Los abuelos, ¿no follan?

 

Mae

valter hugo mãe

la máquina de hacer españoles

Recuerdo que Marchante traía cara larga al entrar en la redacción. No se explicaba, porque iba ilusionado componiendo su primer importante trabajo fotográfico –acabaría premiándolo Canal Sur– titulado El sexo en la tercera edad. Pero aquel día resoplaba como alguien resignado a una realidad inmisericorde.

Qué te pasa, le pregunté. Teníamos veinticuatro años los dos.

Quillo, que me he dado cuenta de que los viejos follan más que tú y yo.

Era palabra de reportero, y visto la carrera de Marchante, testigo siempre preciso de los hechos, podemos darla por inapelable. Tal vez a valter hugo mãe (así, en minúscula) le faltó por ver este reportaje, porque lo máximo que ocurre entre hombres y mujeres en la residencia de ancianos que es el escenario de la máquina de hacer españoles son unas cuantas frases galantes y unos tímidos intentos de tocar la mano entre dos personajes secundarios. El lector que se fíe de la ilustración de portada sufrirá la desilusión habitual en el sector.

No podemos morirnos sin averiguar por qué el libro se llama la máquina...

Cualquier lector necesita algún motivo para seguir leyendo, una vez pasadas las primeras cincuenta o cien páginas. hugo valter mãe nos ofrece dos: por una parte nos intrigará cómo se resolverá el asesinato que investiga el inspector Isaltino de Jesús, aparecido de repente en escena para tomar muestras de sangre bajo la cama de una anciana, hincha del Porto, y por otra no podemos morirnos sin averiguar por qué demonios el libro se llama la máquina de hacer españoles. Cómo se acabará muriendo el héroe de la novela, antónio silva, a esas alturas ya importa bastante menos.

Lo mismo les puedo adelantar el resultado: El inspector hace un par de cameos más, pero acaba desapareciendo sin dejar rastro y sin resolver nada, ni aprovechando las pistas que le susurran los ancianos sobre la supuesta costumbre de la dirección de ir matando a los inquilinos demasiado viejos en aras de hacer lugar a nuevos clientes con más pecunio. Y el título se intenta explicar un poco al final con una genérica referencia al deseo de todos los portugueses de parecerse a españoles, es decir ciudadanos de un país con sueldos aceptables, servicios públicos correctos y un bienestar genérico (no me miren así, sé que esto queda fatal decirlo después de que los bancos se propusieran, y ejecutaran con pleno éxito, el plan de hundir España en la miseria, pero hasta 2010, cuando valter hugo mãe escribió el libro, aún duraba esta impresión generalizada, no tan equivocada durante la década anterior, al menos en comparación con varios países vecinos). Pero qué tiene que ver con esa percepción la fantasmagórica máquina que el protagonista sueña (?), no nos quedará claro ni al llegar a la última línea.

Hay cartas de amor falsificadas, aves fantasmagóricas, intentos de asesinatos sonámbulos

(Tampoco averiguaremos en ningún momento si el título –como sopesaba Alejandro Luque– pretende ser un homenaje a Washington Cucurto y La máquina de hacer paraguayitos (1999); y si lo fuera sería uno fallido, porque no cabe imaginar mayor contraste que el que hay entre el libidinoso barroco barriobajero del argentino y el perfectamente controlado pulso pequeñoburgués de los ancianos que nos presenta el del Minho –valter hugo  mãe nació en Angola pero se crió y vive en Vila do Conde–, cuya máxima transgresión es arrancarle las palomas a una imagen de la Virgen María y llamarla Mariazinha, como una coleguilla cualquiera. Eso, a manos de un ateo confeso, oigan).

¿No les ha quedado claro de qué va la novela? No, no, a mí tampoco. El planteamiento es sencillo: un señor de 84 años, al que se le acaba de morir su amantísima mujer, es ingresado en una residencia de ancianos y debe acostumbrarse a pasar el resto de sus días en ese lugar, pese a que se creía algo mejor. Quiero decir: algo menos inútil. Hay unas cuantas subtramas, como la apariencia de un colega centenario que inspiró un poema de Pessoa, unas cartas de amor falsificadas, pesadillas y aves fantasmagóricas varias, intentos de asesinatos sonámbulos, un recuerdo de silencioso coraje y traición silenciosa bajo la dictadura de Salazar, un español que reivindica su derecho a ser portugués de Badajoz.

Pero nada de eso se trenza en una acción mínimamente coherente. Es como si el famoso diablo de aquel increíble relato de Félix J. Palma hubiera vaciado su saco de elementos literarios sobre la mesa del escritor, pero sin indicarle cómo componerlos.

1 2Página siguiente

 
 

Etiquetas

, ,

Artículos relacionados

Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
Criado...

Los abuelos, ¿no follan?
 
 

0 Comentarios

Sé el primero en dejar un comentario.

 
 

Deja un comentario