Llanto por la tierra amada

 

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No quería escribir este artículo, pero he tenido que hacerlo.

Adoro Egipto. Adoro a su gente. He pasado allí algunos de los días más felices de mi vida.

Me duele mucho pensar en Egipto. Y estos días lo hago continuamente.

No puedo quedarme callado mientras veo lo que está ocurriendo allí, a solo una hora de avión de mi casa.

Vamos a poner sobre la mesa qué es lo que está pasando, desde el principio.

Dicho lisa y llanamente, Egipto ha caído en manos de una cruel y despiadada dictadura militar. No va camino de la democracia. No se trata de un régimen de transición. No es nada de eso.

Como las antiguas plagas de langosta, los militares han invadido Egipto

Como las antiguas plagas de langosta, los militares han invadido el país. Y no parece que vayan a renunciar a él voluntariamente.

Incluso antes del golpe, el ejército egipcio tenía enormes recursos y privilegios. Controla grandes empresas, no está sujeto a ningún tipo de vigilancia y vive de aprovecharse de lo poco que produce el país. Ahora lo controla todo. ¿Cómo va a renunciar a ello?

Los que creen que lo hará, que renunciará por decisión propia, están mal de la cabeza.

Basta con mirar las fotos. ¿A qué nos recuerdan?

Estas hileras de generales bien alimentados, que no han luchado en ninguna guerra, repletos de insignias y condecoraciones, con sus ostentosas gorras llenas de galones dorados ¿dónde los hemos visto antes?

¿Donde hemos visto antes a los generales? ¿En el Chile de Pinochet, en la Argentina de los torturadores?

¿En la Grecia de los coroneles? ¿El Chile de Pinochet? ¿La Argentina de los torturadores? ¿En uno más de la docena de países sudamericanos? ¿En el Congo de Mobutu?

Todos estos generales tienen el mismo aspecto. El rostro pétreo, la confianza en sí mismos. El total convencimiento de que son los únicos defensores de la nación. El total convencimiento de que cualquiera que se les oponga es un traidor que debe ser capturado, encarcelado, torturado, asesinado.

Pobre Egipto.

¿Cómo han llegado a esto? ¿Cómo es que una gloriosa revolución se ha convertido en este desagradable espectáculo?

¿Cómo es que los millones de ciudadanos felices que consiguieron liberarse de una cruel dictadura, que respiraron los primeros y embriagadores aires de libertad, que convirtieron la Plaza de la Liberación (eso es lo que significa Tahrir) en un faro de esperanza para toda la humanidad han acabado de forma tan triste?

Al principio parecía que lo estaban haciendo todo bien. Recibir con los brazos abiertos a la Primavera Árabe era fácil. Se tendieron lazos entre unos y otros, religiosos y laicos desafiaron juntos a las fuerzas del decadente dictador. Parecía que el ejército los apoyaba y los protegía.

Pero los errores fatales eran obvios ya entonces, como indicamos en su momento. Fallos que no corresponden exclusivamente a Egipto. Son comunes a todos los nuevos movimientos populares a favor de la democracia, la libertad y la justicia social en todo el mundo, incluido Israel.

La actitud anárquica y feliz de los jóvenes no pudo hacer frente al verdadero poder

Son los fallos de una generación educada en las redes sociales, la inmediatez de internet, la facilidad de lo instantáneo de la comunicación en masa. Esto ha fomentado una sensación de poder sin esfuerzo, de que es posible cambiar las cosas sin el arduo proceso de organizar a las masas, de construir políticamente el poder, de contar con una ideología, liderazgo o partidos. Una actitud anárquica y feliz, que desgraciadamente no puede hacer frente al verdadero poder.

Cuando la democracia consiguió por fin su momento de gloria y se vislumbraron unas elecciones limpias, esta masa amorfa de jóvenes tuvo que enfrentarse con una fuerza que poseía todo lo que a ellos le faltaba: organización, disciplina, ideología, liderazgo, experiencia, cohesión.

Los Hermanos Musulmanes.

Los Hermanos y sus aliados islamistas ganaron fácil y limpiamente unas elecciones libres y democráticas frente a una anárquica variedad de grupos y personalidades laicas y liberales. Esto había ocurrido ya antes en otros países árabes como Argelia o Palestina.

Las masas árabes islámicas no son fanáticas sino esencialmente religiosas (como lo son los judíos llegados a Israel desde países árabes). A la hora de votar por primera vez en unas elecciones libres, tienden a hacerlo por partidos religiosos, aunque no son ni mucho menos fundamentalistas.

Lo sensato hubiera sido que los Hermanos hubieran tendido la mano a otros partidos, incluidos los seculares y liberales, y hubieran sentado las bases de un régimen democrático fuerte e integrador. A la larga esto les habría beneficiado.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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