la izquierda, se ha vuelto una actitud individual. Un acto de voluntad, y no de pertenencia a una comunidad. Entonces, me digo de izquierdas si excluyo que exista un partido de izquierdas en Italia. Si excluyo esto, sí, admito esta dislocación, este lugar que es como un lugar de frontera. La idea de que la izquierda tiene que ver con el centro, carece de sentido. La izquierda es la extremidad: del pensamiento, del territorio, del razonamiento.

Algunos críticos italianos le acusan de ser un “D’Annunzio pintado de rojo”. ¿Qué les molesta exactamente?
Hay alguno a los que mis libros no les gustan. Como no soy un político, ni un actor, no es mi obligación gustar. A veces es bueno para la salud disgustar a otro. La ventaja en mi caso es que disgusto a personas que no me interesan lo más mínimo.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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